El ciclo mexicano de uróboros

Redacción Animal Político · 2 de mayo de 2023

La ambición impresa en el discurso de la actual coalición gobernante poco se compara con lo que serán sus magros resultados. En buena medida porque esa ambición siempre estuvo enfocada en la reconfiguración de una parte del orden político, pero no en el cambio estructural del país. La transformación ha sido, esencialmente, el intento de una nueva élite política por imponer nuevas reglas para administrar la rotación de cargos públicos. Nada más. Lo cual, en términos de la resolución de los problemas públicos del país es francamente decepcionante. Esos siguen ahí, básicamente intocados. Y la nueva elite, envuelta en discurso revolucionario, terminó en el mismo lugar que la elite anterior en lo que respecta a políticas públicas.

Uróboros es la serpiente que come su propia cola. Esta es una buena alegoría mitológica para ilustrar el ciclo de la vida pública mexicana desde la llegada del programa de liberalización económica de los ochenta. La nueva elite terminó en el mismo lugar que su antecesora. Tres decisiones de política me parecen la mejor demostración de este fenómeno. En seguridad, educación y salud, las soluciones que propuso la nueva élite a tres de los grandes problemas nacionales fueron las mismas que sus neoliberales antecesores: más prohibición, un nuevo currículo, y un marginal subsistema de atención. Anteriores y nuevos dirán que hay grandes diferencias en sus políticas y, en algunas formas, avances graduales pero significativos. Pero son eso: graduales. Se sigue sin atender el problema estructural que las originó. Son parches, pues.

El sexenio inició con mente abierta a una nueva política de drogas. El mismo presidente se dijo dispuesto a revisar alternativas a la prohibición. Parecía que había fuerza suficiente para legalizar el mercado de la mariguana, y des-escalar las operaciones de contrainsurgencia contra las organizaciones criminales en México. Sin embargo, a finales de este gobierno, la retórica de la prohibición, la presión norteamericana, y el mismo conjunto de políticas militares de sexenios anteriores han sido plenamente re-legitimizadas. Efectivamente, como desde el sexenio de Felipe Calderón, cada evento de la semana justificará el reforzamiento de la solución militar. Sin duda podemos encontrar pequeñas diferencias entre gobiernos. Sin embargo, mientras sigamos teniendo los más de 15 mil homicidios anuales en promedio registrados desde 2007, estamos estacionados en una crisis de violencia.

El sexenio inició revirtiendo prácticamente todas las reformas en materia de evaluación de la educación y contratación de profesores por concurso. Personalmente, también me opuse a dichas reformas. Y parecía que tendríamos un sexenio de política educativa mucho menos rimbombante: más trabajo en el aula, menos grandes ingenierías. El sistema educativo lo demanda. Sin embargo, aunque se ha expandido el gasto en becas, se desmantelaron casi todos los programas compensatorios. Peor aún, ante la falta de imaginación educativa, regresamos a la costumbre de reformar el currículo, pensando que después de otra reforma al plan de estudios, ahora sí vamos a mejorar los aprendizajes de la infancia mexicana. Al igual que en 1975, 1993 y 2004, los funcionarios de la SEP olvidaron que hay aulas con maestros y se pusieron a rehacer esquemas de materias. Como se repite en cada prueba PISA de la OCDE, el 1 % de la niñez mexicana tiene altos niveles de competencia en lectura, matemáticas o ciencia. Y el 45 % está en los bajos niveles de comprensión de lectura, y 56 % en capacidades matemáticas.

El presidente anunció que México tendría un mejor sistema de salud, a la altura de países escandinavos. La solución fue desmantelar los fondos del entonces Seguro Popular y las transferencias federales para el nuevo Instituto de Salud para el Bienestar. En próximos días esta apuesta desaparecerá. La función será asignada al Instituto Mexicano del Seguro Social bajo un programa presupuestal llamado nuevamente bienestar. El problema de fondo es que escarbar en la escasez presupuestal y crear una nueva entidad fue la misma solución del Seguro Popular. En lugar de una reforma fiscal para fondear un sistema integral de salud, nuevamente el gobierno apuesta a un subsistema en lugar de crear un solo sistema fondeado con impuestos públicos. Incluyendo las dos metodologías del Coneval para medir la pobreza, el país sigue, en promedio, con más de la mitad de la población sin seguridad social y más de 15 % sin acceso alguno a servicios médicos.

Estos son problemas del pasado que permanecen en el presente, en buena medida porque no queremos arriesgar capital político, social y económico en sus soluciones estructurales. Se requiere de una reforma fiscal amplia para fondear las políticas que permitirían reducir la falta de acceso a la salud, a la educación y a la vida libre de violencia. Pero dado que la clase política -toda en su conjunto, gobernante y en oposición- ha apostado a soluciones temporales porque no quiere asumir costos políticos algunos, parece que estamos atrapados en Uróboros eternamente mordiéndonos la cola. Peor todavía, la nueva élite replica irreflexivamente la lógica de la anterior. Aunque la actual coalición gobernante anuncie reiteradamente que ya se acabó el neoliberalismo y el punitivismo conservador, en sus políticas estas ideologías siguen vivas y vibrantes. La transformación deseable hubiese sido abandonar esta tragedia mitológica.