blogeditor · 29 de marzo de 2021
A la memoria del Dr. Rafael Huizar Álvarez, compañero comprometido
con la lucha de los pueblos de la región.
La región norte de la metrópoli de la Ciudad de México ha sido escenario, en cuando menos los último 25 años, de una serie de megaproyectos que han afectado el territorio, los recursos naturales y las dinámicas de los núcleos de población que en él existen. Estos megaproyectos están relacionados directamente con un tipo de urbanización sumamente invasivo y agresivo con el territorio, los cuales, por su naturaleza, necesariamente han contado con la anuencia del Estado a través de políticas públicas y marcos jurídicos específicos, así como con el interés de la iniciativa privada por medio de la inversión de grandes capitales de dinero.
Para ser claros, podemos identificar la vocación de los megaproyectos en tres tipos, 1) sector inmobiliario, 2) explotación de los recursos naturales, y 3) construcción de infraestructuras de comunicación. Si bien en su conjunto forman parte de un circuito de megaproyectos integrales, cada uno de ellos se empezó a ejecutar en distintos momentos, por lo que sus efectos en la región son diferenciados, aunque caminan en la misma dirección: la transformación sustantiva del territorio y la explotación de los recursos naturales.

Es necesario tener presente que el territorio en donde se ejecutan estos megaproyectos no es un territorio vacío y libre de la ocupación humana, por el contrario, es una región que históricamente ha albergado a decenas de núcleos de población de origen indígena, las cuales mantienen una serie de prácticas socioculturales, políticas y económicas propias, que los configuran como comunidades específicas.
También es importante destacar que la base de su continuidad y permanencia como pueblos, sin lugar a dudas, es su sentido de comunidad. A través de ella ha sido posible la generación de una serie de símbolos identitarios que les proporcionan sentidos de pertenencia con el territorio y sus recursos, con la protección de su Santo Patrón o Santa Patrona, cuya devoción no sólo permitió la construcción de sus iglesias, sino la celebración cíclica de sus fiestas patronales, la organización política de sus propias autoridades, ahora llamadas tradicionales, elegidas para mantener el orden y la costumbre.
Obviamente esto no se dio de facto ni de una sola vez, sino que se construyó poco a poco, a través de un largo proceso de aprendizaje. De acuerdo a las condiciones y las circunstancias de la época, se definieron prioridades. En algunos momentos fue la sobrevivencia a las epidemias y la permanencia como localidades específicas, otras fueron la defensa de sus tierras y aguas comunitarias frente a los hacendados de la región y la imposición de nuevas leyes; hubo periodos de relativa estabilidad que permitió la construcción de sus iglesias, de su infraestructura urbana como la escuela, la cárcel, el juzgado, los panteones, mientras que de forma permanente este sentido comunitario posibilitó que de manera continua se mantuvieran en buenas condiciones la traza urbana, los caminos y sus fuentes de agua, por ejemplo.
En un contexto en que los megaproyectos provocan el surgimiento de nuevos núcleos de población casi de forma espontánea, se vuelve indispensable visibilizar la historicidad y profundidad sociocultural que hay en los pueblos de la región, debido a que las nuevas formas de habitar el espacio, a través de conjuntos urbanos, fraccionamientos, colonias, etc., los diluye a simple vista. En tal sentido resulta necesario diferenciar sus dinámicas internas, “(…) los pueblos se hacen poco a poco y entre muchos, mientras que las urbanizaciones brotan de repente y las concibe uno solo o, peor aún, las diseña un impersonal “despacho”. Las urbanizaciones resultan de un método, los pueblos resultan de la vida. Los pueblos contienen sabiduría, las urbanizaciones contienen cálculos y planos constructivos. Las urbanizaciones se usan, los pueblos se habitan”.1
Esto no significa que no existan cambios en estas localidades históricas, por el contrario, lo que la evidencia empírica ha demostrado en la zona metropolitana de la ciudad de México es que en la medida que la expansión urbana alcanza el territorio de los pueblos, se exacerban los cambios en sus actividades y prácticas socioculturales, políticas y laborales.
Una de las más importantes, quizá, es la que se refiere al trabajo comunitario, también conocido como tequio o faena, la cual tiene como una de sus funciones principales el trabajo y/o cooperación monetaria y en especie de los habitantes de los pueblos, para la ejecución de obra pública que requiere la comunidad. Sin embargo, la masiva urbanización del territorio inmediato de los pueblos ha generado no sólo la llegada de nuevos actores con intereses específicos, sino la implementación de nuevas dinámicas que trastocan estas prácticas, diluyéndolas, suplantándolas y en algunos casos eliminándolas al paso del tiempo.
Bajo tal escenario se vuelve necesario compartir lo realizado desde los pueblos para mantener, salvaguardar, defender su territorio y sus prácticas. En este caso, un ejemplo de lucha y dignidad por la defensa de su memoria, su territorio y sus prácticas socioculturales ante los megaproyectos de muerte, como ellos los llaman, es sin duda la que llevan desde hace más de 7 años los habitantes de los pueblos del municipio de Tecámac agrupados en los colectivos 12 pueblos originarios de Tecámac y Vecinos del cerro de Tecalco-Chiconautla, quienes se han visto en la necesidad de enfrentar diversas batallas contra los distintos niveles de gobierno y empresas de la iniciativa privada, que han interrumpido en su territorio en las últimas décadas, sin tomarlos en cuenta.
En un verdadero abanico de luchas y en consecuencia en la apertura de varios frentes de batalla, los colectivos han enfrentado la defensa de sus panteones y del control de sus pozos de agua ante la intención del gobierno municipal de quitarles su administración; la defensa de sus territorios más allá de su propiedad y el derecho que tienen a preservar los sitios sagrados y colectivos que les heredaron sus abuelos; la defensa de sus prácticas socioculturales que los configuran como comunidades centenarias; la defensa de su patrimonio histórico y cultural construido por siglos, y la defensa de su memoria colectiva que les proporciona una identidad diferenciada frente a los demás.
Un hecho destacable es que sus acciones de lucha han sido diversas y no se restringen a la movilización social y de protesta, sino que han transitado desde la vía jurídica, los foros de discusión, la generación de alianzas solidarias y respetuosas con otros colectivos y la transmisión de la palabra en otros espacios de lucha.
Pero quizá uno de los más importantes es el reconocimiento en la necesidad de reconstruirse y reconocerse al interior de los pueblos frente a los efectos de la masiva urbanización de sus territorios, a través de la memoria, organizando foros sobre la historia de cada uno de los pueblos para recuperar y entender mejor el origen y los procesos que permitieron su permanencia y continuidad como pueblos; a través de la recuperación de prácticas socioculturales en desuso o en proceso de pérdida, como el trabajo comunitario, el cual, como se menciona líneas arriba, ha venido a menos en las últimas décadas.
Un ejemplo de ello son las diversas acciones que han realizado para la defensa del cerro de Chiconautla, el cual se encuentra en una franja territorial que comparten los municipios mexiquenses de Ecatepec, Tecámac y Acolmán, un lugar icónico no sólo en la vida comunitaria cotidiana de los pueblos de la región, sino por ser un lugar que contiene evidencia arqueológica de su ocupación y que aloja diversos lugares de culto y recreación, independientemente de su importancia como territorio captador de agua y escenario natural de especies endémicas.
Si bien la intervención en el cerro por los megaproyectos datan de finales del siglo XX, sus impactos más drásticos se han visto en la última década, en la cual ha sido sobreexplotado a través de las minas de material pétreo, la instalación de un relleno sanitario y su deforestación continua; el colmo de ello fue la amenaza en el año 2016 de rebanarle 26 metros a su cima, porque estorbaría la operación en los despejes y aterrizajes de aviones en el fallido aeropuerto internacional de México que se ubicaría en Texcoco.
Esto último, aunado al traslado en la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México Felipe Ángeles a Santa Lucía, agudizaron las acciones de los colectivos para la conservación y preservación del cerro de Chiconautla, siendo una de las más importantes su reforestación, de ahí que convocaran con apoyo de otras personas y colectivos a realizar faenas de reforestación en diferentes momentos, en las cuales se aprovechaba no sólo para la siembra de árboles, sino para reactivar el trabajo comunitario, compartir con los asistentes la palabra, los alimentos y la lucha por la defensa del territorio.
La ultima acción realizada en colectivo, y cuya inauguración sucedió el pasado 21 de marzo, fue la inauguración de una Pileta de Agua en el cerro de Chiconautla, cuyo objetivo práctico principal es almacenar agua para ser utilizada en el riego de los árboles que se plantan en las diversas jornadas de reforestación. Sin embargo, es fundamental destacar que su construcción llevó aproximadamente 12 semanas a través del tequio de diferentes habitantes de los pueblos, ejidatarios, colectivos y la cooperación monetaria de los hijos del pueblo, que por condiciones diversas tuvieron que migrar a Estados Unidos y que vieron en ello una oportunidad de seguir manteniendo lazos comunitarios con su tierra natal.

Con plena conciencia de la importancia de seguir con estos trabajos en colectivo y autogestivos, en el discurso de inauguración se destacó la nula participación de las autoridades de gobierno, y la necesidad de seguir por ese camino de autonomía, hasta lograr la recuperación de sus territorios y prácticas socioculturales.
Al grito de “¡Agua sí, aviones no! ¡Cerros sí, aviones no!” los asistentes a la inauguración de la pileta en el cerro de Chiconautla refrendaron su convicción a seguir luchando por la defensa de su territorio ante los megaproyectos de muerte que han ocupado y transformado lo construido por cientos de años, en poco menos de tres décadas.
* Ismael Mejía Hernández es antropólogo y doctor en ciencias sociales. Ha realizado diversos trabajos sobre los pueblos originarios de los municipios de Ecatepec y Tecámac, Estado de México. Actualmente es colaborador de Yaollin Ehecatl A. C. y co-coordinador del Seminario Permanente de Estudios sobre Ecatepec. [email protected].
1 Bartra, Armando (2012), “Cuando se oye ladrar los perros”, La Jornada Suplemento La Jornada del campo, 60, 15 de septiembre, Distrito Federal, México, p. 2.