blogeditor · 13 de mayo de 2016
Por: Paulette Vincent-Ruz (@pinkyprincess)
El pasado 12 de abril el secretario de Educación, Aurelio Nuño, recibió el Pliego Nacional de Demandas 2016 por parte del SNTE. La ocasión se prestó para mostrar un encantadora PhotoOp donde se intenta recuperar una imagen de legitimidad por parte de dos organizaciones que han perdido prestigio por culpa de luchas de poder en el sindicato, escándalos monetarios y bajo desempeño en evaluaciones internacionales. Ambas partes recalcaron el compromiso por los “niñ@s y jóvenes de México” y presumieron los resultados de la evaluación magisterial donde el 85% de los evaluados recibieron resultados satisfactorios.

Sin embargo debemos de preguntarnos qué dice de nosotros el hecho de que el motor de cambio educativo en este país se encuentra centrado en el resultado de una evaluación estandarizada para lograr una homogeneización magisterial. Donde promovemos un aprendizaje por competencias y la medición de la capacidad de los alumnos por medio de un examen de opción múltiple en lugar del desarrollo del pensamiento crítico.
La reforma educativa evita contestar la pregunta: educación, ¿para qué? No porque no la tenga si no porque la respuesta no es congruente con el país que nos gustaría tener. A través de las décadas en diferentes partes del mundo los países han contestado esta pregunta de las siguientes formas:
Aunque todas estas metas están relacionadas, se puede ver la diversidad de expectativas que una sociedad puede tener dependiendo de la relativa importancia de cada una de estas metas. La política pública y el desarrollo profesional de profesores debe reflejar dichas prioridades. La profesionalización magisterial no es una meta sino un medio para preparar a niñ@s y jóvenes para el futuro.
Homogeneizar tiene sus ventajas. Permite proveer a todos de la misma experiencia educativa. Sin embargo, homogeneizar también implica dar prioridad a lo que la clase dominante considera digno de ser enseñado y relega las experiencias e intereses de grupos no representados. Los científicos del aprendizaje han concluido que el aprender es influenciado por las experiencias culturales y sociales de cada persona. No podemos esperar que un niñ@ del DF vea el mundo de la misma manera que un niñ@ indígena de Chiapas.
Como nación debemos preguntarnos si queremos dar prioridad a enseñar inglés para ser competitivos en el mercado internacional o cultivar un sentido de nación donde aprendamos de los grupos indígenas que hoy en día son relegados y negados de voz. Si nos interesa preparar una fuerza de trabajo competitiva en el siglo 21 debemos hablar sobre cómo los maestros van a enseñar en lugares donde los start ups de Sillicon Valley no forman parte de su realidad y donde los modelos a seguir científicos no tienen nuestro color de piel ni hablan nuestra lengua. Si queremos hablar de pensadores críticos la conversación no se debe centrar sólo en el contenido de los libros de texto si no en la manera en que este contenido se enseña. Donde el protagonismo es en el proceso cognitivo del alumn@ y no en el discurso del profesor.
Sin responder a esta pregunta la reforma educativa seguirá llena de palabras elegantes, PhotoOps y desarrollo profesional fallido. Nos volveremos muy buenos en creer trabajadores “competentes”, pero definitivamente no profesionales.
* Paulette Vincent-Ruz actualmente es una estudiante de doctorado en ciencias del aprendizaje y política educativa, lo cual es una manera elegante de decir que estudia cómo la gente aprende y cómo entender y transformar las organizaciones educativas por medio de investigación científica y reformas socialmente inclusivas.