Rubén Aguilar · 4 de enero de 2011
En enero del 2011, Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, cumple 12 años en el poder. En la medida que pasa el tiempo se convierte cada vez más en el centro de sus discursos. De lo que habla es de sí mismo. La retórica es de una izquierda trasnochada y los hechos se parecen cada vez más a los de un dictador.
Desde el primer día de su mandato está en campaña permanente. Pretende reelegirse por lo menos hasta el 2025. Las leyes creadas por él se lo permiten. La estrategia, para permanecer en el poder es la de ver a todos los que no son él y los suyos como enemigos. El discurso pregona la intolerancia y la violencia.
Todo los que no son él y los suyos son “ilegítimos”, “enemigos de la patria” y del “proyecto bolivariano” que se encarna en su figura. Él es su oráculo. A través de él, actúa como su mediador, se sabe lo que Bolívar dice y pide hoy a los venezolanos. Hay quien lo cree.
Se goza en su carisma televisivo que resulta odioso e incluso ridículo para el electorado con mayores niveles de escolaridad, pero todavía tiene impacto en los sectores populares del campo y algunos suburbios que representan el 25 por ciento del voto duro.
El comandante Chávez ha “inventado” una revolución -la bolivariana- que nunca ha existido. Vive en la fantasía tropical de los viejos héroes y caudillos. Él llegó al poder por la vía del voto y una vez en la presidencia empezó a actuar como si hubiera derrocado a la dictadura por la vía de la guerra.
A toda costa, sin mérito alguno, pretender entrar -de esa dimensión es su egolatría- a ser parte de la leyenda de los revolucionarios latinoamericanos. No tiene historia para hacerlo. En todo caso lo que puede decir es que ganó unas elecciones en un país donde los partidos tradicionales estaban en crisis y eso le permitió el triunfo electoral. No hay nada más.
Ahora en el poder se inventa enemigos y amenazas. Molinos de viento contra los que lucha todos los días. Desde la presidencia de la República viene a poner fin al trabajo iniciado por Bolívar hace 200 años, trabajo que él, Chávez, está destinado -llamado- a terminar. De esa dimensión es su egolatría o franca locura.