blogeditor · 8 de junio de 2020
El nombre de Einstein siempre me lleva al universo, a la magia del tiempo hecho espacio, al espacio hecho tiempo. La relatividad fue explicada, por él mismo, vinculando tiempos y espacios de personajes que se encuentran en diferentes situaciones, pero que podrían coincidir al observar un fenómeno. Pensemos en dos personajes: uno viaja en un tren, el otro observa, desde el andén. El viajero suelta una piedra y la ve caer frente a sus ojos como en línea recta. El observador desde el andén vería a la piedra moverse de manera curva. Cada personaje tiene una perspectiva diferente. Einstein propone que los sistemas de referencia son diferentes y hay una variación en la “simultaneidad” del evento.
Atesoro, como recuerdo de la infancia, la fascinación al observar cientos de partículas de polvo moviéndose en el rayo de la luz del sol. Me encantaba meter la mano entre las partículas flotando y observar cómo se movían rápidamente y volvían a bailar juntándose; no había un orden en esos movimientos totalmente caprichosos, guiados por el azar, o bien totalmente aleatorios —como son referidos en términos matemáticos—. Einstein realizó una importante aportación a la Física al estudiar ciertas regularidades estadísticas de movimientos aleatorios en sistemas de gran complejidad, en donde interactúan simultáneamente muchas partículas diminutas. Nuestro mundo es un sistema de gran complejidad, y las interacciones entre los miles de millones de personas podrían ser pensados en términos similares a esos movimientos aleatorios de las partículas de polvo.
En nuestra realidad globalizada podemos inventar una historia para ilustrar la propagación del COVID-19: Imaginemos que alguien camina por una calle en China, un viajero de Italia que, al regresar a su país, va a un juego de fútbol a un estadio. Sin saberlo, el viajero se encontraba ya contagiado por un minúsculo virus. En el estadio se contagian cientos de personas; muchas se quedarán en Italia, pero entre ellas está el piloto de una línea aérea internacional, quien contagia el virus a varios pasajeros en su siguiente vuelo, y entonces el virus llega a muchos países. Los viajeros sin síntomas comienzan a transmitir rápidamente el virus y ni ellos ni las personas contagiadas ahora tienen la menor consciencia de lo que ocurre. Caminos del azar entretejen las vidas de muchas personas a miles de kilómetros de distancia. Así, la pandemia se ha generalizado en el mundo.
Los comportamientos, aparentemente aislados, de las personas que habitan en un lugar del mundo pueden sumarse en un conjunto que llevará a regularidades estadísticamente medibles. Hay trayectorias que como humanidad estamos trazando a partir de nuestras acciones individuales. Aquí también entra la relatividad de nuestra situación muy particular: situaciones que implican sistemas de referencia distintos. Tan distintos como encontrarse en un lugar del mundo y no en otro, como tener una edad específica y un empleo remunerado de manera formal o bien depender de un pequeño negocio informal que pudiera requerir de ventas cotidianas. Y es entonces que se hacen tan distantes y tan distintos “los universos” que habitamos y desde los cuáles podemos estar ahora contemplando esta situación.
El New York Times publicó, el 29 de marzo de 1972, la respuesta que dio Einstein al Rabino Robert S. Marcus, quién se encontraba consternado por la pérdida de su hijo pequeño debido a la polio. Einstein señala lo siguiente:
Un ser humano es parte de un todo llamado por nosotros Universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. El ser humano se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto. Esa separación es una especie de ilusión óptica de su conciencia, esta falsa ilusión es una especie de prisión para nosotros. Nos limita a nuestros deseos personales y a dar cariño sólo a personas cercanas. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión, incluyendo a todas las criaturas vivientes y a la naturaleza en toda su belleza.
Para nosotros, hoy, lo más relevante de estas ideas es la posibilidad de contemplar al universo, verlo en sus enormes dimensiones, y asumirnos dentro de él en un tiempo y espacio determinados, pero también entendernos en el vínculo de ser partes interconectadas de esa inmensidad. Podemos dejar entrar la inmensidad de la belleza del universo al interior de nuestra vida, de nuestra conciencia. Es necesario hoy valorar toda la riqueza de la vida interconectada.
Hoy, en nuestro tiempo y espacio, Einstein nos invita a entender que como humanidad podemos conjuntamente romper tendencias aleatorias, que podemos, a pesar de nuestros particulares sistemas de referencia, buscar la comprensión del sistema de referencia de tantas otras personas, y también superar la ilusión de la separación y vincularnos extendiendo nuestra compasión, no solamente para asumir responsabilidad sobre la vida humana, sino también para actuar éticamente para preservar la vida de la fauna y de la flora que coexiste en nuestro planeta. Hay que atender el llamado al cuidado de la vida animal, de toda la naturaleza que también requiere nuestra atención en estos momentos. Este es un tiempo para reflexionar sobre ese vínculo que transita virtuosamente, según Aristóteles, entre la ética y la política.
Mucho se ha dicho ya de la solidaridad (incluso superando barreras geopolíticas) y de los vínculos que se están comenzando a tejer. La realidad es que la crisis apenas está comenzando, y necesitaremos mantener no solamente el anhelo sino acciones de auténtica solidaridad hacia la vida tanto humana como animal, y buscar proteger la biodiversidad que la hace posible. Así, debemos tener presentes las ideas de Einstein y esforzarnos para superar las ilusiones, pues “la única forma de alcanzar un nivel de paz mental asequible” es “liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para alcanzar a todas las criaturas vivientes y a la naturaleza en toda su belleza”.
* Abel Rubén Hernández Ulloa es profesor del Departamento de Educación de la Universidad de Guanajuato. Obtuvo la licenciatura y maestría en Filosofía por la UNAM y la maestría en Economía de Negocios por el Tecnológico de Monterrey. Realizó su doctorado en Investigación Educativa en la Universidad de Lancaster en el Reino Unido, con una investigación sobre el desarrollo del razonamiento abductivo. Está interesado en la didáctica de la Lógica, las Matemáticas, la Ética y el desarrollo moral. Es vicepresidente de la Academia Mexicana de Lógica y miembro de la mesa directiva de la Sociedad Jean Piaget.
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