Redacción Animal Político · 18 de marzo de 2024
Un rey se cruzó con la muerte en el desierto. Sorprendido por su presencia, interrogó su propósito. La figura con guadaña confesó que iba en camino a llevarse a cinco personas que se quedasen dormidas en el reino. Fue entonces que el rey declaró la prohibición del sueño hasta nuevo aviso. Se ocultó en un cuarto, en soledad, donde pasó días sin descanso pensando haber burlado a la muerte. Al salir del palacio observó que los cuerpos fenecidos sobraban en su terruño. Con ira, acusó a la muerte, ya que más de mil habían perecido. La muerte entonces explicó que su guadaña sesgó a cinco, pero el resto sucumbió a otro verdugo: el miedo.
Las políticas de prohibición de drogas y la reconocida crisis de opioides norteamericana plantean en México una situación análoga a la fábula del rey y la muerte. Propuestas destinadas a abordar esta crisis, como la del presidente López Obrador para prohibir el consumo de fentanilo y otros opioides sintéticos, deben ser analizadas minuciosamente. Si bien la intención es la promoción de la salud, la orientación de esta iniciativa, además de punitiva, carece de datos sólidos que respalden sus supuestos beneficios y manifiesta un desconocimiento absoluto sobre los opioides. Considerar alternativas a la prohibición del fentanilo se vuelve plausible cuando enriquecemos nuestra perspectiva al abordar el tema con un enfoque de salud, en el que se reconoce el uso de drogas en diferentes contextos y se tienen en cuenta los riesgos asociados a cada uno.
México, en contraparte al resto de Norteamérica, dispone de datos estatales insuficientes sobre el uso de sustancias psicoactivas y opioides. 1 A oscuras y en soledad, bajo la única suposición de que todo consumo es problemático, no es abordada la basta evidencia en la que la prohibición incrementa el flujo de sustancias y el número de personas que son encarceladas. Encerrar a quienes presentan un consumo problemático no ofrece una solución efectiva en términos de salud. De forma contradictoria, sí les expone –tengan o no un consumo problemático– a situaciones de vulnerabilidad dentro de prisión, donde pueden tener acceso a sustancias de forma no supervisada.
La desinformación y ausencia de datos sobre el uso de sustancias no sólo propaga miedo, sino que también obstaculiza una atención a la salud eficiente. Los opioides, de origen natural o sintético actúan con un efecto primordialmente depresor sobre receptores específicos en el cerebro, mediante la modulación de la actividad relacionada con el dolor. El fentanilo, opioide de origen no natural, destaca por su potencia analgésica. Se trata de una opción altamente usada en anestesia, terapia intensiva, tratamiento del dolor y cuidados paliativos, pensada desde su síntesis, hace más de 60 años, bajo un contexto exclusivamente médico. Lo anterior es importante pues el presidente, como medida de prevención, ya ha propuesto que se elimine el uso de fentanilo médico, del cual se reporta, además, un creciente desabasto. Incentivar mayores restricciones, aunque destinadas a frenar el consumo clandestino, podrían entorpecer el acceso a opioides médicos.
El miedo a los opioides surge a partir de la experiencia estadounidense con la sustancia en cuestión en la que, a finales del siglo pasado, la sobreprescripción, la falta de supervisión médica y la excesiva comercialización se consideraron factores causales que llevaron a un gran porcentaje de la población a desarrollar dependencia. La dependencia, diferente a la adicción, responde a un proceso fisiológico en el cuerpo, posterior a una administración constante de una sustancia, en la que, si ésta es interrumpida abruptamente, se presentan síntomas físicos desagradables. 2 Éste es un factor importante para la búsqueda clandestina de opioides cada vez más potentes, como el fentanilo, a fin de aliviar el malestar. El consumo clandestino –en el que las sustancias no están reguladas en su elaboración– conlleva riesgos a la salud tales como la sobredosis debido al efecto depresor que ocasiona una crisis respiratoria por la potencia de la sustancia, caracterizada por la supresión de la actividad neuronal. Sus consecuencias son letales y se traducen en cientos de miles de muertes anuales reportadas durante los últimos años en Estados Unidos. El caso mexicano vislumbra difícil un escenario análogo, pues COFEPRIS supervisa minuciosamente tanto la prescripción como el tránsito de opioides, desde su ingreso hasta la venta final. Los opioides de uso médico como el fentanilo garantizan el acceso a la salud y son sustancias controladas, cruciales siempre y cuando se utilicen de manera ética bajo la supervisión de profesionales capacitados, haciendo hincapié en protocolos de prescripción y educación continua.
Como se ha establecido, formular políticas de drogas debería responder a las necesidades actuales del país. En México, los pocos datos disponibles sobre opioides reportan que, aunque los casos de uso clandestino son menores, se concentran primordialmente en la frontera con Estados Unidos. Una vez que se reconoce que no todo consumo es problemático, que los mayores riesgos asociados a los opioides son la dependencia física y la sobredosis, el primer objetivo para priorizar el bienestar de la población que consume opioides no controlados debería ser mantenerlas con vida, tengan o no un consumo compulsivo. Preocupa que, en la clandestinidad, además de la falta de control del fentanilo, por su bajo costo de producción y alto potencial, éste sea usado en la adulteración de otras sustancias, generando escenarios donde las personas puedan no ser conscientes de su presencia y efectos adversos. Combatir este problema no sólo requiere atender las causas; es necesario contar con fármacos de emergencia que preserven la vida. La naloxona es un antagonista de los receptores opioides que revierte rápidamente los efectos de la intoxicación y sobredosis. Su efectividad puede constatarse en estudios de la frontera norte, donde se han prevenido cientos de sobredosis mediante su uso como fármaco de emergencia. Se trata de un opioide que no pone en peligro a las personas, pero es penado por considerarse erróneamente nocivo a la salud. La naloxona no promueve el consumo de otras sustancias psicoactivas, es crucial para preservar la vida. En el resto de Norteamérica, su accesibilidad ha aumentado significativamente como parte de los esfuerzos de salud pública ante la crisis de opioides, mostrando eficacia en zonas de alto consumo.
Existe una crisis de opioides en México, pero ésta se distingue por un marcado desabasto en el contexto médico y por zonas específicas en las que es necesario formular estrategias de atención y emergencia. Abordar el problema requiere, además, de datos actualizados sobre los patrones de consumo de sustancias, no castigar a las personas ni obstaculizar el acceso a opioides de emergencia y uso médico, de forma que se garanticen la vida y el acceso a la salud. Si nuestro objetivo es el bienestar de la población, es necesario un cambio de paradigma sobre nuestra relación con las sustancias psicoactivas. Con esto se subraya la importancia de la educación integral sobre las drogas, la colaboración entre profesionales de la salud, legisladores y comunidades para abordar esta compleja crisis, en la cual podremos entender que no era la muerte quien se llevó a más de mil, sino el miedo del rey.
* Ozmar Saúl Gomez García (ozmargomezmx) es alumno del curso corto: “Regulación de sustancias hoy ilícitas: Principios, prácticas, propuestas y problemas”, impartido en enero de 2024 por el Dr. Jonas Von Hoffmann del Programa de Política de Drogas.
Las opiniones expresadas en este blog son de exclusiva responsabilidad de la autora o autor y no necesariamente representan la opinión del Programa de Política de Drogas.
1 A espera de los resultados de la ENASAMA 2023, los datos más recientes corresponden al Informe Sobre la Situación de la Salud Mental y Consumo de Sustancias Psicoactivas en México (2021) CONADIC.
2 Por ejemplo, insomnio, calambres, diarrea, náuseas, vómitos, dolores corporales, disforia, ansiedad e irritabilidad.