blogeditor · 10 de octubre de 2020
La incertidumbre generalizada y el distanciamiento social generado por una de las mayores pandemias experimentadas por la humanidad, ha cobrado factura en la salud mental y emocional de miles de ciudadanos en el mundo. Ansiedad, depresión o miedo son sentimientos completamente comprensibles en medio de la situación anormal, complicada y sin fecha de término que vivimos. A los grupos vulnerables como comunidades afectadas por la violencia, personas migrantes, familiares de los desaparecidos, así como a los trabajadores de la salud, la epidemia los afecta de una forma diferenciada.
“La afectación a la salud mental no escapa a nadie. La COVID-19 ha impactado a todos desde lo individual y psicosocial a lo colectivo”, advierte la coordinadora de Salud Mental de la Delegación Regional del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para México y América Central, Cristina Mendoza González.
En el marco de las conmemoraciones por el Día Mundial de la Salud Mental, Mendoza González y Úrsula Estefanía Rincón González, responsable de Salud Mental y Apoyo Psicosocial en México del CICR, hablan de la situación particular psicológica y emocional que estos grupos más vulnerables viven frente a la emergencia sanitaria por la COVID-19.
En general, todos nos hemos visto afectados de alguna manera ante una situación inesperada e incierta, e incluso, puede haber quienes lleguen a necesitar de algún apoyo especializado a nivel psicológico o psiquiátrico, observa Mendoza.
Sin embargo, hay grupos que requieren abordajes especiales. Tal es el caso de aquellos que se encuentran en la primera línea de respuesta a esta pandemia, incluyendo el personal médico. Ellos y ellas se enfrentan a una exposición cotidiana al coronavirus, trabajan bajo presión y en horarios extendidos, experimentan la separación de sus familias durante largas jornadas y han llegado a ser víctimas de estigmatización. “Viven en un constante estrés que a la larga puede manifestarse en otras reacciones más complicadas, como un desgaste profesional o manifestaciones claras de estrés postraumático, que ameritan algún tipo de intervención en salud mental”, advierte la experta.
También son más vulnerables las personas en comunidades particularmente afectadas por la violencia. Varios de estos individuos pueden llegar a presentar sintomatologías como ansiedad, estrés, depresión y dificultades en los vínculos sociales. Úrsula Rincón explica que, con la presencia de la enfermedad por coronavirus estos síntomas se podrían incrementar, además de que algunos que ya recibían atención psiquiátrica o psicológica han tenido que suspender sus tratamientos.
Las personas desplazadas por la violencia o los migrantes viven una doble incertidumbre porque dejan atrás su hogar, país, sustento diario, arraigo y emprenden la búsqueda de otro lugar para establecerse. No saben cuál será su futuro ni el de sus familias y si a ello se agrega la situación por la COVID-19, donde muchos servicios y albergues tuvieron que pararse debido a las medias preventivas, puede desencadenar en ellos un estado de angustia y sufrimiento que demande apoyo psicosocial y emocional.
Con base en el trabajo del CICR en México, se sabe que las personas migrantes presentan una mayor confusión ante este contexto, así como miedo, enojo tristeza y angustia. “Es difícil recuperar el control por parte de estas personas que llegan a un lugar totalmente ajeno y que, en muchas ocasiones, enfrentan discriminación por ser erróneamente consideradas como posibles portadoras y transmisoras de la enfermedad”, apunta Úrsula.
Una encuesta del CICR en la zona noreste y centro de México a familiares de personas desaparecidas da cuenta que las mayores preocupaciones que surgieron a raíz de la pandemia son: economía familiar y pérdida del empleo, suspensión de la búsqueda y el riesgo de contagio.
También expresaron sentir miedo a que sus familiares desaparecidos estuvieran en riesgo de contagio, tener la sensación de no poder buscarlos y el deseo de poder enfrentar la pandemia a lado sus seres queridos.
Para las personas que viven las consecuencias de la violencia, la COVID-19 es un ingrediente más para la efervescencia del distrés, la incertidumbre y el malestar psicológico del que han sido víctimas debido a los episodios traumáticos que han enfrentado.
“Si de forma preventiva existen servicios disponibles, personal capacitado y posibilidades de establecer respuestas psicosociales para estos grupos vulnerables y el personal sanitario, se podría marcar una diferencia y lograr minimizar el doble impacto en su salud mental”, destaca Cristina Mendoza.
* Ana Langner es oficial de comunicación pública del CICR para México y América Central.