Jorge Hill · 13 de febrero de 2015
“Para entender, apreciar y disfrutar la ópera, debes azotarte junto con ella”, decía un maestro de apreciación musical que tuve. Se refería a que el género suele ser tan melodramático que sólo podrías tener acceso a sus virtudes más elevadas y al mismo tiempo profundas si te internabas de manera activa en el melodrama, en el azote.
Algo parecido pasa con el anime, ese estilo de animación originalmente japonesa, que aunque ha tomado y reinterpretado elementos de todo el mundo -práctica nipona muy típica y exitosa, por cierto-, mantiene un núcleo de identidad inconfundible.
Los prejuicios ante el género y sus seguidores son vastos y marcados, empezando por el nombre que se les da en occidente: otaku. La palabra “otaku” en Japón se refiere a una persona que tiene un interés que raya en lo perverso, “enfermo” u obsesivo por algo, lo que sea. No se sabe a ciencia cierta cómo occidente empezó a utilizar “otaku” como adjetivo peyorativo para quienes interpreta como débiles o disfuncionales para las “virtudes” típicas de este lado del mundo, tan permeadas de valores agringados. Así, quien gustara del anime tendría que ser un “virgen tardío”, antisocial, solitario, “no productivo”, sensibloide, dependiente y frágil, entre tantas otras. Ya es interesante en sí que estas características sean indeseables y mal vistas para ciertas culturas, pero eso es otro boleto. También es curioso cómo, tanto Japón como occidente, empiezan hace poco a resignificar el término para referirse a “fans del anime y manga”, ahora sin una connotación peyorativa… o no tanto. Incluso se encuentra hoy anime que toca el tema de ser otaku, o de ser “chuuni” (chuunibyou, otra rareza más o menos relacionada), como: Lucky Star, When Supernatural Battles Became Commonplace, I Can’t Understand What My Husband Is Saying)
O T A K U C E P T I O N
Los mitos y creencias erróneas son miles, un típico ejemplo es creer que los enormes ojos y sus colores extravagantes vienen de una frustración japonesa ante sus ojos rasgados oscuros y al mismo tiempo por una adoración “agachona” hacia occidente, sobre a todo a Estados Unidos después de ser bombardeados en uno de los sucesos más grotescos de la historia de la humanidad. Si bien se puede hacer una interpretación de este tipo, tomando como herramienta de análisis la navaja de doble filo que es el relativismo posmoderno occidental, la realidad es que los enormes ojos y las “extrañas” proporciones corporales de los dibujos tienen la función de ser expresivas y engendrar rasgos y personalidades diferentes a cada personaje dentro de un estilo tan homogéneo. Lo demás son interpretaciones y deconstrucciones, esos lugares donde nos perdemos y al mismo tiempo todos tenemos la razón… o una validación de la fantasía de tener la razón.
Si queremos azotarnos junto al anime, tenemos que hacer un intento por salirnos de nuestra burbuja y comprender una cultura que se regocija en lo visual, desde siempre; una sociedad surgida en un lugar donde cosas como los cambios drásticos de las estaciones sirven como una suerte de reloj cultural, generan asombro, poesía, literatura, son parte de la estructura básica del haiku tradicional, alimentan una tradición gráfica. Generan arte, generan cultura.
Cuatro Estaciones De Tokyo
Los factores que se unen para dar forma al anime y a su enorme plasticidad interna son incontables, así como incontables los elementos occidentales que se han integrado a éste después de haber sido reinterpretados de maneras que nos pueden parecer exóticas y extrañas. Desde la comida hasta lo sagrado no hay cosa extranjera que el anime, movido por una tradición típica japonesa, no digiera y nos regrese de maneras inesperadas.
El anime suele ser la animación del manga preexistente (aunque no exclusivamente), esas historietas que aparecieron en japón al inicio del siglo XX y vieron su madurez al final de la segunda guerra mundial, cuando el gobierno ordenaba su impresión y distribución buscando darle un entretenimiento y consuelo a una población destruida por la guerra, humillada, devastada. Así nacieron también algunos de sus tantos géneros que hoy ya son subgéneros y sub-subgéneros, mezclados, aparte, con los géneros tradicionales occidentales. Así podríamos tener un manga o animación “para adolescentes o jóvenes, que enaltece los valores de la amistad, el honor, la protección y el sacrificio, en un setting de ciencia ficción”, que burdamente podríamos llamar Shounen/sci-fi.
Este texto no pretende ahondar en el manga y el anime, ni siquiera cruzar un poco la superficie de un universo enorme. Los textos, tésis, libros y estudios al respecto son otro universo en sí mismo, así como los modelos de análisis desde donde se estudia, los miles de recovecos históricos, las miles de asociaciones. La intención de este texto es, más bien, invitarlo a introducirse al azote o a salir del clóset del otaku si sigue dentro de él, entender que el anime no es -o no sólo es- Pokemon, Dragon Ball y “las de Miyazaki”.

Para algunos que amamos la ciencia ficción, el horror y la fantasía, hoy quedan pocas opciones en un occidente que toma clásicos y los hace pedazos en las pantallas o que amasa ciertas partes para luego vomitarlas en un paquete de pegostes grotescos, un bolo de clichés. Pocas opciones quedan, también, para quienes aborrecemos los “valores” y temas que subyacen y son subtexto de estas corrientes occidentales: el dinero, el éxito, la fama, el poder por el poder, la acumulación por la acumulación, el patriotismo y nacionalismo ciego. También algunos sabemos bien que para ver tetas, nalgas, testosterona y músculos en sus funciones más sensuales y sexuales ya tenemos internet, y que la “asombrosa acción sin descanso ni cuartel, llena de adrenalina” ya suele llevarnos hasta las lágrimas de la risa.
LOLWUT!?
Ahora, lo grotesco, el gore, lo extraño y la sexualidad suelen ser temas con los que el anime se siente “cómodo”. Es un hecho y algunos lo aprovechan para dar una buena pasada por situaciones sexualizadas un tanto fuera de lugar, fenómeno que se tiene bien definido e incluso se le da el nombre de fanservice (servicio al fan). Eso no limita o excluye que en muchos otros manga y anime exista un tratamiento interesante, abierto o diferente de la sexualidad y demás temas que típica y clásicamente incomodan a nuestro hipocritón y mojigato victorianismo occidental.
¿Dónde encontrar, entonces, esos temas filosóficos, sociales, culturales, históricos y políticos que nos daba aquella ciencia ficción y fantasía de antaño? hoy en día, definitivamente y con contadas excepciones -en lo visual, no en la literatura-, sólo en el anime y en el manga.
Con este video y una hora de tu tiempo, si le mascas al inglés, puedes tener un amplio panorama inicial acerca del anime y los prejuicios con los que lucha y ha luchado desde sus inicios (también lo recomiendo para veteranos):
Mi lista de obligadas (Tranquilos, veteranos, conocedores y “undergrounds”, esto es de “iniciación”):
Los anteriores son clásicos, algunos “viejos” y se pueden encontrar y comprar en muchas páginas de internet.
Para ver series recientes, o que están actualmente al aire en Japón, hay que dar una parada obligatoria y una mención honorífica a Crunchyroll, página legal y con buenos subtítulos en inglés, español y otros idiomas. Con la opción gratuita ya tienes para darte vuelo.
Recomiendo nuevos clásicos como Attack On Titan (maravillita de acción postapocalíptica, melodramática como pocas, intensota), Parasyte (gore y sci-fi), Gintama (comedia con muchos gags locales y referencias internas), Black Bullet (Ciencia ficción postapocalíptica, sexy, con un poco de humor y toques lovecraftianos) y la tan “mainstream” pero divertida Fairy Tail (Algo así como un Dragon Ball Z modernizado y con comedia constante).
Dejémoslo hasta ahí, porque si no las listas no acaban nunca.
Y eso sí, prepárese para azotarse, porque al igual que en la ópera: sin melodrama y tremendo azote, no hay anime. Mucho menos la posibilidad de empezar a entenderlo, apreciarlo y disfrutarlo.