blogeditor · 12 de abril de 2013
Horacio Castellanos Moya
Tusquets Editores
México, 2003
El texto es una aproximación a la vida del salvadoreño Roberto Castellanos Figueroa, en la obra Alberto Aragón, que es pariente de Horacio, el escritor. Es una novela y no una historia, pero quienes conocimos a Roberto y convivimos con él, podemos distinguir, con facilidad, los momentos de ficción y los propios de su historia. El texto se concentra en los últimos días de su vida en México, en condiciones muy difíciles y precarias, antes de viajar definitivamente a El Salvador, donde después muere.
Por la novela pasan una gran cantidad de personajes del entorno de la vida de Roberto. La compañera mexicana que fue su pareja en sus últimos años (La Infanta); algunas de sus novias; el periodista mexicano Luis Albarrán, en la novela Ramiro Aguirre, que cubrió para la agencia italiana IPS los primeros años de la guerra en El Salvador; el periodista salvadoreño Víctor Flores, en la novela el Negro Félix, que trabajó para la agencia France Press (AFP); Horacio Castellanos, que es el detective que está en búsqueda de la historia de su primo Roberto.
El autor vuelve sobre la realidad, que es la inspiración de sus obras, y cuenta de la historia de su país, El Salvador, y también de la suya. Habla del entono que lo rodea, de la cotidianidad, pero también de las situaciones límites en la que vive su país y sus personajes. Estos son creíbles no sólo porque realmente han existido sino porque literariamente están bien tratados.
En la obra se deja ver ya un estilo personal, que refleja al autor. Hay una peculiar manera de adjetivar y de poner el dedo en la llaga. Está también presente una gran fuerza en el lenguaje y un claro dramatismo en la narración. En su escritura no sobran las palabras y el lenguaje es directo y contundente.
Hay una gran capacidad de retratar el alma de las personas que aparecen en la novela, todas conocidas por el autor. Roberto (Alberto Aragón), pero también Luis (Ramiro Aguirre) y Víctor (Negro Félix). Ellos en la novela son lo que uno conoce en la vida. Horacio, el autor, es él. En la vida diaria habla y adjetiva como lo hace en el texto. En su narrativa está presente la vida como él la percibe y entiende.
El texto me “agarró” y me hizo revivir momentos de mi propia historia. Me hubiera gustado estar cerca de Roberto en sus días finales. De él ahora recuerdo muchos momentos e historias que vivimos juntos. Lo recuerdo en su departamento de la Colonia Juárez. Siempre elegante y bien parecido incluso con la ropa más sencilla, como bien lo describe Horacio. Me acuerdo de él, la noche que llegó a cenar al departamento de Copilco acompañado de su novia de ese entonces, que había sido esposa de un presidente de El Salvador. Ella muy guapa y con un gran porte. De regalo nos llevaron una botella de “licor de amor”.
Lo recuerdo una noche en la casa de Avenida San Francisco cuando nos contó que su padre había sido la última persona que abrazó a Farabundo Martí, momentos antes de que lo fusilaran. Lo contaba con orgullo. Su padre, por ese episodio, después se hizo comunista. Otra noche, cenando también en casa, nos dijo con solemnidad que en la vida había cosas por las que él sería capaz de matar. Puso, a manera de ejemplo, que si alguien se atreviera hacer daño a Sarah, mi hija, en aquel entonces una niña, él no dudaría en matar a quien lo hubiera hecho.
Recuerdo una cena en la casa de la novia del Embajador de México en Nicaragua, en un departamento de Polanco, a la que también asistió Guillermo Arriaga, el creador del Ballet Zapata. Roberto y él se conocían muy bien porque los dos habían estado casados con mujeres costarricenses que eran hermanas. Roberto, cuando dejamos Salpress y asumimos el proyecto de Cuadernos del Tercer Mundo, se hizo cargo de la gerencia. En aquel momento no fuimos capaces de hacer que el proyecto levantara. Recuerdo su cara cuando le entregué el aguinaldo que yo había recibido en el Instituto Nacional Indigenista (INI), para pagar su salario y el del personal. Año y medio después, la revista se trasladó a Montevideo.
En vida Roberto Castellanos, el Alberto Aragón de la novela, fue un personaje entrañable y muy querido. Él vivió miles de historias. De pronto estaba en la cima del éxito y tiempo después enfrentado a las más difíciles condiciones económicas. En ningún momento perdía su estilo y sus refinados modales. La novela de Horacio es un homenaje a este peculiar salvadoreño que supo vivir cada momento con intensidad. Los amigos siempre lo recordamos.