blogeditor · 3 de noviembre de 2021
Cuando en las Islas Faraoe se escucha la palabra Grindaboö, que significa “mensaje de ballenas piloto”, todas las actividades se suspenden y se espera a que los oficiales del gobierno indiquen un lugar. Inmediatamente, quienes poseen lanchas se dirigen hacia el punto donde fueron avistadas ballenas piloto. Decenas de lanchas motorizadas rodean al grupo de cetáceos y los van acorralando y conduciendo hacia el fiordo indicado, empujándolos en dirección a tierra y forzándolos a varar ya sea en playa o en costa rocosa. Otros más se dirigen a la playa y esperan en silencio hasta ver de cerca a las ballenas; entonces explotan en gritos en una especie de euforia y se abalanzan sobre ellas, provocando en un instante el caos total.
Los hombres introducen en ellas ganchos de acero en forma de “L”, clavando el lado más corto en el espiráculo, y del extremo largo, atado a una cuerda, éstas son arrastradas hasta aguas bajas. De forma similar a como se hace en Taiji, y que relaté en articulo anterior, se clava una lanza corta detrás del espiráculo intentando seccionar la medula espinal, lo que rara vez se logra, pero provoca una reacción violenta de dolor y convulsiones en los animales. A esto le sigue un corte con cuchillos largos de doble filo de lado a lado del animal para desangrarlo. Así, uno tras otro, decenas o cientos de animales, incluyendo hembras gestantes y crías, quedan expuestos en hileras, al filo de una playa y un mar ensangrentados. Plenamente conscientes, se arquean en espasmos y convulsionan en dolor, terror y agonía hasta su muerte. Mientras esto sucede, los adultos permiten a los niños caminar entre los cuerpos muertos o agonizantes y los lechos de sangre que dejan, acostumbrándolos así a la violencia y normalizándola.
Esta cacería se conoce como Grindadráp, que significa matanza de ballenas piloto (nombre científico Globicephala melas), por ser la especie más cazada. De 1951 a 2020 se cazaron 86 mil 476 ballenas piloto; de 1996 a 2020, 16 mil 838 de éstas y de las llamadas nariz de botella, además de 5 mil 637 delfines, según datos oficiales.
El 12 de septiembre pasado los habitantes de las Islas Faraoe localizaron, acorralaron, vararon y asesinaron a mil 428 delfines de costados blancos (Lagenorhynchus acutus), una gran manada en una sola jornada; 10 días después mataron una manada completa de 45 ballenas piloto.
El “Grindadráp”, que se defiende como tradición que data al menos del siglo XVI, es injustificable desde cualquier perspectiva, pues violenta a los animales, al ambiente y a las nuevas generaciones de faranoenses involucrados. Las tradiciones evolucionan en cualquier cultura, aún de una generación a otra, y no pueden invocarse como factor que da identidad ni adhesión al grupo humano del que se trate cuando involucren el daño, tortura y muerte de cualquier ser sensible. La violencia no debe ser el tejido de unidad de una sociedad. Retomo lo que dice Ingi Sorensen, autor y fotógrafo submarino faraoense: “Tengo dificultades para encontrar la palabra correcta que describa el dolor y la impotencia que estoy atravesando después de la masacre a sangre fría de más de mil 400 delfines. En este punto esta carnicería ya no es una tradición cultural. Se ha convertido simple y llanamente en un deporte de sangre”.
El archipiélago de las Faroe cuenta con una población total de poco menos de 49 mil habitantes, que poseen un nivel de vida de los más altos del mundo, con un ingreso per cápita de 64 mil 225 dólares anuales; por debajo sólo de Noruega, Islandia, Irlanda y Suiza. La esperanza de vida es de 82 años y su economía depende de la pesca (básicamente salmón, caballa y marisco) y su exportación, fundamentalmente a Rusia. El cordero abunda en las Islas; de hecho “Faraoe”, significa “islas de corderos”.
Eliminar de tajo una manada o subpoblación de una especie, como sistemáticamente se hace en las Faraoe, representa un ecocidio; es decir, un daño masivo o destructivo hacia los ecosistemas o la naturaleza. En un futuro cercano podría ser tipificado como delito por la Corte Penal Internacional.
Los cetáceos en general no sólo son parte integral del ecosistema marino, sino que cumplen un papel ecológico primordial en varios aspectos: son un factor clave para mitigar los efectos del cambio climático, ya que, se ha comprobado, son enormes sumideros de carbono; absorben en sus cuerpos grandes cantidades de este elemento, que depositan en el fondo marino al morir, mientras que en vida transportan nutrientes como nitrógeno rico en urea, que puede estimular el crecimiento del fitoplancton; éste, a su vez, favorece la producción primaria en los lugares por donde transitan y también aumenta la captura de carbono. En este sentido, cada cetáceo cuenta en su aportación al ecosistema.
Se ha establecido que la cacería de ballenas altera la capacidad del ecosistema marino para secuestrar carbón, por lo que el daño a los cetáceos representa un daño al ecosistema. La tendencia internacional actual es propiciar la recuperación de las especies a niveles pre-cacería. Así, la ciencia reconoce el valor intrínseco de la naturaleza y plantea soluciones basadas en ella. En la Declaración de Kunming (13 de octubre de 2021) de la Convención de Biodiversidad se estableció la necesidad de construir una civilización ecológica que garantice un futuro compartido para toda la vida en la Tierra, donde desde la niñez se aprenda el respeto y el cuidado por los otros animales y por la naturaleza. Hoy se plantea “encauzar la diversidad biológica hacia la recuperación”, como un reto decisivo e inaplazable.
Es aquí, en los últimos avances de la visión ecosistémica, donde encontramos un punto de convergencia con la visión holística de la Ética humana, animal y ambiental, donde cada individuo y cada ecosistema tienen un valor intrínseco. Lejos de matar, se propone restaurar los ecosistemas y recuperar las especies. Cuando entendamos cabalmente que en todos sentidos las ballenas y delfines, así como todos los animales silvestres, valen más vivos que muertos, y que dependemos de su integridad para sobrevivir en este planeta, podremos emprender la reconciliación con la vida que nos acompaña como especie. El cambio de paradigma es imperativo.
* Yolanda Alaniz Pasini es médica cirujana. Cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social, así como los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Epidemiología y Antropología Médica en la UNAM, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se desempeñó como secretaria Técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados, y ha sido observadora y/o parte de la delegación mexicana ante la Comisión Ballenera Internacional y en CITES. Actualmente es consultora para Conservación de Mamíferos Marinos de México.
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