Joel Aguirre · 16 de julio de 2026
Cynthia Valeriano López*
La economía mundial atraviesa una paradoja difícil de explicar desde los modelos económicos convencionales. Nunca —desde el final de la Guerra Fría— habían coexistido tantos factores potencialmente desestabilizadores: la confrontación entre Estados Unidos e Irán y las disrupciones en Medio Oriente; la prolongación de la guerra entre Rusia y Ucrania; una creciente polarización política; el debilitamiento de las instituciones multilaterales; el retorno de los aranceles como instrumento de política industrial y geopolítica; y una reorganización de las cadenas productivas basada cada vez menos en la eficiencia y cada vez más en la seguridad económica e industrial regional.
A pesar de lo anterior, la economía mundial sigue en pie de lucha, resistiendo como hace décadas no la veíamos. El Fondo Monetario Internacional prevé que el Producto Interno Bruto Mundial crecerá 3.0 % en 2026 y 3.4 % en 2027. Son tasas inferiores al promedio de 3.5 % registrado en 2024 y 2025, pero resultan notablemente positivas considerando la acumulación de conflictos, restricciones comerciales, presiones inflacionarias y tensiones financieras. El comercio mundial, después de crecer aproximadamente 5 % en 2025, se desaceleraría a 3.5 % en 2026 y volvería a acelerarse a 4.3 % en 2027.
Las cifras anteriores nos muestran que si bien es altamente probable que no alcance el potencial proyectado en enero de 2026, tampoco se encuentra paralizada. En realidad, estamos presenciando un proceso gradual de ajuste de todo el sistema económico que busca mecanismos de absorción, adaptación y recuperación en condiciones de incertidumbre total.
La palabra que mejor describe este proceso de ajuste en el sistema económico es resiliencia. Pero conviene utilizarla con precisión metodológica, por ejemplo, a partir del uso de indicadores globales que han integrado variables económicas que muestran cómo los agentes económicos, principalmente las empresas, se adaptan rápidamente a las condiciones cambiantes del momento.
La confrontación entre Estados Unidos e Irán representa el riesgo inmediato más importante para la economía mundial porque afecta simultáneamente energía, transporte, inflación y expectativas. El escenario central del Fondo Monetario Internacional (FMI) supone una normalización gradual de las operaciones en el estrecho de Ormuz, pero estima para 2026 un precio promedio del petróleo de 89 dólares por barril, 9 % superior al contemplado en su escenario de abril. Frente a 2025, los precios del crudo aumentarían 32 %; los del gas natural, 22 %; los fertilizantes, 26 %, y los alimentos, alrededor de 8 %.
Estos incrementos han generado pérdidas económicas sustantivas a las economías que más importan energéticos y derivados, pero, por otro lado, es precisamente esta condición la que está acelerando la transición energética y una mayor inversión en el desarrollo de tecnología para generar energía con fuentes sustentables que eviten interrupciones en las cadenas productivas y tecnológicas, lo que en el mediano plazo les permitirá alcanzar un nivel de seguridad energética que reducirá su exposición a los conflictos globales.
Por eso el choque no se distribuye uniformemente; mientras Estados Unidos, que es un exportador neto de energía y beneficiario de un fuerte ciclo de inversión tecnológica, mantendría un crecimiento cercano a 2.3 % en 2026, la zona euro, más dependiente de energía importada y con menor dinamismo doméstico, crecería alrededor de 0.9 %. Corea del Sur, aun siendo importadora energética, avanzaría 2.6 % por su participación en la cadena de semiconductores a cambio de energía accesible, y la India crecería 6.4 %, apoyada por el consumo y los servicios, mientras Vietnam alcanzaría aproximadamente 7.5 %, favorecido por las exportaciones tecnológicas y la demanda interna.
Lo anterior, es un ejemplo de cómo en la nueva economía mundial la resiliencia no depende solo de tener petróleo, reservas o superávit fiscal, sino de la posibilidad real de ocupar una posición relevante en las cadenas de valor de tecnología disruptiva como la inteligencia artificial, los semiconductores, centros de datos, software y servicios digitales.
El avance tecnológico es precisamente el que se ha encargado de amortiguar parte de los efectos negativos de la volatilidad energética; de acuerdo con datos del FMI, la inversión y el gasto tecnológico añadieron aproximadamente 0.3 puntos porcentuales al crecimiento anualizado de Estados Unidos durante los primeros tres trimestres de 2025. Esta demanda se transmite a productores de chips, equipos electrónicos, infraestructura eléctrica, servicios informáticos y minerales críticos.
El conflicto entre Rusia y Ucrania también ha transformado estructuralmente la economía internacional. Al aprobarse las sanciones de la comunidad europea contra Rusia y desconectarlo del sistema de pagos global, la zona euro se vio en la necesidad de diversificar sus proveedores energéticos, ampliar su infraestructura de gas natural licuado, incrementar el gasto en defensa y reorganizar sus cadenas industriales. Rusia, por su parte, redirigió flujos comerciales y financieros hacia Asia, Medio Oriente y otras economías no alineadas con las sanciones occidentales.
El costo humano y económico sigue siendo enorme, pero el resto del sistema ha aprendido a operar con la guerra incorporada a sus decisiones. Para 2026, el FMI estima un crecimiento de alrededor de 1.1 % para Rusia, apoyado parcialmente por mayores ingresos de exportación, mientras las economías europeas intensivas en energía enfrentan un desempeño más débil, compensado en algunos casos por el gasto militar.
Finalmente, vale la pena hablar del efecto negativo del cambio en las reglas de comercio impulsadas por el presidente Donald Trump desde enero de 2025. Es precisamente a partir de la publicación de los nuevos aranceles al comercio con Estados Unidos que el comercio dejó de concebirse como una actividad separada de la seguridad nacional, apegado a la “neutralidad política”. Los aranceles, los controles a la exportación, las reglas de origen, las restricciones tecnológicas y los incentivos a la producción doméstica se utilizan ahora como instrumentos de política industrial y negociación geopolítica generando efectos negativos en la constitución de los costos de producción y dificultando el proceso de planificación empresarial de largo plazo.
Las empresas globales respondieron adelantando importaciones antes de la entrada en vigor de nuevos gravámenes, reubicando procesos productivos, desviando operaciones a terceros países y renegociando contratos. De hecho, es a partir de este comportamiento que podemos explicar el crecimiento excepcional del comercio en 2025 y su desaceleración prevista para 2026. El FMI señala que la reducción de 5 % a 3.5 % en el crecimiento del volumen comercial refleja tanto el desvanecimiento de las compras anticipadas como el impacto de los aranceles y la reconfiguración gradual de las cadenas de producción, que se alejan del modelo de eficiencia tradicional “justo a tiempo”, para transitar a un nuevo modelo de producción del “por si acaso”.
La inversión extranjera directa global aumentó aproximadamente 6 % en 2025, hasta 1.6 billones de dólares, después de dos años de disminuciones; es decir, a pesar de las condiciones de incertidumbre no desapareció, se movió hacia los grandes mercados en crecimiento, economías con infraestructura tecnológica, energía estable, acuerdos comerciales y afinidad geopolítica.
A manera de conclusión, podríamos decir que estamos observando el nacimiento de una nueva fase del capitalismo global, una fase más costosa, regionalizada, tecnológica y políticamente condicionada que permitirá desagregar sus frutos y ganancias solo entre aquellas economías que logren absorber el próximo choque sin convertirlo en una crisis social, fiscal o financiera.
Y en un mundo donde el próximo choque ya no es una posibilidad remota, sino una certeza operativa, esa capacidad de resistir puede convertirse en la ventaja competitiva más importante del siglo XXI.♦
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*Cynthia Valeriano López es profesora de Economía del Tecnológico de Monterrey, Campus Toluca. Contacto: [email protected]