blogeditor · 1 de julio de 2021
Después de más de un año de medidas estrictas de confinamiento y por los avances en la vacunación contra el COVID-19, las restricciones de movilidad en América Latina y el Caribe han evolucionado a paso desigual. Durante el mes de junio, México tuvo la mayoría de sus estados en semáforo verde e incluso la Ciudad de México experimentó un corto periodo de bajo riesgo epidemiológico. Mientras, Argentina anunció que se extenderá el Decreto de Necesidad y Urgencia que avala las restricciones hasta el 9 de julio, Colombia regresó las restricciones debido al aumento de casos en la zona central del país y Chile anunció que mantendrá sus fronteras cerradas hasta el 14 de julio tras haber detectado su primer caso de la variante Delta del COVID-19. A pesar de las importantes diferencias en restricciones de movilidad, toda la región se encuentra en un proceso de transición hacia la nueva normalidad.
En esta ruta hacia la recuperación después de la pandemia por COVID-19, siguen existiendo enormes desafíos sobre cómo reactivar la economía y recuperar la movilidad sin poner en riesgo nuestra salud y la de otros; sin embargo, es imperativo considerar que si la curva de contagios en América Latina y el Caribe fue aplanada por las restricciones, el levantamiento de las medidas más estrictas puede despertar una sensación de falsa seguridad en la población. Esta equivocación puede provocar la relajación del cuidado de las personas y estimular los sesgos en la toma de decisiones durante esta construcción de la nueva normalidad. Por ejemplo, con la vacunación de las poblaciones más vulnerables, se ha observado un aumento de casos de hospitalización y muertes por COVID-19 en adultos jóvenes. Este aumento sugiere un sesgo de optimismo en esta población, la cual asume como bajas sus posibilidades de enfermarse y fallecer por esta enfermedad. A este sesgo es importante agregar que todos nos encontramos afectados por una importante sobrecarga cognitiva por el balance entre las responsabilidades del hogar y el trabajo, lo cual ha generado una fatiga de decisión que nubla nuestra racionalidad.
Ante la incertidumbre sobre cómo replantear políticas públicas que atiendan estos sesgos cognitivos y que puedan contribuir a que los gobiernos de la región no dependan exclusivamente del confinamiento o de la vacunación para combatir los contagios de COVID-19, la economía del comportamiento es una herramienta que puede mejorar la eficacia y la eficiencia de las políticas públicas por medio de evidencia. La economía del comportamiento es una rama de la economía que sugiere que el humano no es completamente racional y que en su proceso de toma de decisiones atiende diferentes variables emocionales, cognitivas y sociales que lo empujan a tomar decisiones con base en diferentes sesgos. La relación entre la economía del comportamiento y la resolución de problemas públicos es sumamente íntima debido a que el análisis del comportamiento humano ha revelado una enorme capacidad para innovar en políticas públicas por medio de nudges o empujoncitos.
Los empujoncitos o nudges son un concepto introducido por el ganador del Nobel de Economía Richard Thaler y consiste en la influencia de la conducta de un sujeto de manera predecible por medio de intervenciones específicas sin afectar la libertad de decisión del individuo. En pocas palabras, un nudge es un cambio en el entorno para alentar una conducta y desalentar otras. Un claro ejemplo de un nudge exitoso en América Latina es la diseñada por Medio ambiente Costa Rica, ideas42 y el Banco Mundial, en la cual se redujo entre 3.5% y 5% el desperdicio de agua, al colocar una calcomanía en el recibo de agua con un mensaje como “¡Buen trabajo! Tu hogar consumió menos agua que el promedio de casas en tu barrio”. Esta intervención no prohibió o restringió el consumo, simplemente incentivó una conducta y sus efectos fueron enormes. Ahora, si una simple calcomanía puede reducir el consumo de agua de toda una comunidad, la economía del comportamiento tiene el potencial de generar políticas efectivas y de bajo costo que puedan mejorar la vida de los ciudadanos, especialmente durante la construcción hacia adelante después de la pandemia.
Por supuesto, los nudges no son una respuesta mágica ante los problemas públicos. El diseño de estas intervenciones se basa en aprendizajes derivados de evidencia y a su vez, es absolutamente necesario cuantificar de manera rigurosa el impacto de estas intervenciones por medio de evaluaciones. Las evaluaciones de política pública permiten generar ciclos de aprendizaje para identificar qué funciona y qué se puede mejorar para diseñar programas y políticas eficientes que fomenten los comportamientos deseados. Por medio de evaluaciones rigurosas y la constante generación de evidencia no solo es posible generar nudges que promuevan conductas que no propicien el contagio de COVID-19, sino también, es posible que las intervenciones exitosas puedan ser adaptados a diferentes contextos sociales, geográficos, culturales y políticos en América Latina y el Caribe. A causa de los desiguales avances y retrocesos en el combate a la pandemia en la región, ahora más que nunca es necesario promover la toma de decisiones basadas en evidencia y fomentar una recuperación segura tras la pandemia por COVID-19 en la región.
Incluir los principios de la economía del comportamiento en el diseño de políticas y programas para la nueva normalidad puede enriquecer nuestros conocimientos del comportamiento y desencadenar conductas positivas que permitan a los gobiernos no depender exclusivamente de la efectividad de las vacunas. En un camino hacia la recuperación por la pandemia, es más clara que nunca la importancia de generar más y mejor evidencia para la toma de decisiones para fomentar la recuperación en América Latina y el Caribe.
* Karina Retama (@k_retama) es Gerente de Proyecto de @Clear_Lac.