alejandrohopeeditor · 22 de enero de 2012
Mis cinco lectores habituales ya lo saben, pero los pocos extraviados que puedan asomarse a esta columna tal vez no: la explosión de violencia que ha vivido México en los últimos años casi no tiene precedentes, salvo en países en guerra civil. La comparación con Colombia en los años ochenta da una idea del carácter excepcional de lo que hemos experimentado: entre 2007 y 2010, el número de homicidios en México creció dos veces más rapido que en Colombia durante la guerra contra Pablo Escobar.

Como no hay muchos precedentes, no existen tampoco muchos referentes analíticos para entender lo que nos sucedió. Se han ensayado muchas variables para explicar la manía homicida que envolvió de pronto al país: de la decapitación de las organizaciones criminales al incremento del precio de la cocaína, pasando por el despliegue de fuerzas federales. Incluso, hay quien, en tediosos arranques de psicología pop, ha imputado el fenómeno a la naturaleza intrínsecamente violenta de los criminales y/o de los mexicanos (la cual, por alguna razón mal explicada, no se manifestaba antes de 2007). Se trata de un debate irresuelto y que no se resolverá en muchos años.
Pero, mientras nos enfrascabamos en esa discusión, la realidad nos jugó una broma: la violencia empezó a estabilizarse. De ese hecho, ya quedan pocas dudas: tanto en la serie de la PGR como la del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el número de homicidios creció varias veces menos rápido en 2011 que en los tres años previos. Más aún, si tomamos la media diaria, la curva se ha mantenido más o menos plana desde junio de 2010.
Tenemos ahora un nuevo tema de debate ¿Por qué se ha frenado el crecimiento de la violencia? ¿Qué cambió en los últimos 18 meses? Le he dado muchas vueltas a la pregunta y aún no tengo una muy buena respuesta, pero aquí les presentó algunas posibilidades (la lista no es exhaustiva, ni mucho menos):
Todo esto es especulación: lo más probable es que todos los factores listados y varios más estén interactuando en formas complejísimas. Pero de lo único que no hay duda es que se van a invertir los roles en la discusión: por años, el gobierno ha insistido en no tener responsabilidad alguna por la violencia. Algunos críticos , en cambio, han insistido en asignar completita la culpa a la estrategia de seguridad del Presidente Calderón. Ahora, el gobierno va a querer colgarse la medalla por la estabilización de la violencia y los críticos van a buscar adscribir la causa a factores exógenos.
El pleito por las medallas se va a intensificar cuando la violencia empiece a bajar de manera sostenida. Más aún si el siguiente gobierno tiene un signo partidista distinto al actual. Y todavía más si la caída es más abrupta que lo anticipado. El escenario no es tan absurdo como parece a primera vista. Hasta cierto punto, el crecimiento de la violencia ha sido inercial: el disparo inicial rebasó las capacidades de las autoridades y, en consecuencia, la probabilidad de que cualquier acto en lo individual fuera castigado disminuyó. Como se redujo la probabilidad de sanción, hubo más homicidios y como había más cadáveres que atender, la impunidad creció y así sucesivamente. Pero en el momento en que, por alguna razón, haya ligeramente menos homicidios que en el periodo previo, el proceso puede revertirse y a misma velocidad: menos homicidios, mayor probabilidad de sanción, menos homicidios y así nos vamos (algo así pudo haber ocurrido en Tijuana y ahora en Ciudad Juárez)
Así que imaginen el siguiente escenario: supongan que la violencia empieza a disminuir en este semestre y sigue disminuyendo por los próximos tres años. Nos acercamos a las elecciones intermedias de 2015 con un número de homicidios 30 a 50% menor que el actual. Determinar que revirtió la crisis de seguridad y cuando empezó el proceso se volvería el principal tema de discusión política del país y podría incluso definir el resultado electoral.
Entonces, si creen que el debate sobre el incremento de la violencia ha sido agrio, esperen a ver como se va a poner la discusión sobre la caída. La violencia es como la derrota: es huérfana. Pero a la pacificación le van a sobrar padres.