¿El dinero de mi papi es mi dinero?

blogeditor · 9 de septiembre de 2013

¿El dinero de mi papi es mi dinero?

Por: Alberto Lujambio (@lujambioalberto)

La política fiscal es mucho más que porcentajes e indicadores. Se trata, por el contrario, de la cristalización económica de intuiciones de justicia. Para los libertarios cobrar impuestos equivale a robarle a los creadores de riqueza. Según lo ven ellos, el gobierno comunistoide mete las manos en sus bolsillos para mantener burócratas inútiles y subsidiar a los parásitos de nuestra comunidad.

Lo que muchos no saben es que, incluso los radicales libertarios están de acuerdo con un impuesto: el que se establece a las herencias y donaciones entre familiares. Robert Nozick -el gurú intelectual y filosófico que adoptaron este grupo de privilegiados-, consideraba que heredar la totalidad de lo que tu familia generó es esencialmente injusto. Un sistema eficiente y orientado a la competencia debería tener herramientas para corregir este tipo de apropiaciones.

Nozick afirmaba que heredar algo a los demás es una expresión de cuidado sobre ellos. Sin embargo, los legados a veces pasan de generación en generación a personas distintas a la fuente de original. Esto produce desigualdades de riqueza y posición original. Las desigualdades resultantes son injustas. Otro ejemplo es el de Warren Buffet -que todos podemos coincidir en que no es ningún rojillo- que decidió donar toda su fortuna a la fundación Bill y Melinda Gates. Si sus hijos quieren ser ricos, tendrán que ganárselo con su esfuerzo y su talento.

Semanas antes de presentarse la reforma tributaria sonaban algunos rumores que me parecían muy alentadores: finalmente México se uniría al grupo de países que impondrían gravámenes a las herencias y donaciones entre familiares. Algunos economistas -de esos que sólo saben repetir los axiomas de una teoría económica vieja y derrotada- afirmaron que este impuesto es una completa barbaridad.

Según Isaac Katz -economista del ITAM que ostenta una rentable franquicia de las ideas libertarias de Chicago-, imponer un impuesto a las herencias conduciría a “un fuerte desincentivo a la creación y acumulación de riqueza, principal fuente del crecimiento económico”. Y no termina ahí, nos advierte que se trataría de un robo.

Debemos entender que esta afirmación no tiene ningún fundamento, incluso desde la perspectiva del liberalismo más radical. Este es el argumento que hicieron valer unos cuantos jefes de familia que están jugando Monopoly y que quieren todas las fichas para sus hijos. Y lo digo literal. Son tan ricos que los millones adicionales de cada año sólo son un número en un tablero. Su capacidad de compra no cambia.

Esta aproximación a la política fiscal tiene implicaciones sociales dramáticas. Para las familias más ricas -y sobre todo las que pertenecen a tradiciones religiosas intolerantes-, es una manera de mantener a los hijos y nietos en el redil: el dinero está disponible para ellos siempre y cuando opten por el estilo de vida que resulta aceptable para su grupo social. Los padres de familia se vuelven censores y administradores. Son ellos los que establecen el sistema de premios e incentivos. No se beneficia la competencia ni la innovación, sino la tradición. El dinero patriarcal se transmite a los que emularon el proyecto de vida de los jefes de familia.

Para ellos, son las familias -y no el despilfarrador Estado- quienes deben realizar las transferencias y proporcionar la ayuda, el apoyo o la caridad que necesitan los miembros más vulnerables.

Para los pobres, como siempre, todo es desastroso: naciste pobre y lo más probable es que tú y tus hijos mueran pobres. Así que no es necesario preocuparse. No habrá nada que heredar porque el sistema no permite la movilidad social. Adicionalmente, con una educación pública en crisis y un sistema de salud inoperante, las estrategias para procurar un mejor futuro para tus hijos simplemente se desvanecen.

Si nos tomáramos este asunto en serio lograríamos, en el curso de una generación, reducir dramáticamente los índices de pobreza y desigualdad. Conseguiríamos que los empresarios dejaran esta carrera fálica de comparar cuántas monedas de oro tienen y empezaran a pensar en dejar un legado de transformación e innovación. Otra consecuencia natural es que tendríamos una juventud mejor motivada: los hijos de los más beneficiados sabrían que la mitad de la fortuna de su papá se va a destinar a construir un sistema educativo de primer nivel y que, quienes egresen de ahí, competirán en igualdad de oportunidades por el éxito, los recursos y el reconocimiento social.

Los indicadores de pobreza en nuestro país nos han mostrado una realidad muy dolorosa. Como una reacción natural, el gobierno federal articuló una reforma montada -al menos discursivamente- en la progresividad. El resultado fue desastroso. La timidez, la falta de visión y la colusión con poderosos grupos de interés dejó fuera de la reforma fiscal uno de los rubros más simbólicos de las estrategias redistributivas: el impuesto a las herencias, legados y donaciones.

El Ejecutivo consideró este impuesto y decidió no incluirlo. Y la razón no fue técnica ni filosófica. Fue pura avaricia.

 

* Alberto Lujambio es miembro del Consejo de Novelistik (@novelistik), plataforma social de lectura y publicación.