blogeditor · 9 de junio de 2022
El 5 de junio de 2014 se publicó en la Gaceta Oficial del Distrito Federal el Acuerdo Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia, Acoso, Maltrato y Discriminación en la Población Escolar de la Ciudad de México, el cual instruye a todas las instituciones y entes de la administración pública de la Ciudad de México a tomar medidas preventivas contra la violencia en los espacios escolares en el ámbito de sus competencias.
Estas fechas rememoran dicho evento y sirven para instar por el combate a la violencia en los espacios escolares desde las distintas trincheras, y una de ellas es la perspectiva de igualdad, así como el derecho a la no discriminación que todas las personas tenemos.
Es importante entonces mencionar que la discriminación es un tipo de violencia, que ataca la integridad y dignidad de las personas; es negar derechos a partir de un trato diferenciado injusto por alguna característica identitaria como puede ser la edad, el sexo, la identidad de género, el tono de piel, el origen étnico, las discapacidades, la orientación sexual, la clase social, etcétera: es violentar a las personas por ser quienes son.
La discriminación es una práctica violenta con hondas raíces históricas basada en narrativas históricas (valga la redundancia) y geográficas de poder, que han jerarquizado el valor de la vida humana, determinando así qué personas valen más que otras de acuerdo a sus características identitarias. Por supuesto que esta jerarquización ha sido totalmente arbitraria, autoritaria e injusta, pero normalizada de acuerdo a cada lugar y época.
En ese sentido, la discriminación es un fenómeno cultural; son aquellos discursos que nos hemos creído con base en mitos, dichos populares e ignorancia, que han dicho cómo son o deberían de ser las personas de acuerdo a su pertenencia a cierto grupo social o poblacional. Son aquellos discursos que hemos aprendido en prácticamente todos los espacios sociales como la familia, la escuela, el trabajo, el espacio público, los vínculos afectivos, los medios de comunicación, etcétera; lo que vuelve a la discriminación un problema estructural, sistemático.
Así entonces, como se menciona, los espacios escolares no se salvan de la reproducción de percepciones, conductas y prácticas discriminatorias aprendidas, las cuales muchas veces son el campo de cultivo para otras prácticas violentas como el acoso escolar o bullying, el cual puede causar daños emocionales, sociales y físicos.
Siguiendo esa línea, es necesario entender a la discriminación como un problema serio en los espacios escolares, pues en un primer momento puede ser motivo de inseguridad emocional, de baja autoestima y de pensamientos negativos en general de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, pero que, en una escala de violencia, los prejuicios aprendidos pueden ir desde la falta de interés, pasar por la incomodidad, la desconfianza, el disgusto, el miedo y terminar en odio, y así, en crímenes de odio.
Si bien la discriminación empieza con la percepción que tenemos sobre las personas con una base de prejuicios, estereotipos, estigmas, mucha desinformación y falta de empatía, tiene como consecuencia la vulneración, obstaculización y negación de derechos, lo que puede incluir la vida misma. La discriminación a nivel estructural cobra la vida de personas que pertenecen a ciertos grupos poblacionales por tener las características que tienen; la discriminación también mata.
La implementación de una perspectiva de derechos humanos, de igualdad y de construcción de paz sigue siendo apremiante para la construcción de una sociedad más justa e igualitaria en general; en cuanto a los espacios escolares, más allá de realizar actividades y capacitaciones por fechas conmemorativas de forma aislada, se necesitan planes escolares que incluyan estas perspectivas en su formación y profesionalización cotidiana; un plan integral y transversal que atienda la discriminación al interior de las instituciones educativas y así contribuya al servicio que se brinda al exterior; lo que incluye el cumplimiento de medidas positivas y compensatorias, como accesibilidad universal de espacios e información para personas con discapacidad; perspectiva interseccional para la admisión y otorgamiento de becas para poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad; perspectiva de género para prevenir y atender casos de violencia, etcétera.
La educación emocional, en derechos humanos, la educación para la paz y la educación financiera abonarían, por ejemplo, al Marco Curricular y Plan de Estudios 2022 de la Educación Básica Mexicana de la SEP, que incluye como ejes articuladores pilares como la inclusión, el pensamiento crítico, la interculturalidad, la igualdad de género y el cuidado del medio ambiente.
Sin embargo, la educación no es un tema únicamente escolar, que se da en espacios formales o regulados; pensándola en el sentido más amplio puede entenderse como un proceso de aprendizaje permanente que se da en todos los espacios de socialización, desde lo popular o lo informal, por lo que es central entenderla como una herramienta imprescindible no sólo para modificar actitudes aprehendidas, desaprendiendo lo aprendido y resignificando el mundo desde diversas perspectivas, sino también para prevenir a partir del conocimiento y la identificación de sentires, emociones y saberes, aquello que puede vulnerar la integridad de las personas y también reconociendo aquello que genera un bien común para todas las personas: la educación es indispensable para construir un cambio cultural al interior de un país, de un estado, de una alcaldía, de un barrio, de una comunidad, de una familia. Como dijo Mandela: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.
En ese sentido, y pensando en todos los espacios de convivencia como áreas de oportunidad para construir igualdad y actuar de manera activamente antidiscriminatoria promoviendo el trato igualitario, se pueden implementar diversas estrategias cotidianas, como aceptar que todas las personas hemos actuado o pensado de forma discriminatoria a partir de los prejuicios que hemos aprendido, y que ello no nos convierte en malas personas, sino en personas que se hacen conscientes de una problemática que afecta a toda la población, incluyéndonos; informarse sobre las realidades de diversos grupos sociales, y si es posible tener más contacto con estos para romper con prejuicios y estereotipos.
Otras formas son reaccionar de forma respetuosa cuando se hacen comentarios o chistes discriminatorios con el fin de poner en evidencia la irracionalidad de los prejuicios negativos o estigmas en los que se basan dichos chistes o comentarios; hacer ejercicios de empatía, donde también se reconozcan los propios privilegios y desventajas que se tienen de acuerdo a nuestro lugar de desarrollo; ir en contra de los modelos y tendencias homogeneizadoras que imponen estándares de normalidad – anormalidad y buscan encuadrar y pensar a las personas de formas deterministas, iguales y sesgadas. La difusión de información, la protesta y la denuncia de actos discriminatorios (en espacios físicos y digitales) también son formas de promover la no discriminación en los ambientes en los que nos desenvolvemos.
Así es como se hace evidente la importancia de la educación en la labor de promoción de la no discriminación y la erradicación de las violencias dentro de los espacios escolares, sobre todo para niñas, niños, adolescentes y juventudes, también se pone de manifiesto la relevancia del trabajo colaborativo que debe de hacerse desde distintos lugares, pues sigue siendo necesario el diálogo y una posición antidiscriminatoria entre los distintos sectores de la sociedad: la academia, la administración pública, la ciudadanía, las empresas, la sociedad civil organizada y toda la diversidad que de cada uno se desprende para dar soluciones contextuales y eficaces a las discriminaciones y violencias que se susciten.
* Ricardo Portilla de la Cruz es asesor de educación en la Subdirección de Educación del COPRED.