blogeditor · 9 de enero de 2023
Haga usted sus cuentas. Nombre algún lugar donde según información confiable se haya confirmado que el acceso a las drogas ilegales se redujo en los últimos años. Encuentre una escuela secundaria o preparatoria, pública o privada, donde haya menos oferta de drogas ilegales que antes. Hable con quienes trabajan en las calles y encuentre alguna persona que le pueda confirmar esa reducción. Trate de encontrar a alguien que le confirme que, en eventos sociales, conciertos, centros nocturnos, fiestas se ofrecen y usan menos drogas ilegales que antes. Platique con personas que administran restaurantes y bares nocturnos y trate de confirmar menos venta de drogas ilegales que hace cinco, diez, quince años.
Y qué tal si va con la gente que está encargada de investigar y perseguir a quienes se dedican al mercado de las drogas ilegales: policías, militares en funciones policiales y fiscales y consiga que alguna persona en esas funciones le confirme que ese mercado se reduce en algún lado. O vea si alguna persona del poder judicial le puede contar al respecto, enseñándole si en los últimos digamos 15 años se han confirmado menos procesos judiciales relacionados con el llamado narcomenudeo.
Converse con estudiantes de cualquier universidad pública o privada y vea si hay quien identifica menos drogas ilegales disponibles. Es más, incluya en su consulta a docentes y estudiantes de educación primaria, con la misma pregunta. Y más sencillo aún: simplemente salga a la calle y pregunte a cualquier persona lo que percibe al respecto.
Y quien pueda, también trate de hablar con quienes siembran por ejemplo mariguana o amapola y confirme si hay menos o más producción. Por cierto, apenas la Oficina para las Drogas de la ONU informó que entre 2019 y 2020 aumentó doce por ciento la producción de la segunda en México.
Comenté el viernes pasado en el espacio de Aristegui Noticias que hay dos mundos: el de los hechos verificables asociados al mercado de las drogas ilegales y el de la política de drogas. La detención de Ovidio Guzmán nos recordó hasta qué punto la realidad en los territorios es una y la de la política es otra.
Miren este contraste: mientras en México se aplaude el operativo que costó decenas de vidas en un enfrentamiento propio de un conflicto armado, por su parte el presidente de Colombia, Gustavo Petro, informó en su visita a nuestro país en noviembre pasado que “La política antidrogas construida desde hace 50 años e implementada hasta el momento es un fracaso… con enormes consecuencias negativas sobre toda América. Llevamos en América Latina un millón de muertos desde esos 50 años de la guerra antidrogas, llevamos millones de presos en América Latina y millones de presos en los Estados Unidos en estos 50 años, por consumir, por portar, por cultivar lo que se ha considerado drogas prohibidas por legislaciones en el mundo. Hoy si quisiéramos medir el poder de las mafias comparadas con las primeras que surgieron hace 50, hace 40 años… palidecería un señor como Pablo Escobar ante las fortalezas de las organizaciones multi crimen que han adquirido una característica multinacional”.
Petro dijo además en su visita a la ONU en octubre pasado: “… si no corregimos el rumbo y esta (guerra) se prolonga otros 40 años, Estados Unidos verá morir de sobredosis a 2 millones ochocientos mil jóvenes por fentanilo que no se produce en nuestra América Latina, verá a millones de afros norteamericanos ser apresados en sus cárceles privadas, el afro preso se convertirá en negocio de empresas carceleras y morirán asesinados un millón de latinoamericanos más”.
Zara Snapp publicó hace varios años su Diccionario sobre Drogas y conversando con Olivia Zerón hizo afirmaciones que sintetizan las contradicciones; dijo que hay un consenso de que la política debe cambiar, pero no se dice abiertamente y no se sabe cómo cambiarla; dijo además que en la ONU saben que no ha funcionado, puso los ejemplos de Portugal y Uruguay, donde el control del mercado de determinadas drogas por parte del Estado, antes declaradas ilegales, ha reducido el consumo, la crisis de salud y las violencias asociadas; recordó las decenas de estados en los Estados Unidos que han regulado el uso medicinal (y recreativo) de la mariguana y enfatizó una de las evidencias que suele esconder más el discurso político: “noventa por ciento de quienes usan drogas ilegales no tienen un consumo problemático”. Y remató: “hasta ahora nosotros sabemos que la prohibición ha hecho más daño que las drogas”.
“Van 3,500 militares a restablecer la paz en Sinaloa: Sedena”, es la nota principal de La Jornada el sábado pasado. La nota es ejemplo potente de dónde venimos, dónde estamos y muy probablemente por dónde seguiremos.
Tiene razón el presidente Petro, quienes ganan de esta política prohibicionista son las élites; no solo las privadas sino también las élites públicas, ya que gracias a la criminalización de las drogas se producen ganancias descomunales e incrementos también interminables de fondos públicos para la llamada guerra contra las drogas.
Nunca olvidar que esta prohibición nació de la moral conservadora hegemónica desde los Estados Unidos, ciertamente no bajo un enfoque de política de salud respetuosa de los derechos humanos. Este país de hecho tiene hoy la mayor crisis de demanda de drogas de su historia y sigue haciendo lo que sabe hacer mejor: exportar los costos tanto como puede vía la persecución policial, militar y penal de la oferta. Al terminar la imperdible película Crisis (HBO) se informa que en los últimos dos años el consumo del opiáceo sintético llamado Fentanilo ha costado más vidas de estadounidenses que su invasión a Vietnam, y agrega que ese consumo crece veinte por ciento al año.
Moral conservadora que en gobiernos de todos los colores a lo largo del mundo -las excepciones son mínimas- ha logrado permanecer como el motor principal de dicha guerra ya por medio siglo. No tengan duda, lo saben en la calle por todas partes, lo sabe buena parte de la llamada clase política, lo saben amplios tramos de operadores en las agencias de seguridad y en el sistema de justicia, lo saben en varios segmentos de la ONU y sin duda lo saben en el foro nacional e internacional de personas expertas: “la prohibición hace más daño que las drogas”.
Haga usted sus cuentas y mire quién gana y quién pierde con esta política de drogas; por lo pronto, millones de personas asesinadas y contando.