El feminismo será peor que la tuberculosis

blogeditor · 8 de marzo de 2020

El feminismo será peor que la tuberculosis

Señores de la derecha, señores de la izquierda, señores liberales, señores conservadores, señores de la vieja y nueva guardia, señores de los anteriores sexenios y de este gobierno, señores. Quédense ustedes con la grilla y el ring político, con sus resentimientos añejos y sus disputas mediocres, con la atención mediática y las declaraciones ante la prensa, con los decálogos y sus hashtags UnDíaSinHombres y UnDíaConNosotras. Se ve que a ustedes les han sido muy útiles, que han erradicado el hambre, la desigualdad, la violencia, mejorado la calidad de vida, y tal vez, hasta el PIB.

Y es que ustedes lo tienen todo muy claro, y por eso ahora quieren explicarnos a las mujeres cómo manifestarnos, recordarnos que “calladitas nos vemos más bonitas”, que no exageremos: no es acoso sino cortejo; que ya no aguantamos nada; que la despenalización nacional del aborto no, porque se enojan los provida; que los feminicidios ahorita tampoco, porque no son asunto prioritario, y que antes que nada, por favor, respetemos la pared.

Pero no, señores. La lucha feminista sin aparatos de control sostenidos por partidos ni instituciones, ésa es sólo nuestra. Y lo expresamos en afirmaciones breves y oraciones simples para evitar cualquier galimatías. Aquí estamos de pie las radicales, las abolicionistas, las ecofeministas, las socialistas, las transfeministas, las anarquistas, las separatistas, las antirracistas, las ciberfeministas, las disidentes… Porque, por si no lo saben -o no han querido darse cuenta- el feminismo se sustenta en la diversidad y la horizontalidad; nuestros ideales sociales y culturales están más allá de sus sistemas y prácticas de poder arcaicos y desgastados: en nosotras no hay colores, ni afiliaciones, en nosotras caben todas.

Nuestra amplitud es tal que, reconózcanlo, nos temen. Apenas salimos a las calles y nos perciben como esa infección bacteriana o esa malformación que, en el panfleto El hombre-mujer de Alejandro Dumas hijo, en 1872, nos llamaba precisa y despectivamente “feministas” por contravenir a las diferencias naturales entre hombres y mujeres al exigir una situación de igualdad que aparentemente sólo le estaba reservada a los primeros. Por obvias razones, nuestras tatatarabuelas del siglo XIX rechazaron la denominación. Nuestras abuelas en los años sesenta y setenta tampoco la adoptaron por considerarla exclusiva a intereses y grupos específicos. Nuestras madres, en los noventas, que adoptaron el individualismo y la diversidad, buscaron redefinir lo que significaba ser feminista, pero nos recordaron que, como escribió Rebecca Walker: “la lucha está lejos de terminar. Dejen que este rechazo de la experiencia de una mujer las lleve a la ira. Conviertan esta indignación en poder político”.

En respuesta a ello, en esta cuarta ola nosotras no sólo acogemos la denominación y todos los contagios que conlleve, sino que la defendemos porque sabemos que, a pesar de nuestras diferencias, somos más fuertes si estamos juntas. Y es que el feminismo, incluso antes de adoptar su nombre ha ido mutando y, como la bacteria letal que es, propagándose a través de los siglos: venimos de las mujeres espartanas, de Hipatia de Alejandría, de Mary Wollstonecraft, de Olympe de Gouges, de Théroigne de Méricourt, de Sor Juana Inés de la Cruz, de Flora Tristán, de las sufragistas y la Convención de Seneca Falls, de Simone de Beauvoir, de Betty Friedan, de Angela Davis, de Rita Segato, de Marcela Lagarde, de Judith Butler, de Rita Banerji y de esas otros millones de mujeres -que no nombro aquí no por falta de reconocimiento, sino de espacio- que nos precedieron y que hoy nos dan forma.

Ni nuestra historia ni nuestro pensamiento ni nuestra praxis son nuevos. Pero si se nos critica con la misma retahíla que en la antigua Grecia, donde ni los esclavos ni las mujeres eran ciudadanos, es porque, como los creacionistas en la época de Charles Darwin persiste un grupo de hombres ignorantes -apuesto que ni siquiera se han asomado a la bibliografía básica para entender el movimiento de las mujeres- que defienden con uñas y dientes un status quo y que todo lo que huele a feminismo lo demonizan. Esto explica que en nuestro país todavía haya fiscales que, a pesar del incremento en las cifras diarias de mujeres asesinadas, planteen eliminar el tipo penal de feminicidio, y que haya gente que se pregunte: “‘¿Por qué usar la palabra feminista? ¿Por qué no decir simplemente que crees en los derechos humanos o algo parecido?’”, como señala Chimamanda Ngozi Adichie en el ya clásico Todos debemos ser feministas, en donde ella misma responde: “Está claro que el feminismo forma parte de los derechos humanos en general, pero elegir usar la expresión genérica ‘derechos humanos’ supone negar el problema específico y particular del género”.

Tal vez la parálisis de la evolución de la masculinidad, anclada en viejos machismos, se deba a ignorancia, incapacidad y falta de interés; aunque eso es quitarles el crédito y tildarlos de idiotas, preferimos hacerlo de cobardes: pues más bien apostaríamos que es porque, en el fondo, están muertos de miedo. Y tienen razón, porque, como decía, el feminismo se está apoderando del mundo. Pero si les cunde el pánico por la infección, muy simple: cúbranse los ojos, la nariz y la boca -como llevan siglos haciéndolo- con un tapabocas, o, mejor aún, con un pañuelito verde; nosotras se los regalamos.

Es cierto, no somos un grupo homogéneo; como enlistaba más arriba, existen diversos tipos de feminismos. En muchos de ellos inundan las discrepancias. Pero nosotras continuamente nos estamos pensando. Abundan los foros, las mesas de diálogo, los talleres, los artículos, los libros, donde las mujeres –nos afirmemos feministas o no- ejercemos el pensamiento crítico. Basta con revisar las redes sociales para confirmar que las mujeres ponemos sobre la mesa y discutimos sobre los temas que nos ocupan: la sexualidad, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, la maternidad, la victimización, la independencia económica y afectiva, la sororidad, las formas de lucha política, los roles de género, etc. No nos interesan los soliloquios, donde como merolicas nos repitamos una y otra vez las mismas premisas y nos demos palmaditas en la espalda y nos aplaudamos entre nosotras cuando nuestra lógica nos lleva a concluir el mismo silogismo. Nos interesan los desacuerdos, de ellos surge la verdadera libertad. Cuestionamos a la compañera de al lado, a la de enfrente y a la de atrás, porque sabemos que cualquier ideología que no se pregunta a sí misma está destinada a convertirse en dogma.

Contrario a ustedes, políticos, que viven sumidos en luchas de poder ridículas, nosotras, las mujeres, sabemos que “la inequidad de género es quizás el mayor abuso de derechos humanos en el planeta. Asola al primer mundo y al mundo en desarrollo, a las mujeres ricas y pobres en todos los contextos de salud, riqueza, educación, representación, oportunidad y seguridad”, como afirma la abogada y activista de origen indio, Shami Chakrabarti en De la mujer en el siglo XXI. De ahí nuestra horizontalidad. Y si bien los movimientos feministas, clasificados históricamente como “olas” han sido más activos y han reunido más miembros en ciertos periodos, nuestras acciones e ideas han sido un continuo. Fuera de estas “olas” y en todos los contextos ha habido luchas feministas y a ninguna la despreciamos, pues la nuestra es la mayor apuesta a la equidad en el planeta y ningún movimiento autodenominado “revolucionario” puede deslindarse de ella.

Así que, sépanlo -lo advertimos, desde luego que no les pedimos permiso-: nos diseminaremos a través del aire y, si es necesario, les haremos toser y escupir sangre, les provocaremos fiebre, escalofríos y sudores nocturnos; el feminismo será peor que la tuberculosis.

* Adriana Romero-Nieto (@adrianaromeniet) es feminista, traductora miembro de @ametliac y editora socia de @AuieoEdiciones.