blogeditor · 17 de febrero de 2015
En junio de 1985, Gabriel Zaid escribió un artículo que vaticinaba el fin del PRI. Partía de cuatro escenarios “conocidos” pero improbables: 1) el PRI sería el único partido que moriría con el Apocalipsis planetario, 2) el PRI acabaría con un golpe de Estado que lo sacara del poder (aunque en realidad lo mantendría ahí), 3) el PRI sería echado con una revolución (que luego sería cooptada y desvirtuada), 4) el PRI se desmoronaría con el surgimiento de un ayatola contra la corrupción (mismo que sería destruido bajo la consabida proclividad mexicana de ensalzar ídolos y disfrutar verlos caer). Incluso agregó la posibilidad de que el PRI muriera gracias a las desmesuras del absolutismo presidencial y sus consiguientes errores.
No obstante, Zaid auguraba una lenta pérdida de hegemonía sin que ello significara la “desaparición” del PRI. Cambios graduales que le quitaran terreno y margen de maniobra pero no tocaran los fundamentos de su poder. En contraste, vislumbraba que el problema estaba en otro lado: en el entendimiento del poder como un complejo sistema de concesiones con una visión patrimonialista donde los puestos públicos son de los funcionarios que los detentan (y de quien les permitió/facilitó que los detentaran) y no del público. Un sistema en el que poco tienen que ver los méritos y más la actitud cortesana.
[contextly_sidebar id=”8CkG2l0vKj6gsQDKp8cpFOsFCME3SfTJ”]Zaid apuntaba que el problema estaba en la “repartición del queso”: un sistema donde los líderes se debían menos a su capacidad de representación política y más a su capacidad para acaparar presupuestos y conservar clientelas. Incluso profetizó: aún cuando el Presidente dejara de usar sus poderes metaconstitucionales y absolutistas, el problema no se resolvería, simplemente bajaría de nivel.
En efecto, el PRI perdió la hegemonía de forma paulatina. Si como dicta el canon “la democracia es un sistema en el que los partidos (ganan o) pierden elecciones”, uno de los rasgos esperados de toda transición es la alternancia y una mayor competencia política. En México esto se cumplió a diferentes ritmos.
En la Cámara de Diputados, disipar la mayoría priista fue un viaje lento que comenzó en 1964, se aceleró en 1988 y 1997, y concluyó en el 2006.
En la Cámara de Senadores el cambio tardó un poco más y el fin del predominio ocurrió hasta 2006, aunque su declive comenzó desde 1988.
No obstante al nivel estatal, si bien el PRI comenzó a perder terreno desde 1989, para el año 2000 de la alternancia presidencial la sangría se detuvo y comenzó su recuperación a grado tal que hoy en día gobierna (sea a través propio o en coalición) en más del 60 por ciento de los estados.
En los años 90 muchos estaban convencidos de que al perder la presidencia, el PRI se desmoronaría. No fue así porque el problema profundo del entendimiento en el ejercicio del poder persistió.
¿Qué explica ese regreso? En primer lugar, habría que buscar razones en una ausencia de reforma política que mejorara la representación de la ciudadanía. En segundo lugar, en recursos masivos que recibieron los gobiernos priistas y que les permitió mantener el sistema de concesiones en el nivel local.
Así, una de las paradojas de la transición mexicana fue que la pérdida de poder priista orilló a una descentralización de los recursos que después le benefició. Tan sólo en 1988 el gasto descentralizado a estados y municipios representaba apenas el 5 por ciento del gasto neto total del gobierno de la República. Para el 2000 esa proporción subió al 35 por ciento.
Visto esto, es posible que el PAN y el PRD dejaran de avanzar en la descentralización del gasto a partir del 2000 para evitar mayores beneficios al PRI a la par de que los recursos excedentes del petróleo entre 2000 y 2012, y su consiguiente aumento en las arcas estatales, les resultaran suficientes para reproducir su propio sistema de concesiones.
En tanto, el PRI no tenía verdadero interés en fortalecer las facultades fiscalizadoras del centro (bajo control del PAN) ya que la autonomía y discrecionalidad les permitía consolidar su poder.
Zaid concluyó que la única forma de que el PRI (y sus prácticas) desparecieran, era con la construcción de una sociedad que se identificara menos con este sistema de concesiones, y con el paso a una madurez política. Ello exige una mayor transparencia en el ejercicio del poder y menor impunidad ante actos de corrupción. El PRI lo sabe y por ello es previsible que se resistirá al sistema nacional anticorrupción. Va en contra de su naturaleza.
A su vez, PAN, PRD, PVEM, PANAL, MC y PT se ven cómodos en el sistema de concesiones y con los recursos que el erario público pone a su alcance. No tienen incentivos para una mayor competencia real.
Por todo lo anterior, parece quedar claro que desde los partidos no vendrá el impulso democratizador que haga efectivamente que los partidos pierdan elecciones y mejoren la representación política de los ciudadanos. Ese cambio tiene que venir de fuera de los partidos, tal y como Zaid preveía el fin del PRI.
Hoy el PRI no ha muerto. Las prácticas priistas que se reflejan en todos los partidos, menos. El país de las concesiones y de la corrupción sigue vivo. Los estados siguen llamados a encabezar los cambios. ¿Lo harán?
* Fuentes: 2º Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto | CIDAC, Base de datos electoral | INEGI, Estadísticas Históricas de México, 2009 | SHCP, Estadísticas Oportunas de las Finanzas Públicas | Zaid, Gabriel, Escenarios sobre el fin del PRI, Vuelta, Vol. 9, 103-03 pp. 13-21.