Redacción Animal Político · 11 de marzo de 2026

Por Tatiana Revilla Solís @tatianarevilla
Como cada año que se acerca el 8M me debato entre ser buena y mala feminista. Le escribo a mi amiga Rita para preguntarle si irá o no a la marcha y para tomar nuestro termómetro de lo que está pasando en torno al 8M.
Esta vez coincidimos en algo: percibimos un movimiento desarticulado. Sentimos que la marcha, aunque es necesaria, no logra materializar exigencias que permanezcan una vez que termina. Pareciera tornarse en un escenario para sacar la foto y hacer el post, corriendo el riesgo de plastificarse y vaciarse de contenido al no tener consecuencias en acciones públicas o peor aún, desvaneciendo su carácter político. Incluso este año vimos dos escenarios totalmente alejados: un 8M institucional -del pin y la pañoleta morada- con funcionarias y militares y otro en las calles.
Reconocimos que las marchas son, y siempre serán, un instrumento político fundamental para visibilizar que lo personal es político. Esto, y lo que se siente estar junto a miles de mujeres y niñas en color morado, es y seguirá siendo la fuerza de cada 8M. No hay manera de cambiar esto.
Pero ¿qué pasa después de cada marcha hasta la siguiente? ¿cuántas exigencias pasan a acciones? ¿cuántos feminicidios ocurren entre una y otra? y, sobre todo ¿sigue siendo incómoda para quienes debería serlo?
Unos días antes del 8M dos mujeres estudiantes en Morelos fueron encontradas asesinadas; también se escucharon noticias de desapariciones de usuarias de plataformas digitales de transporte. En ninguno de los casos las autoridades activaron todo lo que había que activar para encontrarlas con vida. En cada caso fue tarde y ninguna de ellas volvió a casa.
Mientras leía estas noticias junto con las de las movilizaciones no podía dejar de pensar en lo paradójico del momento. Por un lado, una marcha a la que cada vez se suman más mujeres, empresas y colectivos, lo cual siempre será una ganancia del movimiento.
Por otro, un aprovechamiento cínico del Estado reflejado en la iluminación de edificios, mensajes en redes sociales, ropa morada y fuerzas armadas. El mensaje es claro: no tenemos un feminismo de Estado, solo tenemos a una mujer en la presidencia.
Todo esto no pretende ser una queja, sino reflexionar sobre cómo la diversificación —como siempre pasa— además de enriquecer los movimientos, también puede fragmentarlos y, en el camino, despolitizarlos. Y no, no es que quiera un solo tipo de demandas o un tipo de feminismo. De esto ya tuvimos bastante y hemos dejado fuera a muchas mujeres para quienes el 8M no representa nada. Pero tampoco veo en esa diversidad puntos comunes de exigencia y eso, al final, solo le conviene al Estado.
Lo que en algún momento —como la pinta de monumentos— logró prender focos de atención sobre los feminicidios y las violencias, hoy no tiene el mismo efecto. Se bardean, se limpian y nada más. La fuerza que tuvo el movimiento en 2019 y 2020, la que posicionó el MeToo, la que convocó a muchos de los feminismos a hablar de denuncia pública y daño moral, por ejemplo, hoy parece más diluida y eso tiene consecuencias prácticas.
Cuando no hay un movimiento articulado, el Estado termina eligiendo la agenda: a qué se le asigna presupuesto y a qué no; qué agendas feministas avanzan y cuáles no; a quién se responde y a quién no, cuáles problemáticas ver y cuáles no. También decide qué maquinaria institucional se activa en ciertos casos y en cuáles no y qué datos importa capturar y difundir y cuáles no.
Un feminismo de Estado necesita, en primer lugar, el reconocimiento de las exigencias feministas para luego traducirlas en acciones gubernamentales concretas. Pero si el Estado opera a través de vallas —práctica y simbólicas— y los movimientos no presentan acciones colectivas concretas, los resultados se fracturan. Al menos, aquellos en que los feminismos deberían encontrar puntos comunes: que los protocolos de búsqueda funcionen; que las investigaciones lleguen a tiempo; que las políticas de igualdad laboral no se queden en discurso; que existan modelos de atención a la violencia que respondan a las dinámicas actuales y no a instituciones que, en muchos casos, ya se volvieron anacrónicas.
Hace poco una activista feminista me dijo: “A las feministas nos cuesta mucho echar marcha atrás cuando algo está mal”. Quizá es el momento de ser autocríticas. De preguntarnos qué hemos hecho —o dejado de hacer— para que el 8M corra el riesgo de plastificarse, de ya ni siquiera ser incómodo o tener algún efecto desestabilizador que obliga a actuar.
Tal vez la pregunta no sea si debemos marchar o no. La marcha seguirá estando ahí. La pregunta es qué hacemos después. Qué exigencias logramos que sobrevivan al día siguiente. Cómo posicionamos un tema y qué alianzas, en medio de esta diversidad, somos capaces de construir para sostenerlo. Y, sobre todo, cómo seguimos convirtiendo la indignación colectiva feminista en acción política en este país, que tanta falta hace.
*Tatiana Revilla (@tatianarevilla) es escritora de clóset. Ha dedicado su vida a temas de género, feminismos y sus cruces con la vida misma. Doctora en Política Pública y fundadora de Gender Issues; dirigió el Programa de Género de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey, trabajó en Palladium Group y después se fue a la Escuela Federal de Formación Judicial como Secretaria Técnica de Derechos Humanos. Hoy combina la escritura, la consultoría y la docencia.