Redacción Animal Político · 26 de julio de 2024
No podía dejar de admirar su belleza mientras lo escuchaba. Todo parecía secundario, incluso la punzante conversación que sosteníamos sobre nuestra relación, que sonaba a una inminente culminación de los hechos. Esta vez no era una de tantas, algo se había desgastado. Cuando se lo expliqué a mi terapeuta, lo único que se me ocurrió decir fue que se sentía como si la vida hubiese pasado una lija sobre nuestra madera. Esta relación parece un nuevo recordatorio de que lo bueno siempre acaba. Y entre más bueno, más rápido se va. Aunque haya durado un parasiempre. O dos.
Más allá del corazón absolutamente marchito, no podía dejar de pensar en lo mucho que me gusta su boca acolchada, el tamaño de sus pestañas, el espacio entre sus dientes, los múltiples colores de su escasa melena, incluso sus pies, tan largos como nuestra esperanza en el destino, por más que renegara de ellos cada vez que los veía.
¿Cómo es posible que estuviera pensando en su belleza mientras hablábamos sobre nuestro posible final? ¿En qué momento lo convertí en un planeta, en un signo zodiacal, en una especie única? Ahí estaba, frente a él, en la orilla de la cama, observando la escena borrosa desde un par de ojos llorosos y resignados, mientras él se ponía los calcetines, alistándose para partir, ambos conscientes de que en nuestro mundo había caído un meteorito.
¿Cuál es la fórmula de una relación? ¿El amor? ¿La compatibilidad? ¿El mero gusto y placer? ¿La circunstancia a favor? ¿Ignorar al elefante blanco en la habitación? Es curioso como el final de las relaciones más íntimas que he tenido nunca se ha tratado de (des)amor. Siempre es otra cosa. Nunca aprendí a no mirar detenidamente a los elefantes, diminutos o enormes.
Pienso en lo que extrañaré y en lo que no. Tal vez no extrañe su dispersión, pero sí su forma de manifestar cariño. No extrañaré su necedad, pero sí su manera de verme a los ojos, de sostener mis múltiples miradas y conjugarlas con las suyas. Poco extrañaré su necesidad de emitir su opinión, por ejemplo. Pero añoraré, cada momento, mi forma de decírselo y su forma de escucharlo. Es decir, las conversaciones y universos que se construían después de nuestros intercambios. Entre nosotros no había destrucción ni colapsos, sino el genuino interés de conocernos y comprendemos, desde nuestras visiones tan distintas del mundo y desde nuestros contextos que nos dejaban claro, cada vez, que nos habíamos cruzado por algo más grande que nuestro mero deseo, gusto, y placer.
Nada suple el dolor de la ausencia del idioma inventado, que ni siquiera se parece al silencio; de los fantasmas de los orgasmos, que todavía merodean; de la complicidad y del acompañamiento, que están y no, muy a la Schrödinger.
A veces me imagino que por dentro llevamos un panal, donde cada hexágono es una ausencia: un hueco carente de miel.
Decir adiós es duro. Lo tupido viene después. Mientras tanto, me consuela el amor que siento y cerrar los ojos para recordar su belleza. Así es más fácil pensar que estas lágrimas son producto del recuerdo intacto y no de la falta que se asienta en mi colmena.
