blogeditor · 15 de septiembre de 2014
Al principio de una relación, cuando acabamos de enamorarnos y estamos pasando por ese momento tan especial en el que dé sólo pensar en la otra persona el corazón nos da un vuelco, directamente no vemos defectos ni manías. Sólo nos concentramos en todas las condiciones únicas e irresistibles que el otro reúne.
Pero más adelante estas pequeñas “cositas” van aflorando y nos encontramos con que el muy bestia no se sabe hacer ni un plato de sopa instantánea, ronca, no escucha a nadie cuando mira fútbol y desconoce la existencia del detergente o de inventos novedosos como la plancha o el trapeador.
Lo cierto es que cuando amamos a alguien aprendemos a tolerar sus aspectos menos ideales, de la misma manera que ellos se callan la boca cuando despilfarramos el sueldo en unos zapatos o pasamos 45 minutos cuchicheando con una amiga sobre lo pesada que es una compañera de trabajo.
Es entonces cuando aparece la parte de la mujer muy entrenada. Perdonan casi todo. Suciedad, huellas de grasa, imprudencia financiera, gritos en la mañana porque el señor se fue de parranda con sus amigos y quiere dormir un poco más, pero abriste las ventanas y ve el reloj y ahora es tardísimo, pedazos de galletas en el sillón, declaraciones de amor eróticas y sin censuras cuando llegan de la reunión con sus amigos y tú estás completamente dormida y no respondes a sus caricias.
Hay cuestiones de la vida cotidiana que se nos antojan obvias, evidentes, pero cuya razón de ser no ha sido aún descubierta por la mente de ningún hombre.
Críptica e insondable para el sexo panzón, podrías mencionar una infinidad de cosas que nomás no le entra en su razonamiento. En pleno siglo XXI, las pruebas fehacientes de que una se ha separado nada tienen que ver con discutir por un mueble, tirar un cepillo de dientes a la basura o ir sola a una reunión de la empresa.
Tampoco son claros indicadores de la ruptura los gritos e insultos, haber guardado los portarretratos en algún lugar poco visible ni mucho menos ocupar los dos lados de la cama sin pudor.
Todo eso es vago y trivial comparado con uno de los muchos signos indiscutidos de que estás soltera otra vez, aquí dos básicos:
1) Él te bloqueó en todas sus redes sociales, whatsapp, etc…
No sabes cuándo está conectado, así que entras y sales de los mensajeros instantáneos y del twitter o face a toda hora. Lo peor es el sábado en la madrugada, porque si estuviera online por lo menos significaría que no salió a reventar en la noche con alguna otra o, peor, con la manga de ebrios sin remedio a los que llama cariñosamente “mis amigos”.
2) Cambia su estado en Facebook.
“Fulano figura ahora como soltero/a“, aparece en la pantalla. El oráculo ha hablado. Por si te quedaba alguna duda: estás sola.
Inmediatamente después de haber llegado a la conclusión de que estas sola, empiezan las dudas. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy dejando que los problemas de la vida arruinen mi relación? ¿Por qué cuando vamos de vacaciones somos tan felices y acá no nos podemos ni ver? ¿Y si conoce a otra? ¿Deberíamos tratar de nuevo? ¿No tendría que ser el amor lo más importante?
Las cosas son así y si tu relación terminó, ya vendrá de nuevo el amor.
Paciencia, paciencia, el amor es así.
Y si no aquí les dejo este video de muestra. Pienso que esta señora está convencida de que lo mejor fue cortar por lo sano. Ok no.