Ejercicio político y elecciones: repensar la democracia

blogeditor · 4 de junio de 2015

Ejercicio político y elecciones: repensar la democracia

Como habitante de este hermoso país, hoy en día me es difícil pensar en un digno futuro. Pero como nos invita Bloch, es necesario soñar despierto, ante lo cual vale la pena comenzar a discutir y pensar sobre lo que otros llaman “democracia”. Me parece que es importante distinguir entre la idea abstracta de la democracia y el ejercicio concreto de lo que hoy en día hemos tenido que aguantar en nombre de tal. En pleno 2015, pensar en democracia es tanto como pensar en derechos humanos; ambas ideas son compartidas por el ideario colectivo, pero contenidas y limitadas por instituciones débiles, corruptas y controladas. De ahí que el ejercicio del voto ciudadano corresponde a la amplia necesidad de transformar la realidad; empero ¿la realidad cambia si voto por las mismas personas, grupos y organizaciones que nos han llevado a esta desgracia colectiva? ¿Los problemas por los que atraviesa el país se resuelven con los mismos actores políticos que los crearon?

¿Desde dónde se están midiendo los problemas contemporáneos de nuestro país? ¿Acaso no desde las mismas bases teóricas que nos mantienen pensando que fuimos Virreinato y no Colonia? Desde el mismo conservadurismo que ha producido reformas a leyes, constituciones y sistemas políticos, con tal de dejar fuera a la participación social y perpetuar su poder como si se tratase de un sistema de castas, familias o partidos; desde las mismas estructuras políticas, cuyos representantes estudian en el extranjero y regresan a nuestro país para definir las mejores políticas públicas a favor de los grandes capitales, o a cimentar los dictámenes académicos que nos llevarán a la conquista del anhelado progreso primermundista. Las burguesías nacionales, como les denomina Fanon, sirven de meros administradores de los capitales, pero también como medios de contención del poder. Acríticos, aculturados, mutados en mestizos sin escrúpulos o linaje histórico que les genere el mínimo arraigo con el entendimiento de su sociedad, ellos nos guían al primer mundo.

Es fundamental pensar que para que haya democracia, primero debe haber un ejercicio político real y, para que éste suceda, quizá deba pensarse fuera de los marcos limitados de la contención del poder. El ejercicio del voto partidario supone la convicción del ciudadano sobre sus instituciones, sobre sus partidos políticos y sus representantes; sin embargo, muchos miembros la sociedad suponen de la política un ultraje que solamente simula un ejercicio totalitario al que se le impone el nombre de “democracia”.

Cifrando la ecuación desde la óptica institucional, la ciudadanía activa pasa de la voluntad del cambio a la indolencia y pesimismo, del abstencionismo al voto nulo. Por ello preguntarse sobre el ejercicio institucional lectivo implica la fe -y lo digo con aplomo- en que el compás de nuestras instituciones funciona en favor de los compas que ya no creen en ellas, pues mientras menos creencia en sus resoluciones, mayor es la fuerza política que toman las calles y más sólida la respuesta organizada en contra del cinismo institucional. La sociedad está emergiendo y resistiendo gracias a que las instituciones están en su contra: a mayor violencia, mayor resistencia.

Parece ser que las instituciones y el ejercicio del poder están centralizados para un tipo de personas con un tipo de privilegios particulares (como ocurre entre el INE y el Partido Verde), pero vale la pena sostener que la noción de Estado no es otra cosa que la organización colectiva cuyo ejercicio social deviene en instituciones con fines de conservación y orden social, y que, como señala nuestra carta magna, la soberanía reside originalmente en el pueblo.

[contextly_sidebar id=”i6TLoxFaeWjdDeLGPg9Tc3yDl4mLNMzR”]Si dos artículos siguientes restringen este ejercicio, quizá se trate del medio irónico sobre el que nuestra nación ex colonial fue construida: primero la Constitución reconoce la soberanía popular (Art. 39) y luego la cristaliza en el ejercicio institucional (Art. 41), para afanar así la seguridad de un único proyecto de nación sin participación social. Históricamente, en la Nueva España la sociedad se separó en dos sociedades: Españoles y no Españoles, en el periodo Independiente; en Criollos e Indios, en la revolución; Mestizos y los otros, en el periodo institucional; en instituciones con ciudadanos y los sin poder (y otros no ciudadanos). Siempre el segundo grupo está sometido en el ejercicio del poder del primero. La historia de nuestro país se cuenta por la explotación, el colonialismo interno y la castración política.

Cabe apuntar que existen diversas manifestaciones políticas que no cobran directamente del erario público, y que tampoco se paga sueldos como lo hacen los senadores y diputados, comisionados del IFAI o -peor aún- los ministros de la SCJN o miembros del INE, sino que, por el contrario, están en dieta permanente, con hambre de justicia. Grupos sociales que, como en San Quintín, practican un ejercicio político de un verdadero Estado en favor de la sociedad, sin que medie un cargo o reconocimiento partidista, y que por el contrario, su solidez implica una organización emergente de una política de intensidad participativa. La política, como el poder, no pertenece a una fracción de la sociedad, sino que se limita a partir de ejercicios de control y de violencia simbólica en el que la ciudadanía ha sido excluida desde el derecho. Sin embargo, la lucha pacífica y organizada está cimentando una nueva orientación de la política ciudadana.

El poder político es más que levantar la mano en una sesión del Congreso por el simple hecho de que así lo confiera una ley; el poder político también puede ser informal, es decir, no institucionalizado y ejercido libremente por la sociedad. De igual forma el poder político institucionalizado también puede ser contrario a derecho aunque una ley lo revista de validez. Lo es cuando atenta en contra de la sociedad y sus valores, de su seguridad, humanidad y de la propia conservación del Estado.

La contención de la sociedad desde la política ha fragmentado la unificación institucional del Estado, separándonos y oponiéndonos, tratando de convencernos de que no podemos hablar por nosotros mismos, sino a través de una boleta en mano; sin embargo, la emergencia de los actores sociales a nivel nacional rescata un ejercicio político que nos provoca a pensar más allá de las siguientes elecciones. Votar o no votar no es la cuestión, sino que en realidad se trata de aprender del ejemplo y orientarnos sólidamente al ejercicio post institucional del poder y, así, reconocer los contenidos políticos que habitan a las diferentes luchas sociales que por sí mismas son un ejercicio político “post institucional”.

San Quintin, Yaquis, Cherán y otras manifestaciones de nuestros tiempos nos muestran que soñar despierto es urgente. Por tanto, pensar en la libertad y la tolerancia, así como en los derechos humanos, implica alcanzar el ejercicio de la vida pública, re-organizar la política y re-fundar el Estado.

 

* Germán Medardo Sandoval Trigo (@profeunam) es candidato a Doctor en Filosofía del Derecho por la UNAM. Profesor de licenciatura y de posgrado en la Facultad de Derecho de dicha casa de estudios en materias como Filosofía del Derecho, Sociología Jurídica y Teoría del Derecho.

 

 

[1] Para la bibliografía general respecto a la política postinstitucional en México ver: Bloch, Ernst. Principio esperanza. Trotta. 2001; Bourdieu, Pierre. Poder, derecho y clases sociales. Desclée de Brower. 2000; Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra. FCE. 1983; Sousa Santos, Boaventura. Epistemologías del Sur. Siglo XXI. 2010, y Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una epistemología del Sur. IIDS, IILS. 2010.