Contenido Animal Político · 23 de abril de 2021
Hoy en la mañana leía un par de notas. La primera sobre la próxima llegada de lo que se conoce como “la tercera ola”, es decir, un nuevo incremento de casos de COVID-19 en varios países, incluido el nuestro, y que según algunos expertos será peor que las anteriores. Esto no acaba nunca, me dije. Es un hecho que el ser humano no nació para estar encerrado en una cueva. Somos nómadas, lo nuestro es andar de arriba para abajo, con algo de son y ton. Muchos ya cumplimos más del año en este encierro forzoso y pandémico, y ya empezamos a ver todo con aire de cotidianidad, a acomodarnos junto al bicho, a hacerlo parte de nuestras vidas. Nos adaptamos a ciertos rituales de higiene para ofrecernos una especie de –falsa, sorry– seguridad. Cubrebocas, gel, revisión de temperatura, tapete sanitizante, más gel, no tocar nada, saludo de puño o codo, mantener la distancia, vernos al aire libre. Repita.
A estas alturas ya nos acostumbramos a ver a pocas personas, de hecho, nos dimos cuenta que nos sobraban algunos; ya no vamos a restaurantes –si tienen terraza bien ventilada es posible–, mucho menos se nos ocurre andar besando personas como si fuera kermés de secundaria (aplaudo al bicho que erradicó los saludos masivos de besos en oficinas y encuentros fortuitos). Nos colocamos el cubrebocas como cualquier otra prenda de vestir, aprendimos a adivinar la sonrisa de la gente, a reconocernos con cara de bandidos. Niños, adultos y ancianos se volvieron maestros en el uso de herramientas digitales para comunicación y otros artilugios para “conectarnos” a estudiar, trabajar o enfiestar de forma remota. Si algo bueno trajo este canijo bicho es que nos tecnologizó forzosamente.
Hoy siento que nunca saldremos de esta nueva “normalidad”; que no volveremos nunca más a las oficinas, que las escuelas no abrirán sus aulas el próximo año, que no volveré más al cine, no pisaré un museo, o un estadio, un concierto, ni un maldito tianguis para comprar una baratija o comerme unos tacos de mixiote –bueno, debo confesar que no dejé de visitar el mercado sobre ruedas cada sábado para comprar por lo menos un par de tacos a mi marchante, me dolía verlo solo en un puesto vacío en una calle vacía con el virus rondando por ahí–. Los pedía para llevar y manteníamos la sana distancia, gel en abundancia y mucha solidaridad. En las pandemias se conoce bien a los amigos. Cuando me entregaba mi itacate de tacos solo pensaba maldito pangolín debe ser muy sabroso para que voltee al mundo de cabeza. Yo comí mixiote de pangolin, una camiseta que diga, pensé en un tuit.
Hoy estoy cansado de brincar de una videollamada a otra, ver esas caritas encerradas en cajas simétricas, las personas poniendo su mejor ánimo a esta forma de intromisión en sus vidas, en sus casas, en sus salas, de husmear en su intimidad, de ver sus libreros de intelectual, sus cuadros en una pared verde o esos fondos artificiales de pantalla… A veces se asoma un niño o un perro, o sucede una escena no apta para un contexto laboral. Algunos se han adaptado bien a la oficina en casa o la casa a la oficina. Hay un salón de clases en un cuarto, una junta de ejecutivos en la sala, una conferencia académica en el cuarto de estar, y un webinar internacional en el pasillo. No te oyes bien, lo repites por favor, te congelaste. Lo público invadió la esfera privada de las personas. El tiempo también se hizo extraño, de pronto tampoco alcanza el día para terminar los pendientes, y eso que no he salido. ¿A dónde se fueron las horas que perdíamos en el tráfico? ¿Cuánto tiempo libre nuevo deberíamos tener? ¿En qué lo usamos ahora? Lo sé, no lo voy a aceptar.
Cierto, lo olvidaba, la otra nota. Hoy también leía que el coronavirus se está volviendo más mortífero, incluso con niños en Brasil y viejos en Alemania. El virus todavía no termina con nosotros. Le faltan varias rondas; esto no acaba hasta que se acaba. La vacuna es solo otro de esos rituales que hemos inventado para darnos –falsa, ya sé– seguridad. Me preguntan que si me voy a vacunar, que de cuál prefiero. ¿AstraZeneca o Pfizer? ¿De la china o rusa? ¿Qué más me da? Desde hace tiempo que no hago planes para el futuro, vivo el momento, como budista o tuluminatti. Ya son las 11:11. Es momento de manifestar la realidad deseada, pero el perro me ve con cara de qué coño está pasando aquí y reclama su paseo. Hay que mantener la rutina, hacer ejercicio, ser positivos, sacar al perro, regar las plantas, hacer un tiktok, mandar un meme al chat de los amigos tóxicos, repartir likes a las tías, y ¿por qué no? tirar un poco de hate en Twitter.
La maldita rutina pandémica parece instalada para siempre, esto no se acaba nunca, para qué salir, aquí tengo todo lo que necesito, eso de ser nómadas es una estupidez, vivíamos mejor en una cueva, más tranquilos. Siento que algo allá afuera se ha roto, pero todavía no alcanzo a identificarlo. Lo único cierto es que el COVID ya es como de la familia.