blogeditor · 17 de agosto de 2012
‘-No aguantas nada. Cobarde.
-¿¡Qué!? Como si no supieras al dedillo mi historia.
-Pero por supuesto que la sé. Todos tus lectores la saben. La única diferencia es que sólo tú eres la que sigue compadeciéndote, querida.
-(Perpleja) No es poca cosa lo que he pasado en estos terrenos de las relaciones humanas, te recuerdo. Harta lágrima, harta pastilla, harta terapia…
-Y bueno. ¿Sigues en el mismo lugar?
(…)
-No. Pero la solución más fácil a estos enredos es, como dicen los Magnetic Fields: I think I need a new heart…
-Estás en el hoyo.
(Sus pequeñas yo, esas que habitan en su cabeza, ríen al unísono con esta conversación, otras bostezan y encienden el televisor para no poner atención, otras lloran desconsoladas, unas más hablan frente al espejo…)
En realidad, la cosa grave para ella es que desde que su vida amorosa es estable –y para ser más precisos, nula- se le fue la vena de escribir sobre el amor.
Como si no lo sintiera, como si no existiera. Lo más grave es que a veces se arrepiente de haber ceñido tanto este proyecto a este tema, AL tema. Ni modo.
En ese momento no podía consigo misma, no entendía el origen ni el destino de esa mierdita llamada amor e intentó, a través de la escritura, ir desenredando el misterio.
La cosa es que ya no hay por qué patalear, por qué llorar y al mismo tiempo teclear un texto. La catarsis ya pasó. Supone que su cuerpo se desintoxicó de tanto dolor, de tanta felicidad y tanta ira que al cabo de poco más de un año se quedó vacío. Se lo chupó la bruja.
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Let this be the epitaph for my heart, cupid put too much poison in the dart…
O sano. Quién sabe. Su parte positiva le indica que a través de este proyecto volvió a construir una parte de su personalidad, a acomodarla como cuando un chiquillo juega con sus Legos. Porque la única verdad es que a través de la escritura entiende (¿?) mejor al mundo y no podía ser lo contrario con ella misma.
A veces su lado masoquista la tienta de tal manera que hasta desea que un hombre “coche bomba” se le aparezca para, una vez más, con su “amor”, hacerla estallar en mil pedazos. ¡Pero no! Lección aprendida.
¿Cuál es esa lección? Hay que ser sumamente cuidadosos y tener buen ojo para escoger a tu mitad. Cuidado con escogerlos rotos de espíritu, sin aspiraciones, sin contacto consigo, sin los mínimos grados de confianza. Eso se les ve en los ojos. Esos ojos suelen ser los más cautivadores del mundo, porque con la mirada gritan que necesitan ser rescatados de la culerada de vida que tienen. Engañan a tu ego.