blogeditor · 12 de julio de 2021
“Apenas superado el retén (del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG)), con el susto todavía en el cuerpo, aparece el puesto de control del Ejército. Una curva los separa. Preguntado por la convivencia… el coronel a cargo del operativo, adscrito al 30º Batallón de Infantería, con sede en Apatzingán, levanta los hombros y esboza una tenue sonrisa. ‘¿Dónde dice usted que están?’, pregunta. Al pasar la curva, ahí están, ahí paran a los carros”.
La escena acaso representa y a la vez resume la relación entre la delincuencia organizada y el Estado. El retén del CJNG está a unos metros del retén del ejército y más allá hay otro de Carteles Unidos.
Nos relata Pablo Ferri en esta impresionante pieza que el “puesto de control del CJNG… funciona desde hace meses y solo desapareció cuando el nuncio apostólico visitó la región, en abril. Entonces, decenas de policías estatales ocupaban la carretera. Hoy no queda ni uno… A veces (los del CJNG) aparcan uno de sus famosos tanques artesanales en los carriles, caso del miércoles pasado”.
Un retén que lleva meses instalado y el coronel dice que no sabe de él. Supongo que sería el único, a juzgar por el relato de Ferri y otros tantos que nos han enseñado que el Estado y la delincuencia organizada coexisten ahí, a la vista de todas y todos.
Aún hay muchas personas que le siguen llamando guerra a esto; supongo que les cuesta mucho trabajo aceptar enfoques diferentes que superaron el mito de los bandos confrontados, donde están de un lado quienes cumplen y hacen cumplir la ley y del otro quienes la violan.
No es fácil asimilarlo, incluso cuando se tiene frente a nuestras narices, gracias a trabajos como el de Ferri. Y es que no es para menos. ¿Qué está haciendo realmente el Estado cuando aparenta no ver a los grupos armados que imponen su orden?
Creo que las palabras de Romain Le Cour ayudan mucho a entender mejor lo que nos enseña Ferri: “Busco mostrar que las ‘relaciones político-criminales’ —usando un término genérico— funcionan a través de interacciones inestables y a veces violentas, pero constantes, entre múltiples actores públicos y privados, sin que esto lleve a la captura, el debilitamiento o el fracaso del Estado. Al contrario, observo múltiples soberanías superpuestas que colaboran y compiten en un mismo territorio, a partir de la escala local”. Ferri toma la foto y Le Cour la enmarca perfectamente.
Mal hacen quienes creen que este es un problema de “abrazos no balazos”, reduciendo el asunto a la responsabilidad de López Obrador. No, lo que vemos es el más reciente capítulo de un fenómeno histórico y estructural. Solo hay que asomarse a esta referencia paradigmática del tema: El siglo de las Drogas de Luis Astorga (1996), para entender que el narcotráfico fue construido en buena medida desde el poder político; o bien saltar hasta la reciente publicación Votes, Drugs, and Violence. The Political Logic of Criminal Wars in Mexico, de Guillermo Trejo y Sendra Ley (2020), para comprender que la delincuencia organizada florece justamente en un espacio de articulación con el Estado, donde juegan un rol principal los llamados “profesionales de la violencia”, esto es, representantes del sector de la seguridad que funcionan al servicio de unos y otros intereses mezclados en esas soberanías superpuestas de las que habla Romain Le Cour.
La fotografía nítida que tomó Pablo Ferri se agiganta precisamente porque, al enseñarnos la carretera de Michoacán, así retrata a dónde hemos llegado luego de una larga historia de mitos, comenzando por el que repite la narrativa de la guerra.
Tal vez si el periodista vuelve al lugar y logra que el coronel le explique cuáles son sus verdaderas órdenes, así estaríamos en mejor posibilidad de entender el tejido de colaboración, competencia, alianzas, rupturas y conflicto que Aguililla enseña como potente representación simbólica de algo que nada tiene que ver con la seguridad de la gente, ni con el Estado de derecho.
Con abrazos y sin balazos o con balazos y sin abrazos, según la etiqueta usada por uno u otro sexenio federal, el resultado es exactamente el mismo: el Estado y la delincuencia organizada se sobreponen. Acaso por eso el coronel prefiere decir que no sabe.