Claudia Ramos · 18 de febrero de 2026
En México, el amor no suele vivirse como calma, sino como intensidad. Como ha planteado Díaz-Loving (2002), nuestra manera de amar está atravesada por la historia, la cultura y la socialización emocional: vínculos profundos, entrega total, miedo a la pérdida y una fuerte necesidad de conexión. Desde la teoría del apego, esto muchas veces se traduce en estilos ansiosos o ambivalentes de amar, donde el vínculo no solo da placer, sino también regula la angustia.
El apego no es un asunto infantil. Es un sistema activo a lo largo de la vida, encargado de regular las emociones, el estrés y el sentido de seguridad. Cuando ese sistema es frágil o inconsistente, las personas buscan otros reguladores. A veces son relaciones, a veces es el trabajo, a veces son las sustancias. No como una falla moral, sino como una estrategia aprendida, casi automática.
Esta búsqueda de experiencias exploratorias o reguladoras no es exclusiva de los humanos. Diversos mamíferos y primates muestran conductas espontáneas de exploración, juego, búsqueda de estimulación y uso de sustancias naturales con efectos psicoactivos presentes en su entorno. No son conductas que responden a una “desviación”, sino a sistemas neurobiológicos orientados al aprendizaje, la curiosidad, la vinculación y la regulación del estrés.
Desde siempre, las drogas se han usado para algo más que escapar. Se han usado para sentir, para conectar, para ritualizar, para amar, para pertenecer. Alcohol, plantas, estimulantes, psicodélicos. Todas han servido, en distintos contextos, para crear un puente entre el placer individual y la experiencia compartida. No son solo objetos químicos; son tecnologías sociales y emocionales. Aunque en las sociedades humanas estas disposiciones se expresan en contextos culturales mucho más complejos, donde el acceso desigual al cuidado, la seguridad, la comunidad y el sentido de pertenencia puede transformar una búsqueda natural de regulación y conexión en trayectorias problemáticas.
El discurso dominante suele separar placer y salud, conexión y riesgo, pero muchas personas no consumen para destruirse, sino para acercarse; a otras personas, a sí mismas, a una sensación de calma o de apertura emocional que no experimentaron en relaciones sobrias. En ese sentido, el consumo puede leerse como una búsqueda de apego, aunque no siempre se nombre así.
Cuando el vínculo humano es impredecible o doloroso, las sustancias ofrecen algo tentador: disponibilidad, intensidad, respuesta inmediata. Pero la adicción no reside únicamente en la sustancia, sino en la interacción entre vulnerabilidades individuales, contextos sociales precarios y sistemas de cuidado insuficientes.
Desde la lógica del apego no sorprende que una droga pueda ocupar el lugar de una relación. Regula, acompaña, anestesia, estimula. El problema no es que cumpla esa función, sino que lo haga sola, sin red, sin conciencia, sin límites claros.
Hablar solo del daño ha impedido discutir algo bastante obvio. Las drogas también producen experiencias que muchas personas valoran: placer, intimidad, insight, conexión corporal, apertura emocional. En el ámbito de las políticas públicas, reconocerlo quizás facilitaría la comprensión de una práctica que ni la prohibición ni el estigma han logrado erradicar. Si esta comprensión se integrara en el diseño de las estrategias de salud, quizás éstas podrían mejorar sustancialmente, alcanzando por fin a sus poblaciones objetivo, desde sus motivos, deseos y contextos.
Desde una mirada de salud pública, quizá el reto no sería erradicar el uso, sino reducir la soledad, fortalecer los vínculos, enseñar regulación emocional y promover consumos más conscientes y menos dañinos. Si entendemos que muchas personas usan sustancias para suplir déficits de apego, las respuestas y protocolos de atención podrían ser más que prohibición, sanción o silencio. Podríamos mejorar las relaciones de confianza entre las personas y las instituciones. Hay una intersección poco explorada entre reducción de daños, salud mental y teorías del apego.
Tal vez el problema no es que usemos drogas para amar, sentir o conectar. El potencial positivo de las drogas aparece cuando hay contexto, información, cuidado y límites. Cuando el uso es más intencional y menos desesperado. Cuando no sustituye todos los vínculos, sino que dialoga con ellos.
* Diego Sánchez es consultor para el sistema de Naciones Unidas y entidades de salud pública, con experiencia en prevención de violencia, salud mental y políticas de drogas. Ha colaborado en la articulación de agendas de salud pública y política exterior multilateral.
Referencias:
Díaz-Loving, R., & Sánchez-Aragón, R. (2002). Psicología del amor: Una visión integral de la relación de pareja. Miguel Ángel Porrúa; Universidad Nacional Autónoma de México.