Dunas de Chuburná: el desarrollo que también nos roba el atardecer

Joel Aguirre · 26 de agosto de 2026

Dunas de Chuburná: el desarrollo que también nos roba el atardecer

Por Otto Castillo*

A diario la gente voltea su mirada al oeste. Ven el naranja del atardecer teñir las nubes de Progreso, Yucatán. Lo hacen quienes salen a correr, quienes se bañan en la mar con su familia, quienes están en sus lanchas pescando, quienes sacan a sus perros a pasear y quienes trabajan vendiendo kibis, merengues o cualquier otra cosa que permita ganarse la vida frente al mar.

Desde que era niño, esta escena se repite, incesante y hermosamente, todos los días. El otro día me sentía aprisionado y me sorprendió un atardecer. A pesar de las rejas que estaban entre el paisaje y yo, pensé que, al menos durante unos minutos, parece que nadie puede apropiarse del sol. El mismo horizonte pertenece a quien corre, a quien pesca, a quien vende, a quien juega con sus hijes o simplemente se sienta a mirar cómo desaparece el sol.

Pero, aunque las miradas que persiguen el atardecer continúan, lo que hay alrededor es cada vez más distinto.

El malecón tradicional de Progreso es tristemente un ejemplo perfecto. Recuerdo tanta arena, tanto espacio para acostarse a disfrutar la brisa, para jugar voleibol, para que niñas y niños corrieran sin que una construcción delimitara el espacio. Después llegaron distintos proyectos que fueron transformando la costa.

Recuerdo particularmente las construcciones asociadas al llamado Muelle de Chocolate, anunciadas con bombo y platillo como una gran ruta internacional que conectaría a Progreso con Francia —porque, claro, pareciera que para imaginar el futuro de nuestras costas siempre tenemos que mirar hacia Europa— y que finalmente no produjeron la transformación prometida. Fueron mentiras una vez más.

Pero la población se manifestó

Después llegó el Malecón Internacional. Recuerdo las montañas gigantes de arena producto del dragado. En esos montículos jugamos muy felices decenas de miles, sin saber la tristeza posterior que traería un nuevo “proyecto de desarrollo”.

Han ocurrido tantas cosas en nuestras playas que a veces resulta difícil recordar cómo eran antes. Lo juro, es difícil. 

Y la gente se manifestó. Lo hizo cuando consideró que esos proyectos afectaban nuestro territorio y nuestra forma de habitarlo. Lo hizo cuestionando decisiones y silencios tomados desde las instituciones y reclamando participación. Lo hizo defendiendo un espacio que es para vivir.

Y, mientras ocurrían las protestas, cuando llegaba la tarde, la gente seguía haciendo lo mismo: volteaba hacia el oeste para mirar el atardecer. Sucedió en la manifestación en el monumento a la patria en Mérida. 

Después llegaron dos complejos de departamentos a Yucalpetén. Quienes antes corrían, pescaban o caminaban por esos espacios comenzaron a encontrarse con algo distinto: límites, vigilancia y seguridad privada que dificultan o impiden el acceso, pese a que en todos lados se dice que en México las playas son públicas. 

Entonces comprendí que el despojo de las costas, además de quitarle a la gente un pedazo de arena, también consiste en quitarle las condiciones para disfrutarla, con lo que nos arrebatan el gozo de disfrutar la vida. 

El concreto crece, aparecen bardas, llegan accesos restringidos y construcciones que modifican el paisaje e incluso el horizonte empieza a cambiar. El atardecer sigue ahí, por supuesto. El sol continúa haciendo su recorrido. Pero ya no todas las personas pueden verlo desde el mismo lugar. 

¿No es profundamente injusto? Aquello que durante generaciones fue un paisaje común comienza a convertirse en privilegio. 

Qué hemos perdido en cada una de las transformaciones

Esto no es nuevo. En América Latina, Ramón Grosfoguel ha explicado cómo la acumulación capitalista se encuentra históricamente vinculada con procesos de despojo. La riqueza no siempre se construye creando nuevos territorios; muchas veces se construye apropiándose de aquello que antes era común, transformándolo en mercancía y desplazando a quienes históricamente lo han habitado.

Nuestras costas también cuentan esa historia. Son las venas abiertas de nuestra América latina. 

La transformación del litoral yucateco tiene, por supuesto, una sucesión de obras, inversiones o desarrollos inmobiliarios. Pero hay que focalizarse en la lógica de los proyectos. Tenemos que preguntarnos qué hemos perdido en cada una de esas transformaciones: acceso, paisaje, ecosistemas, espacios de convivencia, formas de trabajo y, sobre todo, la posibilidad de decidir colectivamente qué queremos que ocurra con nuestro territorio.

Por eso lo que hoy ocurre en las dunas de Chuburná importa mucho más allá de Chuburná. Pasa en Molas, en Santa María Chi, en Dzinup, pasa en Dzoyila. Pasa en muchos rincones de Yucatán donde el extractivismo muestra sus fauces egoístas. Estamos frente a una disputa por el territorio.

Cuando la sociedad ejerció su derecho a la protesta y ocupó el espacio público para expresar su preocupación por las dunas, las autoridades ambientales pusieron la mirada sobre el proyecto. Las cámaras empresariales reaccionaron. Afirmaron que todo estaba en orden. Desde distintos espacios gubernamentales también se defendió la idea de que existía certeza para las inversiones, por “todo tiene permisos”, un argumento tan burocrático y con cero perspectiva de derechos humanos. Incluso aparecieron amenazas de retirar inversiones bajo el argumento de una supuesta falta de certeza. ¿Certeza para destruir? ¿O de qué certeza se habla? Porque días después la Manifestación de Impacto Ambiental presentada por los empresarios mentía. 

Una biznaga conocida como cabeza de gato

El problema es que este proyecto de “desarrollo” y muchos otros suelen presentarse como inevitables. Reducimos absolutamente todo a números ficticios de supuestas ganancias y nunca nos preguntamos el costo que tendrá para nosotras y nuestro territorio. Las dunas no son un espacio vacío. Las dunas albergan sistemas vivos que cumplen funciones fundamentales para la protección de nuestras costas.

Y ahí aparece una pequeña protagonista de esta historia. Una biznaga conocida como cabeza de gato. 

Pequeña frente a la maquinaria de las inmobiliarias. Pequeña frente a los millones de pesos que puede representar un desarrollo. Pequeña frente a las instituciones, los permisos, los discursos empresariales y las promesas de inversión y los silencios institucionales.

Pero está ahí. Pequeña cabeza de gato. Resistiendo. Su existencia nos llena de ternura y nos da un recordatorio. Resistir con dignidad ante todo. 

Desde el Centro de Investigación Aplicada en Derechos Humanos lo sabemos. El derecho a un medioambiente sano es un derecho humano por sí mismo. Es el derecho de una niña a jugar en la arena. El de una familia a caminar por la playa. El de una persona pescadora a acceder al lugar donde trabaja. El de alguien que vende kibis frente al mar. El de quien corre al atardecer. El de quien se sienta unos minutos a mirar cómo el cielo se vuelve naranja con sus mejores amigas mientras ríen. Incluso es el derecho a mirar el atardecer.

La ilusión del desarrollo y progreso

Nos quieren vender la ilusión de un “progreso” y un “desarrollo”, pero sin derechos humanos. ¿Hay realmente dignidad en que unos cuantos acumulen riqueza mediante el despojo a otros?

Una maqueta inmobiliaria jamás logrará englobar el significado en la vida de miles de personas y los recuerdos previos y futuros de las familias en Las dunas de Chuburná. Por eso debemos defenderlas.

No solamente porque una duna sea importante para el equilibrio ambiental. No solamente porque exista una pequeña biznaga que merece seguir creciendo. No solamente porque tengamos leyes que reconocen el derecho humano a un medioambiente sano.

Debemos defenderlas porque el territorio también es nuestro.Porque tenemos derecho a decidir sobre él.

El otro día estaba con mi familia elegida en la playa. Ana, Ale, Ericka, Betito, Patricia, estaban riéndose en la mesa. Yo fui al auto a buscar algo y me encontró el atardecer. Me sentí muy pequeño ante el hermoso naranja frente a mi. Toda la gente a mi alrededor estaba viendo hacia el oeste. Deseé que ese momento no terminara nunca. Y quizás esa es una de las formas más sencillas de saber si estamos perdiendo algo.

El sol seguirá poniéndose sobre Progreso y en todo Yucatán. La pregunta es si dentro de algunos años seguiremos teniendo un lugar desde donde todas y todos podamos mirarlo.

*Otto Castillo es director del Centro de Investigación Aplicada en Derechos Humanos.

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