Redacción Animal Político · 16 de mayo de 2023
Poca más de una década sobrevivió una democracia en permanente crisis. La clase política no logró generar resultados económicos, reducir la violencia, combatir la corrupción, establecer el Estado de derecho, afianzar la división de poderes. La fragmentación del voto, las pugnas entre los partidos, una sociedad crispada y una crítica que prefirió poner el foco en todo lo anterior y no en el movimiento que acabaría por matar la democracia en 1933.
Este movimiento político emergente dejó claro desde el inicio sus intenciones al presentarse como los legítimos y verdaderos representantes del pueblo. Buscaban concentrar todo el poder, exigir al legislativo y judicial sumisión a su ideología, fortalecer el militarismo, acabar con la crítica. Nadie pudo llamarse a sorpresa, permitir el crecimiento del nazismo fue mortal para la democracia alemana.
Entre 1918 y 1932 se vivieron tiempos convulsos en Alemania. Eran tiempos en que lo relevante era defender ideologías y las fobias dominaban las decisiones políticas. Entonces como ahora parecía más importante tener la razón que construir un país y una sociedad democrática.
El dolor y el lamento eran cotidianos, la crispación política la norma, le democracia fue atacada desde distintos flancos, la violencia y particularmente la de género era cosa de todos los días, el control político de la justicia fue la norma, las élites militares obtenían cada vez más poder, reinaba la angustia, una sociedad en cambio profundo, un pesimismo generalizado en el que se sentía que las cosas empeorarían y no había mucho que hacer.
Sin duda la clase política de la democracia alemana de aquellos años fue en gran medida la responsable de su propia muerte. Sin embargo, la alternativa era mucho peor. No se debió matizar al movimiento emergente que acabaría por matar lo poco construido. El nazismo solo requirió de un tercio del voto para llegar al poder.
Mucho se ha escrito sobre aquello que pudo haberse hecho para rescatar a la República de Weimar antes de su colapso. Entre lo más relevante está la irresponsabilidad internacional por mantener ahogada a la democracia alemana, los pleitos constantes entre los partidos que solo se preocupaban por llegar al poder y no por construir una democracia sólida, una crítica que desestimó al nazismo y relativizó su crecimiento. Solo algunas voces alertaron con tiempo.
Zygmunt Bauman reflexionó sobre lo generado por el nazismo: “si nos preguntamos ahora cuál fue el pecado original que permitió que sucediera todo esto, parece que la respuesta más convincente es el derrumbamiento de la democracia… la democracia política es la única que puede proporcionar frenos adecuados para que el cuerpo político se mantenga alejado de medidas extremas”.
Incluso durante el inicio del desmantelamiento democrático, los partidos de la República y voces prominentes continuaron repartiendo culpas entre la clase política del pasado, entre si podía o no saberse lo que vendría, entre si unos u otros fueron más o menos corruptos e irresponsables. Incluso algunos esperanzados en la moderación del nuevo régimen o en la intervención de las grandes potencias. Así entonces y así hoy.
La democracia alemana distaba mucho de ser óptima, la lista de deficiencias era enorme. Su alternativa resultó mucho peor, allí debió haber estado el foco.