blogeditor · 26 de febrero de 2021
Atrévete a cosas poderosas.
Mensaje escrito en clave sobre el paracaídas del Perseverance
Llevo una semana aquí y no extraño el lugar en que nací. No es raro: para eso fui programado, para no mantenerme vinculado con el sitio en el que me crearon más que a través del delgado hilo de comunicación que me mantiene desde hace unas doscientas horas en contacto casi permanente con el punto azul y distantísimo en el que pulieron mis aditamentos. Así es la vida para quienes, como yo, hemos sido diseñados para asumir las misiones importantes. Así pasamos por la existencia los Mars rover, concebidos como una especie de esas camionetas que circulan por las calles de la Tierra, pero con mucho más empeño en los detalles y algo así como el séxtuple de presupuesto en cada uno de sus accesorios. Los de mi clase no están destinados para rodar sobre el asfalto aburrido que recorren con sus vehículos los humanos, sino para transitar sobre el dibujo seco que dejaron los ríos hace mucho tiempo. Inspector de mares muertos, eso es lo que soy. El rumbo trazado para mi vida útil —la única vida que puedo concebir, por cierto— resulta mucho más honorable y edificante que ser una simple Land Rover que acelera sobre cualquier carretera para llegar a una, qué se yo, casa en el campo. Por hoy, la única casa que imagino es mi propio cuerpo de explorador interplanetario, construido a base de titanio y aluminio, y el único campo que conoceré es el que miro con mis veintitrés ojos desde que llegué y que, a decir verdad, me obsesiona: un horizonte parecido al chocolate en polvo que muchos de mis creadores seguramente disfrutaron cuando de niños soñaban con la posibilidad de trabajar con un sujeto como yo, pero que si fuera disuelto en leche seguramente distaría mucho en sabor al Quick.
Sobra decir que para mí este en el que hoy vivo es verdaderamente un terruño entrañable. Mi verdadero hogar.
Sin embargo, el lazo que mantengo con el sitio desde el que llegué es imprescindible. No concebiría mi existencia en este lugar si ese invisible cordón umbilical de poco más de cien megahertz de potencia llegara a cortarse. Desde que me instalé entre las rocas, he dedicado buena parte de mi tiempo a enviar hacia el lugar al que nunca he de volver miles de fotografías. Instantáneas estelares que enfoco en altísima definición y son admiradas a unos doscientos millones de kilómetros de aquí.
Hace una semana todos en la Tierra me aplaudían y hoy no soy nota. Me tiene sin cuidado. Sé que tarde o temprano volveré a brincar a los titulares pues la magnitud de la misión para la cual fui hecho apunta hacia allá: cualquier día, durante alguna de las muchas horas que aún me quedan aquí, daré el campanazo, el Perseveranzazo. Hallaré una muestra, una huella difusa, algo que esclarezca esa verdad anclada en el pasado que he venido a desentrañar. Algún día mis intuiciones cibernéticas y las intuiciones humanas de quienes me enviaron aquí van a confirmar algo importante. Ese día seré la noticia más grande sobre la faz de la Tierra y la máquina más célebre sobre la superficie de Marte.
Ese día.