blogeditor · 13 de enero de 2014
Fue la pelea de box más esperada en muchas décadas. Joe Frazier era, a principios de los setenta, campeón indiscutido de peso completo; a su contrincante Muhammad Ali le quitaron el título por la mala en 1967. Lo arrestaron por oponerse a ser conscripto en el Ejército empantanado en la guerra de Vietnam, y apenas regresaba cuatro años más tarde a los cuadriláteros tras haberse resuelto a su favor el caso en el que se negó a acudir a un conflicto que para él, como musulmán y objetor de conciencia, no era el suyo. Frazier obtuvo el título que había dejado su predecesor; Ali tardó cuatro años en regresar al ring, tras la resolución favorable de la Suprema Corte. Todo Estados Unidos -y buena parte del mundo- seguía con agudo interés los detalles del combate pactado para el lunes 8 de marzo de 1971. La fiebre por conocer quién ganaría contagió también al personal del Buró Federal de Investigaciones en el pueblo de Media, Pensilvania (no muy lejos de Filadelfia), el cual esa noche partió temprano a casa para no perderse el pleito por la corona.
Ese día alguien había dejado una nota en el centro de operaciones solicitando que, por cuestiones de trabajo, permaneciera abierta la puerta de la bóveda que guardaba los informes de labores encubiertas emprendidas por la agencia policiaca, instrucciones que fueron acatadas puntualmente. En el transcurso del enfrentamiento que se transmitía desde el Madison Square Guarden de Nueva York, ocho personas en Media lograron forzar la entrada lateral e ingresaron a las oficinas regionales del FBI. Extrajeron un cúmulo de papeles que comprobaban que la agencia operaba fuera de control: un Estado paralelo.
Pegados a los televisores, millones de aficionados absortos vieron cómo Frazier derribaba por primera vez en su carrera a Muhammad Ali y se adjudicaba la decisión final que retenía para su causa el título más prestigioso del boxeo en La Pelea del Siglo.
Un puñado de activistas, estudiantes y académicos, preocupados por el manejo cada vez más abusivo de los recursos humanos y materiales del Buró, decidió conseguir documentación que probara sus supuestos y sirviera para exhibir a una agencia del gobierno que -bajo la guía del mítico J. Edgar Hoover- actuaba a su antojo; sin contrapeso alguno. El reducido grupo se hizo llamar La Comisión Ciudadana para investigar al FBI; obtuvo cientos de documentos que comprobaban que la policía federal había declarado la guerra al sector de la sociedad norteamericana más escéptico y participativo, por el simple hecho de disentir. La estructura del FBI estaba involucrada en un proceso vertical y clandestino de toma de decisiones, sin consultar a los otros poderes y con nula información para la sociedad.

Frazier derriba a Muhammad Ali durante el quinceavo asalto de su pelea en el Madison Square Garden. En esos momentos, ocho ciudadanos extraían papeles incriminatorios de una oficina del FBI en Pennsylvania; distribuirían a distintas fuentes, para su divulgación. Algunos medios regresaron la evidencia al gobierno; otros, como el Washington Post que cubrió el escándalo de Watergate que obligó a Richard Nixon a renunciar a la presidencia en 1974, sí atendieron al llamado.
Los participantes en el operativo aún mantenían el anonimato, pero decidieron hace poco revelar sus identidades. Prescribieron ya los delitos de los que se les acusaba. El gobierno nunca pudo descubrir quiénes eran; menos, fincarles responsabilidades. Su aparición reciente coincide con el lanzamiento de un libro escrito sobre su proeza.
Cinco integrantes del grupo de whistle blowers por fin eligieron dar la cara. Con la publicación de El Robo: El descubrimiento del FBI secreto de J. Edgar Hoover, libro de la reportera Edith Medsger y quien se ocupó en 1971 de cubrir esa nota para el Post, se despejan por fin varias dudas y conocemos los nombres de la mayoría de los involucrados.
J. Edgar Hoover creó al Buró u Oficina de Investigaciones en 1935, organismo del que fue director hasta su muerte en 1972. Emprendió una guerra abierta en contra de lo que denominaba ‘subversivos y radicales’ a lo largo de su desempeño profesional, encabezando feroces campañas de desprestigio en contra de figuras de la talla de Martin Luther King, al grado de intentar chantajearlo con secretos de alcoba, ordenando la colocación de micrófonos en los hoteles donde pernoctaba el líder del movimiento de los derechos civiles durante sus distintas campañas y viajes, y enviando las grabaciones a su esposa Coretta. Invitando -vía anónima comunicación escrita- que ‘hiciera lo correcto’ y se suicidara el líder religioso y social que obtuvo el premio Nobel de la Paz de 1964. Acendrado anticomunista a lo largo de su existencia, Hoover fue crítico y aliado de Joseph McCarthy durante la ‘cacería de brujas’ urdida por el entonces senador por Wisconsin en los años cincuenta.
(En México, sufrimos a un candidato a Hoover autóctono y a su desquiciada carrera por convertirse en dueño y señor de la versión tropicalizada del FBI en la persona de Genaro García Luna).
A raíz de la obtención de estos datos, el vastísimo programa de contrainteligencia Cointelpro fue objeto de múltiples críticas y tentativas institucionales serias por remediarlo. La comisión presidida en 1975 por el Senador Frank Church, demócrata de Idaho, impuso orden, transparencia, control judicial y protocolos de operación que intentaron acotar los excesos de diferentes aparatos de inteligencia en la Unión Americana.
[contextly_sidebar id=”11db13089564bcb2279cb3afbec9f499″]En ese mismo tenor fueron filtrados Los Papeles del Pentágono, historia extraoficial interna del conflicto de Vietnam entre 1945 y 1967 elaborada por el departamento de Defensa y entregados por Daniel Ellsberg al reportero Neil Sheehan del New York Times. Eran tiempos complicados, similares a los actuales en su obsesión oficial por impedir que conociéramos verdades incómodas y ‘soluciones’ nocivas para la salud ciudadana. La época de los bombardeos clandestinos a Camboya durante el conflicto de Vietnam que concluyó para los EEUU en 1975, y consintió el ascenso de los Jemeres Rojos al poder, así como del encubrimiento de los Plomeros que ingresaron a una de las sedes del Partido Demócrata en 1972. O bien de la intervención de la CIA en los eventos que condujeron al derrocamiento del presidente Salvador Allende en Chile en 1973. Patologías todas del nixonismo exacerbado, que hoy rubrican el trabajo de la Agencia Nacional de Inteligencia (NSA) o el GCHQ, su versión británica y similares.
Las filtraciones recientes de Chelsea Manning a Wikileaks, y de Edward Snowden a Laura Poitras y Glenn Greenwald, constituyen indicios claros de que la secrecía y conductas represoras de nuestros gobiernos -en materias que deben ser públicas y abiertas a debate- son defectos inaceptables en democracia que deben ser combatidas por la sociedad civil. Como los personajes antes citados –junto con Ellsberg, y muchos otros- los ocho miembros del Comité Ciudadano que en 1971 ingresaron a las oficinas del FBI en Pennsylvania merecen admiración y reconocimiento.
Hoy vivimos una circunstancia que, a raíz del auge de redes de comunicación mundializada, impone el deber de implementar mecanismos de defensa institucionales que frenen estos desequilibrios y los minimicen sometiéndolos a un adecuado escrutinio social y gubernamental.

Keith Forsyth, taxista y cerrajero. Tenía 20 años de edad cuando participó en la sustracción de documentos en Media, Pennsylvania.

Bonnie y John Raines. Académicos, marido y mujer. Ella sostiene su retrato hablado; el día del robo se puso gafas postizas.
Los miembros del Comité Ciudadano se cuidaron de separar los documentos que podrían haber comprometido la seguridad nacional, y sólo mandaron a los medios aquellos que señalaban campañas ilegales contra individuos y grupos civiles, colectivos que protestaban contra la guerra de Vietnam y asociaciones afroamericanas, por citar dos ejemplos.
El libro de Metsger es una relación de la contienda oficial que se declaró, en las sombras y sin permiso, contra cualquier forma de disidencia tal y como la percibían distorsionadamente Hoover y su pandilla.
Un memorandum publicado en el Post se referia así los principales objetivos declarados del FBI: ‘ … intensificar la paranoia propia de estos círculos [presuntamente, los pacifistas que deseaban poner un alto a la guerra], y reiterar que podría haber un agente del Buró detrás de cada buzón de correos (sic) …’
Muhammad Ali recuperó su título en 1974 y después en 1978. Smokin’ Joe Frazier (1944-2011) y él volvieron a enfrentarse en dos memorables combates más, ganando el primero en ambas oportunidades: tanto la revancha como el desempate. El gran campeón, nombrado el mejor deportista del siglo veinte por la prensa especializada, actualmente pelea -con denuedo y dignidad- contra los estragos del Parkinson que padece desde los 42 años. El 17 de enero cumplirá sesenta y dos. John Edgar Hoover (1895-1972) heredó un legado, de amplísimos claroscuros, que pervive más que nunca. Las agencias de seguridad que nos acosan y espían (no podrían ser las mexicanas, excepción) actúan con arbitrariedad extrema, con crecientes márgenes institucionales de maniobra para perpetuar sus abusos a escondidas y sin límite o castigo a la vista.
Las recientes opiniones favorables asumidas por la Suprema Corte de México en el tema de la geolocalización de celulares -previamente aprobada por el Legislativo- colocan el tema en la agenda inmediata y plantean la urgencia de que la sociedad defienda y consolide derechos en peligro de extinción. Como los héroes que buscaron la verdad que permanecía oculta en Media, Pensilvania, hasta que fue descubierta por ellos al compás de la Pelea del Siglo.