Joel Aguirre · 1 de septiembre de 2026
Pensemos en un medio de comunicación que tiene que escribir un artículo o publicar imágenes sobre el empleo después de los 60, emprendimiento sénior, longevidad o economía plateada. Llega el momento de ilustrarlo y alguien busca “persona mayor” en un banco de imágenes. ¿Qué aparece? Aparecen personas con cabellos blancos, bastones, manos arrugadas, personas encorvadas, miradas perdidas y con mucha frecuencia —dependiendo del tema— son mujeres. El texto puede estar hablando de autonomía, talento o transformación económica, pero la fotografía vuelve a contar la vieja historia del deterioro.
Esto se llama edadismo y se fundamenta en prejuicios.
No es un asunto menor. La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos, los prejuicios y la discriminación hacia otras personas o hacia nosotros mismos en función de la edad. Estamos hablando de pensamientos, emociones y acciones. La OMS estima, además, que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas hacia las personas mayores.
Estamos tan acostumbradas a algunas de esas representaciones que prácticamente han dejado de parecernos estereotipos. Son prejuicios inconscientes. Asociar automáticamente vejez con enfermedad, incapacidad, improductividad, dependencia o desconexión tecnológica forma parte de ellos. Los medios de comunicación no necesariamente inventaron esas asociaciones, pero participan en su reproducción y normalización cotidiana.
La representación visual ofrece un buen ejemplo. Un estudio publicado en Innovation in Aging, “Media Image Landscape: Age Representation in Online Images” basado en un análisis de 2.7 millones de imágenes, encontró una importante subrepresentación de las personas mayores. Aunque las personas de 50 años y más representaban 46 % de la población adulta estadounidense, aparecían únicamente en 15 % de las imágenes que incluían adultos. El análisis encontró también diferencias en las actividades con las que eran representadas y una presencia muy reducida en imágenes relacionadas con tecnología. En otras palabras, no solo falta representación en imágenes, sino las que existen, están fundamentadas en creencias, estereotipos y prejuicios relacionados con la vejez.
El edadismo, sin embargo, no es solamente un problema de representación o de derechos, tiene consecuencias económicas.
Una investigación en Estados Unidos calculó el costo del edadismo a partir de ocho de las condiciones de salud más caras entre personas de 60 años y más. Las variables que se consideraron fueron: discriminación, estereotipos negativos sobre la edad y autopercepciones negativas sobre la edad. ¿El resultado? El costo del edadismo en un año fue de 63 billones de dólares o el equivalente a 1 de cada 7 dólares invertidos en las condiciones de salud analizadas. Este estudio solo consideró el impacto en el terreno de la salud, no en términos laborales, de inversiones, educación u otras áreas.
La OMS recoge también una estimación australiana particularmente reveladora: si 5 % más de las personas de 55 años y más estuviera empleada, el impacto positivo sobre la economía australiana podría alcanzar los 48,000 millones de dólares australianos anuales.
Los estereotipos importan porque contribuyen a definir a quién imaginamos competente, productiva, innovadora, capaz de aprender o de utilizar tecnología. En sociedades que viven cada vez más años, excluir capacidad y experiencia por razones de edad no es únicamente discriminatorio, significa desperdiciar capital humano y una desinversión multidimensional de largo plazo.
Ahora hemos introducido un nuevo actor en ese proceso: los algoritmos. Los buscadores, bancos de imágenes y sistemas de inteligencia artificial no comenzaron a trabajar sobre una realidad cultural neutral. Aprendieron de millones de fotografías, textos, búsquedas, etiquetas y asociaciones producidas por sociedades que ya contenían estereotipos sobre la edad, diseñadas principalmente por hombres jóvenes. La exclusión y discriminación estuvieron presentes desde el diseño.
En otras palabras, el algoritmo no inventó los estereotipos sobre la vejez, simplemente los aprendió y hoy son reproducidos a una escala mayor. La investigación empieza a documentar este fenómeno también con la IA generativa.
Esto también ha sido tema de estudio y las investigaciones recientes han analizado las imágenes producidas por estos sistemas para representar el envejecimiento y han encontrado que pueden reproducir visiones simplificadas y sesgos demográficos, lo cual representa, en sí, un desafío cultural y ético. En Asia, por ejemplo, se examinó cómo la IA generativa construyó visualmente la idea de envejecimiento exitoso, envejecimiento saludable y el Alzheimer y se encontró que la semántica y las instrucciones no eran representadas o expresadas como se habían diseñado. Los estereotipos e imágenes de negatividad y decadencia fueron las que predominaron.
Cuando nos aproximamos al tema de género, surge otro ángulo. Las canas y el envejecimiento no se expresan igual en términos visuales ni culturales cuando de mujeres y hombres de trata.
Susan Sontag lo señaló con toda claridad hace más de medio siglo en su famoso ensayo, The Double Standard of Aging: hombres y mujeres no enfrentan los mismos parámetros al envejecer. Hoy se sigue diciendo que un hombre canoso se ve atractivo y representa experiencia, autoridad y sofisticación. Existe una expresión muy conocida en inglés: silver fox, “zorro plateado”. Cuando se habla de mujeres con canas, la historia es otra y lo que se dice es: se ve vieja, descuidada, poco atractiva, que se pinte. Los grandes ganadores de esta narrativa son las industrias “de la belleza” y del “antienvejecimiento”, que se han hecho millonarias gracias a la cultura edadista y gerontofóbica que existe.
Nada de esto significa que los medios deban dejar de mostrar personas mayores enfermas, en condiciones de pobreza, soledad o dependencia. Se trata de una parte central de la realidad y en América Latina, es una realidad particularmente cruel y dolorosa. Negarlas u ocultarlas implicaría querer tapar el sol con un dedo. No se trata ahora de reemplazar a una persona mayor en condiciones de vulnerabilidad por un septuagenario sonriente haciendo yoga frente al mar. Se trata de ampliar el repertorio de representaciones sobre la edad.
Entre los 60 y los 100 años hay cuatro décadas de vida y existen personas trabajando, emprendiendo, estudiando, cuidando, dirigiendo organizaciones, buscando empleo, viajando, utilizando tecnología, viviendo con discapacidades, dependiendo de otros o cuidando a personas todavía mayores.
Utilizar una sola representación visual para todo ese universo sería absurdo si estuviésemos hablando de cualquier otro grupo etáreo. Los algoritmos pueden condicionar las imágenes que aparecen primero en una búsqueda, pero la selección final, la selección editorial, sigue siendo una humana.
Si un artículo habla de talento sénior, la imagen debería representar talento sénior. Si habla de dependencia, debería mostrar dependencia. Si habla de emprendimiento, debería mostrar personas emprendiendo. Utilizar automáticamente una imagen genérica de fragilidad cada vez que aparece la palabra “longevidad” no describe la realidad sobre la que se está escribiendo: fortalece el edadismo y la gerontofobia.
Los medios pueden empezar por algo relativamente sencillo: ampliar y diversificar sus bancos de imágenes, revisar las palabras utilizadas para realizar las búsquedas y exigir correspondencia entre la fotografía elegida y la realidad específica que describe el texto. También pueden incorporar una pregunta antes de publicar: si quitásemos el titular y solo viéramos esta imagen, ¿qué nos estaría diciendo sobre el envejecimiento y la longevidad?
Las palabras construyen realidades. Las imágenes, también. En sociedades que vivirán cada vez más años, representar con mayor precisión esas décadas adicionales no es una cuestión de corrección política; se trata simplemente, de representar la riqueza y diversidad de la nueva longevidad.♦