blogeditor · 25 de marzo de 2015
Recientemente supimos sobre el deseo de Valentina Mureira, la niña chilena de 14 años que padece fibrosis quística y que pidió a Michelle Bachelet que autorizara su eutanasia. Después de que se difundiera esta petición, Valentina fue bombardeada por una serie de opiniones que le hicieron “cambiar de opinión”.
La muerte no es una cuestión de elección, es un hecho inevitable que nos sucederá tarde o temprano, pero dado que tan sólo pensarla nos recuerda nuestra finitud y vulnerabilidad, rechazamos hasta mencionarla, aferrándonos a permanecer en la existencia a toda costa. Sin embargo, la muerte forma parte del ciclo de la vida; incluso a nivel celular hay genes que codifican para que los mecanismos de muerte se enciendan y entren en marcha.
Si bien, como dice la Doctora Asunción Álvarez -experta en el tema de eutanasia- no podemos decidir si moriremos o no, lo que sí podemos hacer es tomar ciertas decisiones acerca de cómo nos gustaría vivir el final de nuestra vida, así como también creemos saber qué cosas quisiéramos evitar en nuestros últimos momentos. Para ello existen varias opciones como son comunicar verbalmente a nuestros seres cercanos o a quienes se harán cargo de nosotros, cuál es nuestra voluntad para cuando estemos en esa situación. Claro que lo mejor es dejar nuestras instrucciones por escrito en un documento que se conoce como “voluntad anticipada”, por si quedamos incapacitados para expresarla.
[contextly_sidebar id=”1OfRQ4KVa5lRqpzfOY26m8QUQwc5RXCB”]Nuestro cuerpo nos pertenece, somos-con-él, es nuestra responsabilidad cuidarlo y también debe ser reconfortante saber que tenemos la libertad de decidir hasta dónde queremos ser sometidos a tratamientos o cirugías que desde el punto de vista médico resultarán vanos o inútiles, ya que no sólo no nos ayudarán a recuperar nuestra salud o nuestras funciones para poder seguir viviendo con cierto grado de independencia una vida verdaderamente humana, y no sólo una mera vida biológica o vegetativa. Ante esto, la bioética nos ayuda a reflexionar sobre las decisiones autónomas y debidamente informadas que podemos tomar respecto de qué es lo mejor para un paciente en estado terminal: se puede optar por el rechazo a tratamientos que médicamente se consideran fútiles porque sólo prolongan la vida -y en muchos casos la agonía-, sin producir ninguna mejoría, por lo que no se considerarían benéficos.
Ante determinadas situaciones, el médico puede sugerir limitar los procedimientos o tratamientos que estén por demás y resulten inútiles para lograr una mejoría, y en su lugar ofrecer al paciente cuidados paliativos, es decir, todo aquello encaminado a evitar o disminuir el dolor y malestar. En algunos países está permitida la eutanasia cuando el paciente competente lo solicita y el diagnóstico y pronóstico médicos corroboran que no existe una mejor alternativa, siendo considerada como el último recurso terapéutico que el médico puede ofrecer a su paciente para liberarlo de un sufrimiento que éste considera que no puede, ni quiere soportar, y de esta manera ejercer sobre sí mismo, el último acto autónomo de su vida.
Desconocemos a profundidad las condiciones médicas de Valentina, así como su situación emocional e información para tomar una decisión de este tipo, independientemente de las opciones legales en su país. Sin embargo, el caso pone en nuestro horizonte la necesidad de seguir discutiendo nuestro derecho a tomar decisiones sobre nuestra calidad de vida y sobre nuestra muerte, y contar con los elementos, médicos, jurídicos y de criterios bioéticos para hacerlo.
* Beatriz Vanda, MVZ y Doctora en Ciencias. Programa Universitario de Bioética UNAM.