Joel Aguirre · 20 de agosto de 2026
La conocí de lejos, primero. En la redacción de Milenio, su oficina quedaba justo frente a los pasillos de Mil Cosas más, sección donde comencé a publicar mis crónicas, allá por el año 2010, y bastaba un vistazo para entender por qué nadie se atrevía a tocar esa puerta sin ser convocado. Roberta Garza tenía —tiene— un gesto que pocos han logrado descifrar del todo: una elegancia hermética, y una autoridad que no necesitaba levantar la voz. En aquellos años, para una advenediza como yo, publicar en su revista Milenio Semanal era la consagración; el tiempo demostró que no erré: sus pupilos de entonces, son (o fueron) algunos de los mejores periodistas y escritores de México. Ella, mientras tanto, parecía inalcanzable.
Años después coincidimos en una comida en un restaurante argentino frente al Plaza Condesa que resultó desastrosa, porque me llevaron a una reunión de tres en la que no se me esperaba. Ella apenas me miró, no respondió con entusiasmo mis intentos de conversación, se refugió en los otros comensales mientras yo me sentía invisible. Tuvieron que pasar más años, y una amistad ya asentada, para que ella misma me contara que no se trató de ninguna manera de rechazo, no es fácil conectar con alguien tan extrovertido y desenfadado como yo, y no supo cómo reaccionar.
Pero dice el viejo refrán que aves del mismo plumaje siempre vuelan juntas, y lo que Twitter unió a la postre, ningún malentendido romperá después. Desde entonces nos hemos encontrado con afecto genuino en Guadalajara y en Madrid, compartiendo la misma devoción por la literatura, el cine y —no podía ser de otra manera, tratándose de ella— el true crime. Es una de las amistades más generosas y divertidas que tengo, sostenida a la distancia entre Nueva York y este lado del Atlántico. Nunca hubiera adivinado que detrás de esa coraza legendaria había una timidez genuina. Ahora, leyendo Los dueños del norte (Planeta), entiendo por fin de dónde viene esa coraza —y cuánto le costó construirla.
El libro no es lo que promete su subtítulo. La historia no contada del poder en Monterrey suena a crónica de negocios, y en parte lo es, porque, para sorpresa de nadie, Roberta desciende de Isaac Garza Garza, cofundador en 1890 de la Cervecería Cuauhtémoc, y del linaje industrial más influyente del norte de México, los Garza Sada. Pero el verdadero logro del libro es otro, porque Roberta no escribió mucho más que la historia de una dinastía influyente; también escribió la historia de una dinastía compleja, con toda su luz y toda su sangre.
Empieza, sorprendentemente, en 1492. Antes de ser cerveceros, sus ancestros fueron judíos conversos huyendo de la Inquisición española; uno de los fundadores del Nuevo Reino de León, Luis de Carvajal y de la Cueva, terminó quemado vivo junto a buena parte de su familia por practicar el judaísmo en secreto. De ahí, Roberta salta siglos hasta la fundación de la Cervecería Cuauhtémoc y el ascenso de un imperio que fue tan generoso con sus obreros como implacable con las mujeres de su propia clase, condenadas de por vida a lo que ella misma llama la “abnegada subsidiariedad femenina”.

La violencia política tampoco se salva del recuento. En 1973, su tío abuelo Eugenio Garza Sada —fundador del Tec de Monterrey— fue asesinado por un comando guerrillero, episodio que Roberta narra con el rigor de la reportera que es y con la memoria intacta de la niña de siete años que aprendió a disparar un rifle en el jardín de su casa. En un giro casi novelesco, ese mismo entramado guerrillero de los años setenta la conecta, décadas después, con el talentoso escritor Canek Sánchez, nieto del Che Guevara: su padre fue uno de los responsables de un secuestro aéreo que, sin que ninguno lo supiera cuando Canek comenzó a colaborar para Milenio Semanal, también llevaba a bordo a los padres de Roberta. Ella describe su amistad como “antípodas ideológicas irremontables”, y la cita que rescata de Canek sobre esta ironía del destino es preciosa. Ambos terminarían siendo amigos entrañables, dos herederos de mundos ideológicamente opuestos, hasta la muerte prematura de él en 2015.
Roberta demuestra una valentía que pocos memorialistas ejercen contra su propia historia: el capítulo dedicado a Marcial Maciel, lo que considero a título personal el centro moral del libro. Su familia estuvo profundamente ligada a los Legionarios de Cristo —una hermana consagrada, un hermano vicario de la orden— y ella misma, a los catorce años, fue reclutada y consagrada en secreto por el propio Maciel, atrapada durante un tiempo en una relación de aislamiento y manipulación que tardaría años en nombrar del todo. Que decida contarlo, con nombres, fechas y sin autocompasión, es un acto de honestidad radical, y probablemente el origen verdadero de la periodista que después dedicaría su carrera a investigar cultos, abusos de poder y silencios institucionales.
El libro cierra con un divorcio y una copa de vino: Roberta bebiendo con amigos en una fiesta, mientras su exmarido la observa, incrédulo, sin reconocer a la mujer libre en la que se ha convertido. Es el reverso exacto de la niña a la que le prohibieron el maquillaje, los bailes y las novelas; el reverso de la joven a la que casi le arrebataron la universidad. Un antes y un después que ella misma resume, como haber mordido la manzana que la condenó al exilio —solo que, al final, ese exilio resultó ser la libertad.
A pesar de haber recibido su libro un par de meses atrás, decidí llevarlo a Asturias este verano para dedicarle tiempo y paz a la lectura de un título tan prometedor, lo que no sabía era que su propia familia proviene de Galicia, también al norte de España. Después de devorar su libro, le escribí que lo había leído en la cima de una montaña asturiana, copa de sidra en mano, cerrando sin proponérmelo un círculo que ojalá ella entienda como yo lo hice: dos mujeres del norte, leyéndose la una a la otra desde el otro norte, el que sus ancestros comunes tuvieron que abandonar hace más de cinco siglos. Se nota que es cronista de sí misma con la misma disciplina con la que investiga a los demás, porque Los dueños del norte es la crónica de una familia que fundó un imperio. Y también es el testimonio de la mujer que tuvo que romper con ese imperio para, por fin, pertenecerse a sí misma.♦