blogeditor · 19 de junio de 2013
Por: Rodrigo Azaola
Sin necesidad de una segunda vuelta, el candidato moderado Hassan Rohani ganó las elecciones iraníes de este fin de semana de manera más bien holgada (“aplastante” de acuerdo a la agencia noticiosa oficial).
Con presencia de alrededor de 70% del electorado, Rohani dejó muy atrás a los dos principales candidatos conservadores con diferencias de más de dos millones de votos: Mohamad Baqer Qalibaf, alcalde de Teherán e indeleblemente asociado a la represión del 2009, y Said Yalili, principal negociador nuclear.
El triunfo de Rohani residió principalmente en su plataforma económica de orientación tecnócrata y afín, al menos en postulado, a la inversión y el comercio, pero también al desgaste natural tras dos administraciones conservadoras, pletóricas en subsidios y programas populistas a expensas de la cuenta pública ciertamente impactada por las sanciones internacionales.
Si bien la prensa internacional se ha apresurado a calificar este triunfo como una ventana de oportunidad para un relajamiento en la política iraní, debe anotarse, como se apuntó en la entrega anterior, que el sistema de gobierno de ese país es un mecanismo de balances y múltiples contrapesos en el que es muy poco factible que una sola persona dé un golpe de timón al rumbo de gobierno.
Especialmente si dicha persona, a pesar de cultivar la imagen de un clérigo moderado, es un hijo ejemplar de la revolución islámica: cercano al ayatolá Jomeini durante su exilio en París, alto dirigente castrense durante la guerra con Irak y representante del líder supremo en el Consejo Superior de Seguridad Nacional, órgano a cargo de la formulación de la política del programa nuclear.
El triunfo de Rohani pone en evidencia de cualquier manera el hastío de los ciudadanos por el sector conservador, primeramente debido a su impericia económica, pero también a un discurso de confrontación que le ha granjeado el aislamiento internacional. El voto a Rohani fue también un voto a favor de la integridad de la república y a la separación de las oficinas de la presidencia y del líder supremo, de ahí que los candidatos percibidos como favoritos por el ayatolá Khamenei fueran castigados en las urnas.
Pero calificar a Rohani de reformista, cuando los principales candidatos reformistas de 2009 permanecen en arresto domiciliario, se antoja apresurado. Si bien es cierto que Rohani terminará por hacer valer su propio estilo de gobierno, no resulta factible en el corto plazo que las políticas actuales se reviertan. Antes, Rohani debe superar primero varias pruebas en el plano interno, como por ejemplo cabildear a fin de que el parlamento apruebe sus nominaciones para el gabinete, de lo que depende la realización de sus propuestas en materia económica y de derechos civiles.
En una segunda etapa, si consigue que su círculo de allegados desplace paulatinamente a los leales a Ahmadinejad, Rohani podría incidir en materia de política exterior, y eventualmente en el dossier nuclear.
Pero el contexto regional no favorecerá la experimentación ni el relajamiento de las políticas actuales. Baste una prueba: horas después que la victoria de Rohani fue dada a conocer, Egipto retira a sus diplomáticos de Damasco y rompe relaciones diplomáticas con Siria, al tiempo que llama a imponer una zona de exclusión aérea en ese país. Casi de manera simultánea, Hasan Nasrallah, líder de Hezbollah, organización que apoyada por Irán asiste en la defensa militar del régimen de Assad, envía una felicitación a Rohani.
Las elecciones en Irán dejan sin lugar a duda una muy positiva y además escasa lección para la zona: un proceso democrático en el que el electorado tiene la última palabra. Necesitada con urgencia de reformas y ciertamente perfectible, la democracia en Irán operó pacíficamente, apegada al deseo de la colectividad y asegurando la transmisión de poder en un marco institucional de respeto a las leyes.
Pero Rohani, además del triunfo electoral, obtuvo dos importantes batallas. La primera, obtener el mandato popular para mejorar la economía, mismo que pudiera utilizar para explorar fórmulas que aminoren las sanciones internacionales, especialmente si en la negociación se incluye una dosis de escrutinio al programa nuclear.
La segunda y no menos significativa, que su imagen cordial y su apego genuino a la negociación le han ganado la simpatía, sin siquiera haber asumido el cargo, de la opinión internacional, anulando prácticamente el clima de animadversión que existía hacia Ahmadinejad y la República.
En una perspectiva mucho más a largo plazo, Rohani está consciente que su generación es prácticamente de las últimas que atestiguaron la revolución de 1979. La mitad de la población iraní nació en ese año o después, y por lo acontecido en 2009 queda claro que para un segmento numeroso los fundamentos de la revolución les resultan lejanos, cuando no un obstáculo real para su crecimiento político, económico y civil.
En breve, Rohani deberá implementar una muy astuta política exterior, que le permita navegar en un vecindario en franca ebullición cuya integridad territorial establecida desde los acuerdos Sykes-Picot de 1916 pudiera erosionarse, y de manera simultánea formular una plataforma económica que al menos mitigue la espiral inflacionaria y el desempleo.
Por si fuera poco, bajo la mirada vigilante de un líder supremo y clases clericales y castrenses cautivas de sus privilegios, el nuevo presidente iraní tendrá en sus manos un reto apremiante: lograr que el bono demográfico sirva a los intereses de la República y no a su estancamiento o inestabilidad. Esto no deviene sencillo, sobre todo si se considera que desde 2009 las aspiraciones de la juventud y los dogmas de la revolución islámica no han hallado punto de contacto alguno.
* Rodrigo Azaola es miembro del Servicio Exterior con maestría en Estudios de Medio Oriente por El Colegio de México.