blogeditor · 13 de agosto de 2021
Simone Biles es la mejor gimnasta de todos los tiempos. Desde 2013 ha ganado el primer lugar en todos los mundiales de gimnasia. Pero Simone, como todas las personas, es una mujer con un abanico grande de deseos, experiencias y añoranzas.
En las Olimpiadas de 2021, Biles era la favorita para ganar en todos los aparatos y resultar así la gimnasta más galardonada en las Olimpiadas en la historia de la gimnasia. Por eso fue una sorpresa cuando el segundo día de competir en Tokio, decidió retirarse para cuidar de su salud mental. Su decisión abrió la puerta a una discusión necesaria sobre la importancia de la salud mental, la diferencia entre ficciones y realidades en torno a la dedicación, el éxito y los estándares y estructuras que ya no nos sirven.
Más allá de ser un evento divorciado del contexto global, las Olimpiadas reflejan una lógica hipercapitalista bajo la cual el éxito se debe obtener a cualquier costo. La decisión de Biles reta esa lógica y busca desnormalizar sus prácticas más nocivas al darle prioridad a su salud mental por encima del “éxito” asociado con ganar medallas. En primer lugar, el deporte y en particular la gimnasia están plagados de abuso y violencia justificadas bajo la narrativa de la industria del “entretenimiento” y el gasto que incurren para quienes lo auspician. Segundo, la disciplina deportiva hoy es una industria multimillonaria que lucra de forma desmedida de las atletas. En gran parte porque el modelo de negocios de las Olimpiadas funciona con base en un sistema sumamente desigual.
La presión y estrés de entrenar y competir al más alto nivel suelen agudizarse cuando se acompañan de prácticas abusivas, sexismo y racismo. En la gimnasia, el hecho de que la gran mayoría de gimnastas sean niñas y adolescentes ha abierto la puerta para una serie de abusos trágicos. En 2018, el médico del equipo nacional de Estados Unidos de gimnasia fue sentenciado a 175 años de prisión por abusar sexualmente de cientos de niñas, incluyendo campeonas olímpicas. Lo más indignante de este caso es que la organización nacional de gimnasia en Estados Unidos –USAG– ignoró quejas y acusaciones contra Larry Nassar durante años con tal de lucrar y no ensuciar su imagen ante el público. Las personas más vulnerables, las niñas y jóvenes, fueron las principales víctimas de la avaricia desmedida de USAG para maximizar sus ganancias.
Los cuerpos más explotados en términos de “entretenimiento” tanto en los Estados Unidos como en Occidente han sido siempre los de mujeres jóvenes, niñas y personas racializadas. El deporte ha representado para muchas la posibilidad de utilizar esa herramienta para su propio beneficio; en parte, poder acceder a la gigantesca industria de la mercadotecnia es una razón por la cual es deseable dedicarse al deporte. La posibilidad de lucro, como evidencian algunos de los atletas más celebrados del mundo, es muy real. Aunque como siempre, quienes pueden acceder a la élite son pocos: el top 10 de atletas mejor pagados en el mundo lo ocupan exclusivamente hombres, la mayoría jugadores de fútbol.1
El caso de Nassar es un caso extremo. La mayoría de las veces los abusos en el deporte son más sutiles y van acompañados de otros tipos de violencias, mismas que se agudizan para mujeres y personas racializadas. Por ejemplo, en 2019 Nike se negó a pagar la baja de maternidad de dos corredoras y atletas olímpicas que patrocinaba. En una entrevista, Kara Goucher, una de las corredoras, dijo sentir tanta presión de seguir compitiendo semanas después de dar a luz, que no dejó de entrenar incluso cuando su hijo estuvo enfermo.2 El caso de Goucher nos obliga a preguntarnos: ¿cuál es el costo del éxito deportivo? Más aún, nos obliga a pensar si quizás la narrativa del esfuerzo y el sacrificio a todo costo es en realidad un falso dilema; sí se puede ser campeona olímpica, cuidar de tu salud mental y ser madre a la vez.
Simone Biles representa de muchas formas un éxito absoluto del sueño americano. Es una mujer racializada, que se dedicó a “lo que ama” y así logró una excelencia incuestionable que la llevó a los escenarios más relevantes de su carrera elegida: el deporte. Biles, en la cúspide generacional entre millennials y centennials representa el justo hartazgo de un grupo etario que entiende el trabajo, la dedicación y su vida en otros términos.
La misma lógica estadounidense que por décadas se ha exportado al occidente anglosajón y traducida en cientos de idiomas alrededor del mundo ha alimentado la esquizofrénica devoción al trabajo como la máxima meta. La idea del “workoholism”, seguida por el “hustle culture” y su consecuente “burn out” son solo algunas frases que describen el desgaste y el sentimiento de adicción que genera la cultura de la productividad y la ocupación constante. En 2019, el New York Times exploró la lógica de organizaciones millenial como WeWork, donde la meta es “amar tu trabajo”3; aunque la pandemia ha cambiado esa devoción, sigue siendo una métrica de éxito el poder presumir en redes sociales de una agenda.
La adición de las redes sociales a toda esta ecuación tampoco podría menospreciarse. Para la generación centennial, la mercantilización de su propia vida pareciera ser una avenida viable para el enriquecimiento: según un estudio reciente, la mayoría de un grupo de 2,000 jóvenes de 11 a 16 años aspiran a ser “influencers” en términos de su carrera profesional.
El caso de la ciclista neozelandesa Olivia Podmore, también de 24 años, ilustra el más trágico extremo de sentirse atrapada dentro de sistemas altamente exigentes y poco comprendidos. La deportista falleció en un aparente suicidio el 10 de agosto y mediante un mensaje en sus redes sociales explicó la dificultad de perder en el deporte y además, por consecuencia de dedicarse a él, “no (cumplir) con las expectativas de la sociedad como tener una casa, casarte, tener hijos”. Y es que para las mujeres aquel sueño noventero de romper techos de cristal que nos permitan tenerlo “todo” perdió deseabilidad cuando entendimos que el poder ser madre y profesionista de tiempo completo son metas más compatibles con el mercado y los sistemas de producción que con el bienestar de las mujeres.
Cabe destacar que aquel “todo” se consigue a costa de nuestro propio bienestar. Las mujeres consideradas tradicionalmente exitosas lo son muy a pesar de los sistemas dentro de los que operan, no gracias a ellos; la hostilidad que existe dentro de andamiajes institucionales históricos, así como en los niveles más básicos de la burocracia diaria de todos los espacios, son parte de la forma en la cual se nos excluye y violenta.
Las brechas salariales, el trato diferenciado y los requisitos de representar una feminidad hegemónica aunados al acoso sexual son circunstancias y exigencias colectivas, generales. Como siempre, cada mujer los vive dentro de sus contextos e intersecciones, sin embargo los casos de Biles, Naomi Osaka y ahora Podmore, así como de millones de mujeres alrededor del mundo debería hacernos pensar más en términos colectivos que en términos individuales.
Las Olimpiadas también son un negocio de miles de millones de dólares que involucran contratos millonarios con televisoras, patrocinadores y ciudades sedes.4 Incluso el Comité Olímpico Internacional gana más de mil millones de dólares al año promoviendo las Olimpiadas. Además, el Comité está basado en Suiza lo cual lo exenta de cumplir con obligaciones de transparencia financiera y pagos de impuestos. Un dato curioso que retrata el elitismo del Comité es que varios de sus integrantes pertenecen a la realeza o son empresarios famosos.5
Como en toda empresa capitalista, la distribución de las ganancias del Comité es sumamente desigual y abusiva. Sin duda, el Comité se beneficia aún más del ‘sueño olímpico’ y el sacrificio de miles de atletas para hacer lo posible para llegar a las Olimpiadas a pesar de todas las adversidades. Las Olimpiadas no serían posibles sin el alto rendimiento y desempeño de miles de atletas en todo el mundo. No obstante, varias atletas son forzadas a cubrir sus propios costos y constantemente se enfrentan a situaciones de precariedad severas para poder competir. Atletas como Alexa Moreno en México no son la excepción. Para poder entrenar y eventualmente clasificar para las Olimpiadas, Moreno tuvo que financiar su propio equipo, viáticos y otros gastos en varias ocasiones. Esto a pesar de que Moreno es una de las mejores gimnastas en el mundo.6
La renuncia de Simone Biles demostró que aún en los ámbitos más exitosos la prioridad debería siempre ser la salud física y mental; que quienes más lucran del desgaste personal, no son quienes habitan esos cuerpos. Ni Biles, ni cualquier otra mujer que ha podido triunfar dentro de sistemas hechos para desecharlas, le deben nada ni al Comité ni a las televisoras ni a los patrocinadores. El caso de Biles debería recordarnos quiénes tienen que estar al centro de los beneficios de su éxito deportivo: las atletas.
* Inés Carrasco(@inesetcetc) es Licenciada en Historia y Maestra en Relaciones Internacionales. Daniela Philipson García (@daniphilipson) es exgimnasta y Maestra en Políticas Públicas por la Universidad de Harvard.