Georgina González Toussaint · 26 de enero de 2011
El ahorro, una joya del bicentenario, fue una sana costumbre muy vinculada al colchón: guardar el dinero debajo del colchón era el esquema ahorrativo en el que lograban sacar el resultado las familias. De ahí el entrañable dicho de “ir haciendo un colchoncito”. De algún globalizado y visionario lugar llegó el banco y el asunto de guardar la lana debajo del colchón pasó a ser un mal negocio. Ahora no sabemos a qué galáctico lugar mandar al banco porque de tanta comisión que cobra no sólo nos agarra de su colchón sino de su puerquito.
Pues sucede que a mí un buen día ni el dinero ni el colchón me dejaban dormir, el dinero como quiera ya es una de esas cruces constantes con las que carga uno, pero ¿el colchón?…No hay que ser, ¿por? De pronto empecé a notar como a mi colchón y yo ya no se nos daba el resultado, lo que llaman los “futbolis-causa” como “un vestidor roto” mi zona de recuperación era nula. Atacar por los costados no nos hacía soñar y el “jogo bonito” se convirtió en pesadilla. En pocas palabras: mi propio colchón me agarró de su puerquito. Me lance con todo al Draft de colchones y el consabido promotor logró colocar en mis filas a uno de sus mas suaves promesas, plurifuncionalidad, manejo del cuerpo, dominio de las diferentes formaciones, reforzado en la defensa, amoldado en la delantera y resistencia en la zona de la rabadilla. De procedencia extranjera, pero con papeles en orden. Decidí entonces agarrar a mi tarjeta de puerquito y en meses sin intereses me hice de una contratación bomba.
La llegada del héroe pachón fue mas esperada que la Salida de Lapuente de las Águilas pero mucho más modesta que la presentación de Niurka y Laura. “Entre las 11 y las 2 estarán por ahí”, dijo el sonido local del almacén y colgó. Esa noche tampoco pude dormir no sólo por el estado fallido de mi viejo colchón sino por la angustia de pensar que fuera entre las 11 de la noche y las 2 de la mañana. Entradas las 11 de la mañana, el sonido local anunciaba la llegada del héroe pachón. Desde la línea final vi venir a un hombre que en franca descolgada al estilo pípila se echaba el equipo a la espalda y ¡a darle de esquina a esquina!. “Será un juego de ida y vuelta, le anuncie, porque necesitaré que se deshaga del viejo”. Para tranquilidad de los presentes mi padre, conocido como el viejo milita en su propio estadio y de su casa, jamás saldría para recibir en la mía un colchón.
El colchonero mostró actitud, entrega y sobre todo, orden. No jugaba solo, su labor de conjunto hizo que en menos de 30 minutos el asunto estuviera prácticamente definido. Contaba con un carrilero llamado Elias con el físico de Israel López pero la entrega y disciplina del Guty Estrada. ¡Levántale Elías! Decía Jorge el creativo y director de la operación. ¡Pérate Elias emparéjalo de en medio por que si se salen las puntas se atora! Aguántame la vuelta Elías si no, no pasamos!
Así fue en la ida con el recién llegado colchón de fuerzas básicas, destinado a sumarle minutos a mi sueño y así fue en la vuelta con el viejo colchón, que dejó sus últimos minutos al son del ” ¡emparéjalo Elias, súbelo Elias, ora si empújale Elías!” Al minuto 45 todo estaba decidido, yo guardaba un colchoncito para la propina y el equipo colchonero recibió su prima económica conforme a resultados.
…por cierto, que el dueño del América -no de los colchones, sino de las Águilas- cayó en cuenta de que antes de que los resultados del equipo le siguiera perturbando el sueño y lo siguieran agarrando de puerquito los rivales, había que cambiar. Cesó un “modelo desgastado” por las críticas, trayendo un “viejo” ícono del americanismo. Salió Lapuente y llega Carlos Reinoso, al que más le vale estar preparado no sólo para llevar en el pecho los colores del América, sino para llevar en su espalda los colchones que devuelvan el bien soñar a su afición.
No sé cuánto tarde el Americanismo, pero yo esa misma noche y gracias al esquema táctico del eficiente director colchonero, recobre la mas básica de las fuerzas: el sueño.