Rubén Aguilar · 26 de abril de 2011
La pederastia de algunos sacerdotes no tiene su origen, como más de uno lo sostiene, en la existencia del celibato y su abolición, que es una necesidad urgente, no va a resolver el problema de los curas pederastas.
En el caso de la iglesia católica lo único que lo va a resolver, como lo plantea Jean Meyer, es abolir para siempre la hipocresía, la cultura del secreto y la protección de los delincuentes supuestamente para evitar el escándalo.
Los abusos sexuales de los menores no son un “privilegio clerical”, como bien lo planeta el teólogo suizo Hans Küng. En Estados Unidos, para poner sólo un ejemplo, uno de cada diez hombres, el 10 % de la población masculina, ha sufrido algún abuso sexual.
El perfil de esos abusadores, en su inmensa mayoría, son hombres casados y padres de familia, que resultan ser miembros o amigos cercanos al grupo familiar. En muy menor medida son maestros y clérigos de todas las confesiones (sacerdotes católicos, rabinos y pastores casados).
La decisión del celibato no pertenece al dogma y es una medida sólo disciplinar obligatoria, para la iglesia de Occidente, a partir del siglo XI-XII. Tiene antecedentes en el Concilio de Elvira (hoy Granada, España) del 306.
Hoy, a pesar de la cerrazón de la Santa Sede, la discusión está abierta en torno a la conveniencia de que la iglesia romana vuelva al celibato optativo como ha sido la tradición de las iglesias de Oriente: ortodoxas, greco-católicas (Ucrania, Bielorrusia, Hungría…), maronita y siro-malabar.
El obispo de Viena, el cardenal Christoph Schoenborn, pidió meses atrás un “cambio de visión” frente al celibato. La reacción del Vaticano fue de inmediato rechazo, pero el tema está ahí.
Es evidente que cada vez son más los católicos, entre ellos el escritor alemán Günter Grass, que exigen se ponga fin al celibato obligatorio de los sacerdotes. La obligatoriedad en éste siglo no tiene ningún sentido si es que alguna vez lo tuvo.