¿Dónde empieza la violencia intrafamiliar y cómo la detenemos?

blogeditor · 27 de abril de 2020

¿Dónde empieza la violencia intrafamiliar y cómo la detenemos?

Uno busca el amor como se lo enseñaron en casa. Por eso no me cansaré de insistir en que golpear a los hijos, argumentando que lo hacemos por amor, es un error garrafal. Es en realidad una incapacidad del adulto de controlar su ira. Es además, un abuso de nuestro poder y nuestra fuerza sobre alguien más débil, que nos necesita para sobrevivir, nos ama y confía en nosotros para protegerlo. Que tu propia madre o padre sea tu agresor es una horrible traición.

Así como tendemos a idealizar a los muertos, preferimos justificar los actos de nuestros padres en vez de odiarlos y supongo que eso está bien. A fin de cuentas, los padres –a menos que sean personas terribles– siempre tratan de hacer lo mejor que pueden para educar, cuidar, y sacar a sus hijos adelante. Pero casi todos repiten patrones, a menos que hagan un esfuerzo consciente y consistente por no hacerlo.

“Pues a mí me pegaron y gracias a eso no soy un delincuente”, es una respuesta común. Pero también existe la gente que fue amada y tratada con respeto y tampoco es delincuente. Y no solo eso: existe la gente que entiende el amor como un sentimiento armónico, cuyos componentes son la ternura, el respeto, los límites sanos, la paciencia, la empatía y la solidaridad. No la posesión, el control y el sometimiento. Nadie que te quiere debe pegarte JAMÁS. En ninguna etapa de la vida. Nadie que te quiere debe lastimarte de ninguna manera, ni física ni sicológicamente.

Los humanos somos seres complejos y nos lastimamos muchas veces sin querer. Decimos cosas guiados por el miedo, los celos, la ignorancia, la inseguridad. Pero también somos seres capaces de reflexionar sobre nuestros actos y debemos hacerlo. Especialmente si nuestros actos pueden arruinarle la vida a alguien más. Quien tiene problemas de control de la ira, debe buscar ayuda profesional o unirse a un grupo de Neuróticos Anónimos. En este momento muchos terapeutas están trabajando en línea. Es valiente reconocer que uno necesita ayuda. Por el contrario, es una cobardía desquitarse con los miembros de la familia que no están en posibilidad de defenderse. No se golpea a los padres. No se golpea a la pareja. No se golpea a los hijos. Punto. Lo de defenderse o tener que salvar la vida va en otro cajón y es para lo único que debería valer la agresión física.

“Te pego porque te quiero”, “Es por tu bien”, “Te juro que me duele más a mí que a ti” son justificaciones comunes para no reconocer que “Te pego porque no sé cómo comunicarme contigo, no sé cómo explicarte las cosas, estoy frustrado (a) –generalmente por cosas que no tienen que ver contigo– y además, sé que no te puedes defender”

No estoy idealizando a los niños. Los hay que son más difíciles de educar ya sea porque tienen un carácter muy fuerte, son especialmente rebeldes, o se parecen demasiado a nosotros. Los hay que tienen algún padecimiento psiquiátrico o alguna discapacidad intelectual que les dificulta respetar los límites o la autoridad. Y en esos casos, los adultos responsables deben esforzarse por encontrar estrategias distintas que funcionen para los casos específicos y asesorarse con profesionales. A veces la solución es tan simple como convertir la instrucción en un juego o revisar qué estamos haciendo mal nosotros. ¿Qué detona las conductas que no nos gustan? ¿Necesita mi hijo ejercitarse un poco antes de pedirle que esté quieto y callado un rato largo? ¿Necesita que yo le hable con respeto a su mamá para que él también lo haga? ¿Debo avisarle con anticipación ciertas cosas y respetar sus tiempos y necesidades como lo haría con un adulto? ¿Puedo escoger mis batallas y dejar que se ponga ese pantalón o vestido que a mí no me gusta?

Los golpes y las humillaciones lastiman profundamente y no resuelven el problema crónico del mal comportamiento. En cambio, generan una baja autoestima que hace que ese niño o niña, al convertirse en adulto, maltrate a otros, o acepte malos tratos por parte de su pareja, creyendo que se los merece.

Y todo lo anterior sucede en este terreno machista en el que llevamos intentando vivir tantos años. Las mujeres no valen menos ni tienen que obedecer por el hecho de ser mujeres. No tienen que dejar de pensar u opinar para que “sus hombres” no se enojen. No tienen que dejar de soñar, de estudiar, de tener sus propias ambiciones. No deben dejar de ver a sus amigos. No se convierten en propiedad de su esposo. No están obligadas a tener relaciones sexuales cuando su pareja lo exige. No les corresponde el cuidado exclusivo de los hijos ni el trabajo del hogar. Y ya han pagado injustamente, durante muchos siglos, por el acto rebelde cometido por una señora simbólica (Eva), de querer saber más, desobedeciendo a un Dios masculino, y querer compartir el conocimiento con su pareja.

De nuevo, no estoy idealizando a las mujeres. Como personas complejas que somos, hay de todo. Pero ninguna, en ningún caso, se merece morir a manos de su pareja sentimental.

La cuarentena a que nos ha obligado la pandemia que azota al mundo lo ha potenciado todo para bien y para mal. Hay personas que por fin están pudiendo tener tiempo de calidad con sus familias y lo están disfrutando y aprovechando. Lamentablemente también hay “hogares” que se han convertido en infiernos para sus habitantes. La incertidumbre, la paranoia de ser contagiado, el hartazgo, el estrés de la situación económica, la falta de ejercicio y vida social, la ansiedad que provoca el encierro, y el consumo de alcohol y drogas han detonado la violencia.

Por supuesto hay que atender las indicaciones de las autoridades de no salir de casa hasta que sea prudente hacerlo, pero no hay que olvidar las razones por las que lo estamos haciendo: para proteger a los demás, sí, pero también para mantener a salvo nuestra vida. Si hay un peligro mortal dentro del propio hogar, hay que ponerse un cubrebocas, salir de ahí y ponerse a salvo del COVID-19 en otro lado.

Ojalá nadie nunca estuviera en esta situación. Ojalá ningún niño creciera pensando que tiene derecho a someter o destruir a otro ser humano. Ojalá ninguna niña creciera pensando que el sometimiento, los celos o el control son muestras de amor. Ojalá nadie se quedara en una relación potencialmente violenta ni cinco minutos… pero la realidad nos cuenta otras historias.

Esta crisis mundial también es una oportunidad. La vida nos está obligando a parar nuestras actividades habituales, a estar encerrados y enfrentar nuestros demonios privados. Aprovechemos para revisar dónde estamos parados y si es necesario, salir corriendo.

Señor (o persona violenta del género que sea): si de verdad piensa que su pareja es un ser despreciable y no lo merece a usted que es un tipazo, ¡váyase de la casa y no vuelva nunca! Pero no la mate. Y si usted tiene problemas con el alcohol o las drogas, atiéndase, porque un día, sin darse cuenta, puede usted cometer actos monstruosos de los que no sabía que era capaz. Y si encima de todo, usted y su pareja cometieron la irresponsabilidad de traer hijos al mundo: no los destruyan. Los únicos responsables de que esos niños o niñas estén aquí, son ustedes, sus padres.

Señora (o víctima de violencia del género que sea): no se espere a que sea demasiado tarde. Busque ayuda. Llame a la Red Nacional de Refugios al 01800 8224460. También pueden asesorarla gratuitamente en el Consejo Ciudadano 55335533 y hasta por WhatsApp. No se quede ahí con la intención de ayudarlo a él, pobrecito adulto tóxico. ¡Sálvese usted y ponga a salvo a sus hijos! Vea las estadísticas y verá que su historia de amor no es de amor, y es más común de lo que cree. Rompa el ciclo. Pida ayuda. Váyase de ahí.

Esto tiene que parar.

@tiare_scanda