Redacción Animal Político · 2 de diciembre de 2025
La conversación sobre longevidad suele presentarse como un fenómeno aspiracional: más años de vida, más innovación, más oportunidades económicas. La silver economy despierta un enorme entusiasmo. Veamos las cifras en Europa: para finales de 2025, se estima que la economía plateada europea movilizará 6,4 billones de euros de PIB (el 32 % del total comunitario) y generará 88 millones de empleos (el 38 % del empleo en la UE). Detrás de este entusiasmo existe un sistema silencioso que sostiene todo y es casi invisible: el cuidado.
No hay autonomía, envejecimiento activo, ciudades amigables e incluyentes ni innovación posible sin cuidado. La economía plateada funciona porque alguien cuida. Aunque esa afirmación parezca obvia, se ha convertido en una verdad políticamente incómoda, económicamente ignorada y estructuralmente feminizada.
El cuidado es una infraestructura económica global, aunque las y los expertos no le llamen así. El mundo vive una transformación demográfica sin precedentes. Entre 2015 y 2050, el porcentaje de los habitantes del planeta mayores de 60 años casi se duplicará, pasando del 12 % al 22 % según la Organización Mundial de la Salud. Para 2030 una de cada seis personas tendrá más de 60 años. La demanda de cuidados crece a un ritmo que ningún país, desarrollado o en desarrollo, puede ignorar.
La prestación de cuidados, remunerados y no remunerados, es un elemento central de nuestras sociedades. La Organización Internacional del Trabajo lo dice claramente: “En todas partes, las mujeres y las niñas están realizando más de tres cuartas partes de todo el trabajo no remunerado y dos tercios de los trabajadores remunerados son mujeres”. México no es la excepción. El INEGI señaló que el trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados, generado principalmente por mujeres, llegó a un valor económico de 8 billones de pesos en el 2024, lo que equivale a 23,9 % del Producto Interno Bruto (PIB) de México. Este porcentaje sería aún mayor si se contabilizaran el costo real del tiempo, la salud mental y el desgaste emocional de las personas cuidadoras.
OXFAM presenta cifras más impactantes aún cuando calculó que el valor del trabajo de cuidados no remunerado de las mujeres de más de 15 años asciende a 10.8 billones de dólares anuales. Esa cifra supera el valor del sector tecnológico global. Aun así, el cuidado sigue tratado como un “asunto doméstico”, no como un pilar económico.
Quienes llevan esta carga a nivel internacional son las mujeres. La feminización del cuidado es un fenómeno universal.
¿Quiénes son las personas cuidadoras? En Europa casi tres de cada diez europeos (28 %) se declaran cuidadores, con una edad media de 47 años. La mayoría de ellos están en activo (71 %) y residen en zonas urbanas (55 %). ) 9 de cada 10 apoyan a un familiar (progenitor o abuelo) y este acompañamiento se da principalmente por tres razones: edad avanzada, enfermedad o discapacidad.
En Japón, el envejecimiento poblacional ha generado falta de mano de obra y de personas que puedan dedicarse a los cuidados. Esto ha generado una espiral negativa para el desarrollo profesional de las mujeres porque muchas están renunciando a sus trabajos, y la independencia económica que ello les brinda, para dedicarse a los cuidados de personas en su familia. El factor cultural, igual que en México, tiene un gran peso: se espera que sean las mujeres quienes se dediquen a esto y sean el sostén de la unidad familiar.
El cuidado sostiene la vida cotidiana, las economías domésticas y los sistemas públicos de salud y bienestar. Aun así, quienes lo llevan sobre los hombros, en su inmensa mayoría mujeres, enfrentan la paradoja de ser indispensables e invisibles al mismo tiempo.
Un tema obligado y vinculado a la economía de los cuidados es el de la salud mental. Diversos estudios señalan que las personas cuidadoras presentan un riesgo tres a cinco veces mayor de padecer depresión, ansiedad y agotamiento físico y emocional y que el burnout, el aislamiento social y el estrés financiero son una constante en sus vidas. Ese costo no aparece en ninguna contabilidad nacional ni en proyecciones de sostenibilidad fiscal, peor aún, ni siquiera es tomado en cuenta ni reconocido por la sociedad, las instituciones o las familias que se benefician de dicho trabajo.
Lo que no se mide no se puede cambiar y lo que no se cambia se agudiza.
En este contexto, las empresas también desempeñan un papel central. Son un eslabón crítico que sigue ausente en esta conversación.
La Silver Economy no puede consolidarse si el sector privado mantiene modelos de liderazgo vertical, patriarcales, rígidos y ciegos a los ciclos de la vida. Las empresas de hoy operan bajo paradigmas de toma de decisiones, de liderazgo y legales diseñados para un mundo que ya no existe y que se construyó el siglo pasado e inclusive el antepasado.
Pocas personas acaban de comprender que el talento senior es un activo estratégico para el desarrollo empresarial y la productividad. Sin embargo, la discriminación por edad y género, la penalización del cuidado y la falta de flexibilidad laboral continúan como norma corporativa global.
Las empresas que no entiendan la relación entre cuidado, longevidad y talento perderán competitividad en una economía que inevitablemente se volverá más longeva.
Otros temas vinculados a la economía de cuidados son la innovación y la tecnología. El mercado de los cuidados ha posibilitado el desarrollo de tecnologías que van de teleasistencia y plataformas de relevo hasta robots sociales y sistemas basados en IA. La tecnología podría aligerar cargas, mejorar la calidad de vida y democratizar el acceso a cuidados. Sin embargo, también puede intensificar desigualdades si se diseña sin perspectiva de género, sin inclusión digital, sin estándares éticos para personas mayores y si no toman en cuenta los niveles de ingreso de las personas.
Los modelos más avanzados -Japón, Países Bajos, Corea, Dinamarca- han mostrado que la innovación verdadera no consiste en producir gadgets, sino en rediseñar sistemas completos de apoyo, autonomía, visibilización y dignidad.
El mundo celebra la longevidad como logro de nuestra “avanzada civilización”. La economía plateada se posiciona como la gran oportunidad económica del siglo XXI, pero ninguna proyección, ningún mercado y ninguna política será sostenible si seguimos sosteniendo el envejecimiento global sobre un sistema de cuidados precarizado, feminizado, emocionalmente insostenible e institucionalmente rezagado.
La economía plateada no debe verse exclusivamente como un mercado, implica una reorganización profunda de cómo sociedades enteras entienden la vida, el trabajo, la interdependencia y el valor del tiempo humano.
Sin un sistema global de cuidados, remunerados, con perspectiva de género, profesionalizados y sobre todo, reconocidos y dignificados, no habrá silver economy posible.