blogeditor · 7 de noviembre de 2020
“Le dio diabetes porque no le importaba cuidarse” es una frase que posiblemente hemos escuchado en alguna ocasión, sin embargo, no existe evidencia sobre esta supuesta falta de interés en el autocuidado de la salud (no al menos a escala poblacional, de manera que justifique que la cantidad de muertes anuales por diabetes o enfermedades no transmisibles se deban a la falta de interés). Lo que sí ha sido comprobado es que existen asimetrías graves en la información sobre lo que consumimos, mitos en torno a la alimentación, dificultades para el acceso a alimentos frescos y saludables (que van desde el aspecto económico hasta la distribución y acceso físico a mercados y centros de abasto), una sobreoferta de chatarra, y publicidad incesante de productos ultraprocesados no saludables que se centran de manera agresiva en las infancias.
A pesar de que los problemas de salud que enfrenta México radican en el entorno, y su solución se debe abordar desde las políticas, hemos normalizado todo tipo de estigmas alrededor del peso y el estado de salud de las personas. Este estigma se expresa a través de actos e ideologías discriminatorias dirigidas hacia el peso, el tamaño o forma de los cuerpos, o bien, por la presencia de enfermedades (principalmente, enfermedades crónicas).
Estas ideologías negativas asociadas con la obesidad, van desde una supuesta “pereza”, “falta de fuerza de voluntad”, “despreocupación por el futuro”, hasta “bajo nivel de inteligencia” o “falta de atractivo” (basándose claro, en estándares de belleza irreales, patriarcales y en muchas ocasiones, poco saludables). Esto no es un problema menor, las narrativas e ideologías estigmatizantes conducen a actos y representaciones injustas y violentas. Las personas que viven con sobrepeso u obesidad experimentan de manera constante comentarios negativos, opiniones (no solicitadas) sobre sus cuerpos, burlas y agresiones físicas desde la infancia.1
Estos prejuicios sobre el peso existen en prácticamente todos los medios de comunicación, desde programas infantiles donde los personajes con obesidad son estereotipados como torpes, solitarios, rechazados o personajes bonachones (nunca los protagonistas de la historia, sino tal vez un personaje de apoyo o un bufón para traer algunas risas fáciles a la serie), hasta series, telenovelas, películas y, recientemente, “campañas de alimentación saludable”. Es decir, en términos de representación, los personajes con sobrepeso se encuentran injustamente representados en comparación con la población con cuerpos cercanos al ideal de belleza o normalidad.
Como consecuencia de esta carga se pueden detonar una serie de respuestas emocionales como la depresión, baja autoestima o trastornos de ansiedad entre las personas que han sufrido actos de discriminación por obesidad. Por si fuera poco, la obesidad en sí misma suele ser la señalada como la responsable de estas respuestas emocionales, sin embargo, la evidencia es clara al señalar que es el estigma sobre el peso, y no la obesidad, lo que ocasiona estas respuestas. Algunos incluso se atreven a argumentar que la estigmatización de las personas con obesidad tiene un uso para “incentivar la pérdida de peso”. Sin embargo, también existe evidencia que muestra que este es un enfoque contradictorio, y que lejos de motivar a la pérdida de peso, puede hacer que las personas se sientan aisladas, solas, juzgadas y poco comprendidas. Además, esta carga es doblemente injusta para las mujeres, en quienes se centra gran parte de la comercialización de productos para bajar de peso de manera rápida. Estos mensajes que promueven e idealizan la pérdida de peso (con fines estéticos y pocas veces de salud), se centran en la responsabilidad individual de manera abrumadora, lo que en consecuencia perpetúa aún más la creencia de que la pérdida de peso está completamente en manos del individuo, e invisibilizan el rol de los entornos y las decisiones políticas de gran escala que condicionan en gran medida, nuestro panorama alimentario.
Es decir, el encuadre de la obesidad como una responsabilidad puramente personal no funciona para la salud pública, y si queremos promover el consumo de alimentos más saludables (una acción que necesitamos con urgencia frente al incremento en el consumo de ultraprocesados y las consecuencias de salud que conllevan), las campañas de salud pública y orientación nutricional deben dejar de reforzar estos estigmas y centrarse en mensajes claros y propositivos, y emplear a su favor las medidas que ya han sido aprobadas y que han demostrado reducciones significativas en otros países, como el caso de los etiquetados de advertencia en Chile, en donde una campaña con la leyenda “Prefiera alimentos con menos sellos, y si no tiene sellos, ¡mejor!”, acompañaba a los cambios en la Ley de Alimentación.
Es cierto que México tiene un problema severo de salud pública, es cierto que la venta y consumo de ultraprocesados ha detonado el incremento en los casos de cáncer, diabetes y enfermedades cardiovasculares, pero debemos reconocer que el reto a enfrentar radica en la implementación de campañas sensibles que inviten al consumo de alimentos saludables, y políticas que regulen de manera efectiva los entornos no saludables y la oferta de productos que nos dañan, pero nunca que ataquen y carguen la culpa sobre las personas inmersas en estos entornos.
1 Weight Stigma. World Obesity Federation.