Jorge Avila · 19 de mayo de 2026
El edadismo le cuesta al mundo millones de dólares. Según la ONU, una de cada dos personas tiene actitudes edadistas. Estamos hablando del 50% de la población. Estudios en Estados Unidos han señalado que el costo anual que ese país paga por ello es de 63 mil millones de dólares. No nos referimos aquí a cuestiones de corrupción ni de crisis financieras; estamos hablando del costo por enfermedades mentales causadas por esta discriminación, por desperdiciar talento, excluir personas del mercado laboral y seguir tomando decisiones basadas en prejuicios sobre la edad.
La esperanza de vida global supera los 73 años y, para 2050, una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años, según Naciones Unidas. Aun así, seguimos organizando buena parte del trabajo, la atención, el consumo, la comunicación y la vida pública bajo una lógica que asocia juventud con valor y edad con pérdida.
Eso tiene nombre: edadismo.
El edadismo suele definirse como discriminación basada en la edad. Pero, en sociedades que están envejeciendo, reducirlo a un problema de prejuicios es quedarse corto. El edadismo es también una forma equivocada de leer la capacidad, el valor y el futuro de las personas.
Durante años, el tema se entendió casi exclusivamente como una discusión sobre personas mayores. Sin embargo, el edadismo opera en ambos sentidos. Está presente cuando se considera “demasiado joven” a alguien para participar en decisiones relevantes y también cuando se asume que una persona de 50, 60 o 70 años ya no puede innovar, aprender o contribuir de manera significativa.
En ambos casos, el resultado es el mismo: reducir a las personas a categorías rígidas que limitan no sólo su potencial, sino también sus capacidades y posibilidades en todos los sentidos: financieras, laborales, emocionales y un largo etcétera.
Vivimos más años, trabajamos durante más tiempo y convivimos con generaciones distintas compartiendo espacios laborales y sociales al mismo tiempo. Por primera vez en la historia, convivimos cinco generaciones en un mismo espacio. Sin embargo, muchas instituciones siguen funcionando bajo supuestos construidos para vidas más cortas, trayectorias lineales y liderazgos con visión del pasado.
El mercado laboral es uno de los ejemplos más claros. Mientras gobiernos, empresas y organismos internacionales hablan cada vez más de longevidad y de la Silver Economy, millones de personas siguen enfrentando barreras relacionadas con la edad. Empresas que reconocen el potencial económico de una población que envejece continúan contratando bajo esquemas que privilegian la juventud sobre la experiencia, incluso en posiciones donde el conocimiento acumulado debería ser un activo estratégico.
La contradicción es evidente. Se habla de la Silver Economy como una enorme oportunidad económica mientras se sigue expulsando o invisibilizando talento a partir de cierta edad. No es sólo discriminación: es una pésima decisión estratégica que afecta la economía, la política y, por supuesto, la cultura.
En América Latina ni siquiera estamos midiendo seriamente ese costo. Esto, en sí mismo, ya es un dato que debería preocuparnos y que deberíamos tomar en cuenta. Lo que no se mide, no se puede cambiar.
El edadismo no sólo afecta a las personas. Genera una espiral negativa en su entorno. Limita la innovación, reduce la productividad, empobrece la toma de decisiones y genera lecturas equivocadas sobre el mercado, el consumo, el trabajo, la política y la comunicación. Además, afecta todas las áreas de vida de las personas, las comunidades y los países.
Veamos el ejemplo de los medios de comunicación y de la publicidad. La longevidad suele ilustrarse con imágenes de personas muy mayores, frágiles o dependientes: con bastones, sillas de ruedas, encorvadas y empobrecidas. El problema no es mostrar esas realidades. Existen y hay que visibilizarlas, pero no representan la realidad completa. El problema es que se han convertido en la representación dominante de la edad.
Cuando eso ocurre, desaparece todo lo demás: experiencia, liderazgo, participación económica, creatividad, capacidad de adaptación y vida pública. Esto distorsiona la realidad.
¿El efecto? Se crean productos financieros para un “adulto mayor” homogéneo que no existe. Se desarrollan tecnologías pensadas para usuarios ideales que dejan fuera a millones de personas. Se diseñan campañas desde estereotipos y no desde trayectorias reales. El edadismo simplifica una realidad que se está volviendo cada vez más compleja.
Las sociedades están envejeciendo más rápido que nuestra capacidad de replantear la manera en que entendemos la edad, y esto no se trata de un tema periférico. Estamos hablando de un cambio estructural que atraviesa la economía, el trabajo, la salud, la tecnología, los medios, la cultura, la educación y las políticas públicas.
Seguir leyendo la edad con categorías del pasado tiene consecuencias profundas y no sólo afecta a las personas que son discriminadas o invisibilizadas. Está afectando de manera integral a sociedades enteras que están desperdiciando talento, experiencia acumulada y la capacidad de un sector amplio y creciente de la población, mientras dicen prepararse para un futuro que, en realidad, ya está aquí.