blogeditor · 22 de diciembre de 2021
La pandemia nos hizo reparar en muchos aspectos de nuestra manera de vivir en los que, en condiciones “normales”, no nos hubiéramos detenido, tanto individual como socialmente. Uno de ellos es el cuerpo y su complejidad. Nuestros pensamientos durante los últimos dos años han circulado alrededor de esta cuestión.
Los factores de riesgo que hacían al cuerpo más susceptible de contraer el virus han sido variados y heterogéneos. Recientemente se descubrió que la COVID-19 incrementa la proteína CD47, lo que impide una respuesta inmunitaria eficaz ya que aumenta el daño tisular y orgánico asociado a la enfermedad; es decir, el incremento de esta proteína protege al virus del sistema inmune, agravando la enfermedad. Otros factores están asociados con el sexo y la edad, así como otras condiciones de salud subyacentes que influyen en los decesos. Todos estos elementos abrieron un debate en relación con las hipótesis que se encontraban en el campo de los estilos de vida, de la cultura y de la estructura cromosómica. O, como diría la filosofía estoica, lo que depende y lo que no depende de nosotros. Pero ¿la reflexión sobre la corporalidad se agota en el enfoque médico, o tiene aspectos más complejos?
Algunos de los componentes de riesgo tienen que ver, en efecto, con condiciones del cuerpo en las que al menos aparentemente no tenemos injerencia, pero hay otros factores con una profunda carga social, como el caso del sobrepeso, cuyas fronteras fueron significativamente difuminadas por el discurso supuestamente médico y el prejuicio social. Esto desató una discusión enardecida acerca de la obesidad y sobre hasta qué punto lo que hay es, más que un problema de salud, una carga valorativa que condiciona la salud del cuerpo a una apariencia física socialmente aceptada y favorecida.
Como ya es típico en las discusiones de redes sociales, las cosas se polarizaron en dos extremos que clausuraron las áreas grises, las sutilezas y las complejidades. El problema que han denunciado activistas contra la gordofobia es, entre otras muchas cosas, que hay una tendencia generalizada a asociar la “gordura” con la mala salud (lo que implica múltiples formas de exclusión, tanto médicas como sociales), por no cumplir con ciertos estándares de belleza. Formas que dejan fuera no sólo a dichas personas, sino a la mayoría de nosotros, para ser francos.
Pareciera que la tendencia a dividir la realidad en extremos mutuamente excluyentes es una estructura de la racionalidad actual que siempre está presente, a pesar de las buenas intenciones. Este no es el espacio para profundizar en esta cuestión, pero baste por ahora mostrar la manera como el cuerpo, seamos conscientes de ello o no, se volvió un territorio de reflexión y/o preocupación.
Es verdad que la corporalidad en la que nos hemos detenido más en estos últimos años ha sido la de quienes han contraído el virus. Pero también ocurrió que los testimonios de los trabajadores de la salud revelan cómo el cuidado de los pacientes desató múltiples experiencias, las cuales nos permiten desarrollar una reflexión más compleja sobre el cuerpo. Ejemplo de esto es el testimonio de Raúl Gavira, un enfermero del Hospital Universitario de Móstoles en Madrid; él cuenta cómo los turnos de trabajo y las medidas de protección que tenían que adoptar durante ellos eran extenuantes, ya que los trajes no permitían ni comer ni evacuar, pero una parte particularmente interesante de sus experiencias es cuando describe: “No podemos abrazarnos y tocarnos, pero a través de las gafas, solamente con una mirada ya les estás dando un beso y un abrazo”.
Este testimonio llama la atención por recordar al filósofo francés Maurice Merleau-Ponty, cuyo pensamiento estaba enfocado en la corporalidad, pero desde una aproximación crítica que puso en cuestión las maneras como la narrativa tradicional de occidente la ha pensado. Si bien es cierto que, desde la Filosofía clásica, Platón había considerado que el cuerpo no puede ser una vía de acceso a la verdad, ya que se encuentra sujeto al devenir y al cambio, es René Descartes quien asesta un golpe despiadado al pensar que mente y cuerpo son sustancias opuestas.
Merleau-Ponty cuestiona toda esta tradición al romper dicha oposición, proponiendo una ontología de la carne como quiasmo, o entrelazamiento, donde no sólo nuestra percepción sino nuestra manera ontológica de habitar el mundo dependen de la corporalidad, rompiendo con el mecanicismo en el que se había acorralado a la reflexión del cuerpo. Contrario a sus antecesores, no pensaba que las cuestiones de la corporalidad estén cifradas únicamente por procesos ciegos y mecánicos, sino que habitamos el mundo en relación directa con la posición y situación del cuerpo, y que nuestra construcción subjetiva depende inexorablemente de la alteridad, tanto humana como no humana, ya que el cuerpo es el entrelazamiento de lo tocante y lo tocado. Lo mismo que atestigua Raúl Gavira, quien, sin tocar directamente, da cuenta de la experiencia sensible de besar y abrazar.
Nos encontramos en un momento en el que se propaga la falsa apariencia de que la pandemia y sus implicaciones están quedando atrás. Sin embargo, habría que repensar las repercusiones que deja una enfermedad como esta. Se sabe que las secuelas de COVID-19 no son homogéneas, sino que están sujetas a la singularidad de cada cuerpo y del órgano que haya sido afectado: van desde lo respiratorio o lo muscular hasta lo dérmico (como afecciones en la piel), pasando por lo neurológico. Estas consecuencias repercuten no sólo en el cuerpo individual, sino también en la percepción del mundo y las relaciones con él a nivel sensible.
Tales son los casos del escocés Callum O’Dwyer, cuyo testimonio por fatiga crónica pos-covid dice: “Me quedaba descansando en la cama por seis u ocho horas al día y me costaba levantar cualquier cosa. Y soy un tipo de 28 años que hasta hace poco corría carreras”; o de la argentina Andrea Martínez Lacamara, quien expresa contundente: “Parecía que se hubiese terminado el aire en el mundo”. En estos y otros muchos ejemplos, las huellas de la COVID-19 repercuten en cómo la subjetividad se percibe a sí misma y, por ende, en cómo habita el mundo. Mas aún, tal vez habría que reflexionar sobre secuelas somático-culturales, que exigen un cambio completo en el tejido social desde la inmanencia del cuerpo, toda vez que el virus se suma a la lista de pretextos para ejercer formas de discriminación.
En el imaginario aún se encuentra arraigada la idea de que la realidad corporal es un espacio de mecanismos ciegos, separados de las realidades espirituales consideradas jerárquicamente superiores. Pero tal vez recordando a Merleau-Ponty y tantos otros pensadores del cuerpo que centran su reflexión en el giro a una corporalidad compleja, como base ontológica de nuestro habitar el mundo, podamos redimensionar el lugar del cuerpo como territorio imprescindible que, en su inherente relacionalidad, nos abre a lo otro desde la sensibilidad a partir de la cual quizás podamos construir otra manera de habitar la carne del mundo.
* Jonathan Caudillo Lozano es maestro en Saberes sobre Subjetividad y Violencia por parte del Colegio de Saberes y doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. Realiza investigación sobre temas centrados en la relación entre el cuerpo y la animalidad en la Filosofía y las artes escénicas. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas de Filosofía, y es autor del libro Cuerpo, crueldad y diferencia en la danza butoh, una mirada filosófica, editado por Plaza y Valdez. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética.