El acto de matar en Indonesia

blogeditor · 25 de noviembre de 2013

El acto de matar en Indonesia

Foto 1

Está prohibido matar. Por consiguiente, todos los asesinos son castigados a menos que sean muchos y acompañados con el sonido de trompetas’. Con esta cita de Voltaire comienza un perturbador documental de la imaginación totalitaria, que amerita ser exhibido aquí en México.

Anwar Congo es un abuelo de finos modales y andar pausado. Es ciudadano de Indonesia; tiene entre sesenta o setenta años de edad. Vive en Medan, lugar que se encuentra en Sumatra del Norte. Es un hombre próspero y pilar de su comunidad. Cuando le llega el momento de examinar su propia vida, invita al director de documentales Joshua Oppenheimer y sus colaboradores, quienes se encuentran en ese país filmando otro proyecto, a compartir con él las facetas centrales de su existencia.

Congo fue un hampón de poca monta hace casi medio siglo; integrante de una pandilla que frecuentaba los cines de la localidad imitando los modales de las estrellas del momento. Para él, la condición de gangster equivale a la de hombre libre y sin ataduras morales.

En 1965 un fallido golpe de estado, en el que prominentes generales fueron asesinados en circunstancias que hasta ahora no han sido aclaradas, motivó la letal reacción del gobierno indonesio que cobró la vida de cientos de miles de víctimas inocentes: tal vez millones. Congo y sus secuaces fueron los encargados de torturar y liquidar a todo aquel sospechoso de pertenecer o tener vínculos con el partido comunista local (PKI) en Medan y sus alrededores; a integrantes de la comunidad china, y a cualquier otro enemigo real o imaginario. Personal, o del sistema. Se estableció un Nuevo Orden tras el eventual derrocamiento de Sukarno: fundador de la nación y figura clave del Movimiento de Países no Alineados; su sucesor Suharto permaneció firme en el poder hasta que las movilizaciones sociales de 1998 instituyeron un nuevo régimen civil, actualmente encabezado por Susilo Bambang Yudhoyono.

Sukarno (1901-70), el Fundador. Foto Life magazine
Sukarno (1901-70), el Fundador. Foto Life magazine

 

La democracia dirigida de Sukarno (símbolo autoproclamado junto con el egipcio Nasser, el ghanés Nkrumah y otros promotores de una tercera vía como Nehru en la India o Tito en la antigua Yugoslavia), se afianzaba sobre la base institucional del Nasakom –que agrupaba el poder militar, de grupos religiosos y el partido comunista indonesio- y que se hizo añicos aquel lejano martes 30 de septiembre de 1965.

Suharto (1921-2008), el sustituto Hombre Fuerte. Vía revista Life
Suharto (1921-2008), el sustituto Hombre Fuerte. Vía revista Life

 

Las masacres iniciadas en octubre de 1965 y que duraron hasta 1966 (en algunas partes de Indonesia, se extendieron más tiempo), son un legado del que se habla poco y se estudia aún menos. No hubo Comisiones de la Verdad y Reconciliación, ni procesos, ni reparación del daño, o tentativas para rescatar la memoria de los muertos. Los asesinos y sus herederos siguen libres, y gozan de excelente fortuna. Fueron (y son) parte del gobierno, o su  apoyo institucional.

A Congo se le ocurrió estrangular a sus víctimas con alambre, inspirado por cierto filme de su preferencia. Calcula que con métodos como éste, que demuestra para las cámaras, mató a cuando menos mil personas. Había descubierto, en palabras de sus admiradores, ‘formas menos dolorosas y limpias’ de acabar con los comunistas y otros grupos susceptibles de ser exterminados por él y sus compinches.

Ali Zulkadry, otro asesino, se pasea por un elegante centro comercial en Yakarta con su familia. Describe las distintas maneras de matar a sus  víctimas. Concluye diciendo: ‘No había nada qué hacer. Tenían que aceptarlo. Tal vez esté tratando de sentirme mejor, pero funciona. Nunca me he sentido culpable, ni deprimido. Nada de pesadillas’.

Son sicópatas con honores. Uno más, orgulloso de sus ‘tareas’, presume ultrajar a niñas de catorce años pues era ‘un paraíso para mí, y el infierno para ellas’. ‘A las guapas, las violábamos a todas. Sobre todo en esa gran época, cuando nosotros representábamos la Ley’.

Los atroces acontecimientos en Indonesia, que se extendieron por todo el país: Java, Bali, etc., representan una inmensa laguna en su amarga historia; si llegan a mencionarse –como cuando Congo y sus amigos explican en un programa de la televisión estatal el proyecto de Oppenheimer y su propia proyecto dentro del documental que intitulan sin ironía Born Free– sólo es para justificar la ofensiva contra la  amenaza del comunismo internacional y la calculada eficiencia de sus sádicos métodos.

Se libraba entonces la Guerra Fría. De acuerdo a solicitudes de información posteriores a esta tragedia, trascendió que la embajada norteamericana había proporcionado listas con nombres de cuadros sospechosos de pertenecer al PKI para que los matones fueran tras ellos, y los ultimaran. Los perpetradores nunca fueron sometidos a juicio, y prosperaron; formaron escuadrones oficiales de la muerte que perduran hasta la fecha, y que continúan siendo un soporte vital del gobierno.

Congo es un distinguido miembro de Pemuda Pancasila : grupo de choque que aparenta abrevar del ideario nacional de Indonesia promulgado por Sukarno en los años cuarenta del siglo pasado. Por su historial que se remonta a mediados de la década de los sesenta y las masacres de referencia, esta agrupación –cuyo número, de acuerdo a datos incluidos en la película, suma tres millones de miembros- es similar al Interahamwe, fuerza paramilitar de la tribu Hutu  encargada de consumar el genocidio en Ruanda contra por lo menos ochocientos mil Tutsi casi tres décadas después de las matanzas en Indonesia: en 1994. Los devotos de Pemuda son ciudadanos ‘respetables’ enfundados en uniformes seudomilitares color naranja y negro, que inspiran pánico en la población inerme. Crean, y perpetúan, su propia mitología. Sus aliados incondicionales, que portan en eventos públicos y arengas electorales estos colores y distintivos, incluyen al vicepresidente en funciones y al viceministro encargado de la Juventud y Asuntos Deportivos (sic). El horrendo crimen sin castigo se disfraza de acto patriótico fundacional; los principales involucrados lo justifican con desplantes patrioteros.

The Year of Living Dangerously, dirigida por el australiano Peter Weir con Mel Gibson en el papel estelar fue el acercamiento más visible del cine comercial a los eventos de 1965. Basado en una novela del mismo nombre, narra las peripecias de un periodista australiano recién llegado a Indonesia; sus aventuras amorosas con la diplomática inglesa que encarna Sigourney Weaver, y un misterioso personaje, verdadero eje del relato: el diminuto Billy Kwan, cuya actuación le valió el Óscar a la actriz Linda Hunt.

La obra de Oppenheimer y su colaboradora Christine Cynn (apoyados por numerosos colaboradores de Indonesia, quienes por motivos de seguridad aparecen en los créditos finales como anónimos) se llama Jagal: The Act of Killing.  Es una propuesta calificada por la crítica como única: sin parangón. Pretende ser un ejercicio de introspección conducido por algunos de los principales responsables de las masacres. Cuando los directores invitan a Congo y sus cómplices a re-imaginar su comportamiento mediante elaboradas puestas en escena –incluso en los mismos sitios donde cometieron sus crímenes- la película se metamorfosea en un híbrido delirante, donde el film noir alterna con el gore, mediante estrambóticas coreografías camp en las que interviene uno de los asesinos travestido con atuendos que remiten a Divine, la diva de John Waters, o incluso en algunas secuencias a Carmen Miranda  conjurada con sangre para engalanar un proyecto barato: grotesco fragmento de B-movie que rebasa la fantasía más enferma y extrema. Participan y recrean masacres demasiado verosímiles –con extras que sufren desmayos, vencidos por el realismo de las secuencias, que incluyen el incendio de un poblado completo- o se hacen acompañar por una troupe de atractivas bailarinas; todo filmado en escenarios naturales de ensueño. Dos víctimas de ultratumba se quitan los collares de alambre con los que fueron ejecutados, y colocan una medalla a Anwar Congo agradeciendo el ‘servicio’ de salvar al país y haberlos enviado al cielo. O los personajes simulan ser vaqueros extraídos de la tradición gauchesca o western, en versión campirana con exóticas locaciones y elefantes incluidos. Hay infaltables y atroces sesiones de tortura, en claroscuro. En una alucinación recurrente, emergen bailarinas de las fauces de un gigantesco pez de metal, reciclado quizá del fuselaje de un avión. Giran sobre su elongada plataforma-lengua, en secuencias oníricas de gran belleza. Surrealismo puro, en esta Visión inapelable de los Vencedores. Insólita coreografía escenográfica del Terror, que busca perpetuar su lectura sesgada de los hechos.

Jagal: estrenada en 2012; ganadora de múltiples premios, puede verse completa aquí.

Lamentablemente sólo se encuentra en su versión original, sin subtítulos.

El trailer sí los tiene, en inglés.

La espantosa muerte de incontables seres humanos (el número es aún ahora, motivo de controversia), fue festejado como una ‘victoria de la democracia’ en distintos países. Las masacres de las que se ocupa esta película son, para la narrativa oficial indonesia, capítulo cerrado. En el mejor de los casos y para las víctimas, se recuerdan en voz baja y con eufemismos.

Olvidar la Historia, como planteaba el filósofo Jorge Santayana: aderezarla con fábulas y mentiras descomunales, equivale a repetirla. Negar la dolorosa memoria de una incalculable pérdida; evadir responsabilidades y eludir la verdad y la acción de la justicia, representa la peor ‘solución’ concebible. Una falsa salida.

Un Sueño: El Cielo de los asesinos. Vía NPR
Un Sueño: El Cielo de los asesinos. Vía NPR
Foto cortesía anothereyeopens.com
Foto cortesía anothereyeopens.com
Anónimos, los créditos. Vía anothereyeopens.com
Anónimos, los créditos. Vía anothereyeopens.com

Sería un despropósito insinuar siquiera que en México existen condiciones políticas y sociales parecidas a las de Indonesia, hace cuarenta y ocho años. Para nada. Pero la tentación de olvidar por decreto, e imponer a la fuerza ideas autoritarias o resabios de ellas, es -en muchos lugares del orbe- excesivamente grande.

Cultivar y mantener el recuerdo es nuestra obligación: una tarea harto impostergable.