Redacción Animal Político · 22 de noviembre de 2024
Declarar, así, de la manera más fresca y ocurrente que con la relección de Donald Trump nada tienen de qué preocuparse los mexicanos que viven en Estados Unidos y que hay un plan ―cuyos ejes principales nadie conoce todavía― para recibir a quienes sean deportados, no solamente revela una candidez extrema, rayana en el desinterés, frente a la vida de millones de personas, sino también ―o peor todavía― un desconocimiento básico de las oportunidades que surgirán a partir de los cambios en el perfil demográfico, económico, laboral, educativo, entre otros, de los inmigrantes hispanos en dicho país ―con quienes nacieron en México a la cabeza, lo mismo documentados que indocumentados.
Hacer pública una llamada telefónica días después y salir a decir que la Patria está preparada y suficientemente musculosa para contener cualquier misil que Trump mande en dirección al sur ―en la forma de aranceles, de ordenar ponerle un enfático stop al avance de la migración internacional en su marcha hacia la frontera norte, de girar instrucciones a otros 27 mil miembros más de las fuerzas armadas o de la Guardia Nacional para que muelan a palos y patadas bajo los principios del “humanismo mexicano” al primer valiente que se atreva a poner un pie en la línea fronteriza―, ya es cosa aparte, tristemente refutable con algunos datos que se presentan a continuación ―sobre todo a la luz del apego manifiesto a la plataforma de campaña que llevó al partido Republicano y a Trump de vuelta a la Casa Blanca.
Habrá quien diga en México que Trump es un bocón, que perro que ladra no muerde, etcétera. Les recuerdo los logros que obtuvo en un santiamén entre abril y mayo de 2019: detener a las caravanas migrantes que avanzaban desde Centroamérica y convertir de facto al país en “tercer país seguro”, eufemismo para no decir, con descaro, dumpster o Tiradero Oficial de Migrantes de los Estados Unidos Mexicanos. Para logarlo, fue más que suficiente amenazar al gobierno con elevar 5 por ciento los aranceles ―eso fue hace 5 años, sin embargo, hace unos 15 días, durante un discurso en North Carolina, Trump multiplicó 10 veces la apuesta: elevar al 100 por ciento los aranceles a productos mexicanos, ni un solo migrante debe cruzar, con el añadido de detener, esa fue la instrucción girada, el cruce de drogas ―esencialmente fentanilo.
La inmigración, lo mismo los bad hombres mexicanos que migrantes provenientes de países musulmanes, no son ninguna novedad en la interminable lista de fobias de Donald Trump. No es extraño tampoco que los dos primeros puntos de su agenda estén vinculados al tema: detener la invasión de inmigrantes y deportar a, cuando menos, 11 millones de almas, y de estas, a 4 millones de paisanos.
Lo cierto es que llevar a cabo semejante operación supone tomar en cuenta y en serio dos puntos que al parecer no están incluidos en el plan de contención a Trump por parte del gobierno de México: primero, la anunciada deportación masiva de inmigrantes equivale a despoblar paulatinamente a Estados Unidos y, en consecuencia, en no hacer América grande de nuevo, sino en achicarla metódicamente, con las consecuencias catastróficas que ello tendría para la economía estadounidense; y segundo, el también anunciado recurso al ejército más poderoso del mundo para expulsar a cuantos millones de personas quiera y en realidad pueda el presidente Trump, representa en los hechos ―de facto y de juris― invadir a su propio país, algo con lo cual ni el propio partido Republicano ni los dueños de la maquinaria económica ―corporaciones, bancos, Wall Street y Main Street― estarán necesariamente de acuerdo.
De hecho, la realidad arroja datos que deberían de ser los principales argumentos del gobierno de México de ahora en adelante, antes que defender la soberanía y vigilar que nadie le falte el respeto a la señora Patria. Un estudio elaborado por el Baker Institute, confirma que entre julio de 2020 y julio de 2021 nada más, el crecimiento poblacional de Estados Unidos fue mayor en términos netos por la vía de la inmigración (244,622 nuevos arribos) que por los índices de natalidad (148,043 nacimientos registrados). De acuerdo al Censo de Estados Unidos, a partir del año 2030 y al menos hasta 2060, la inmigración será la principal fuente de crecimiento demográfico.
En sentido inverso, el Censo destaca que para el año 2034 ―poco menos de una década― se estima que la población de estadounidenses mayores de 65 años y en adelante, será más grande que la de 18 años promedio. En tanto los inmigrantes son relativamente más jóvenes y con altas tasas de reproducción, se espera también que el perfil demográfico de Estados Unidos será de mayor diversidad étnica. Sin embargo, ello se traduce en una diversidad mayoritaria y aplastantemente hispana. La Oficina del Censo estimó que en 2023, los hispanos sumaron 65.2 millones, un nuevo récord que además representa el 19 por ciento de la población total.

En términos del comportamiento demográfico de los inmigrantes mexicanos, el Censo registró una reducción en crecimiento respecto a los inmigrantes provenientes de Venezuela. Sin embargo, los mexicanos son mayoría en el 90% de los condados en Estados Unidos. Tan solo en el Condado de Los Ángeles, constituyen el 71% de la población.
En otras palabras, cualquier operación de deportación masiva de inmigrantes provenientes exclusivamente de México, supondría algo cercano a una operación militar de dimensiones cósmicas. En consecuencia, ya sería hora de romper inercias burocráticas que se autopromocionan y se celebran a sí mismas ―los casos ejemplares serían las “estrategias” y “mecanismos” de protección y apoyo a las comunidades mexicanas que cada año cambian de nombre pero nunca en sustancia realmente estratégica―, abandonar el discurso de los migrantes como héroes de la nación y dar un giro de 360 grados que ponga el foco de atención de la red consular en Estados Unidos en las oportunidades que abren, para millones de mexicanos, los marcados cambios ―ni de milagro atendidos por cónsules y altos funcionarios― en los mercados laborales, en los ámbitos de empleo, educación, entre otros.
No es necesario pasar por la escuela de epidemiología de la universidad Johns Hopkins para entender que una catástrofe del tamaño de Estados Unidos y de su población, generan necesidades y tareas que alguien tiene que cumplir, sin importar origen o color de piel. Los servicios de salud son un claro ejemplo, siempre y cuando prevalezca la inteligencia en política antes que la marrullería y el continuismo de las fórmulas inútiles.
El estado de Illinois es quizás el mejor estudio de caso para adentrarse en las diversas maneras en que la pandemia de Covid-19 reveló la necesidad de integrar a la inmigración, por ejemplo la mexicana, en los servicios generales de salud, en lugar de mantenerla excluida. En un detallado estudio del Migration Policy Institute, se calculó que dicho estado de la Unión llegó a contar con 12 mil empleos vacantes en servicios generales de salud y en hospitales, siendo la estimación nacional 270 mil empleos en servicios generales de salud a los que inmigrantes con preparación no son empleados o bien subempleados. Se estima además que los empleos en cuidados de salud en casa, así como personal de ayuda en el cuidado de personas de la tercera edad, tendrán una proyección de crecimiento del 33% entre los años 2020 y 2033 (11 años). Desde 2022, casi el 40% de personal de ayuda en los cuidados de salud en casa lo ocupan inmigrantes.
De igual manera, la demanda por servicios de salud y sociales requeridos por un amplio sector de la población en proceso de envejecimiento continuará. Según el Bureau of Labor Statistics, para el año 2030 se proyectan en más de 3 millones a nivel nacional el número de empleos en este segmento del mercado laboral. Basta haber puesto un pie en Chicago para darse cuenta de la importancia política y económica de las comunidades mexicanas. Bastaría entonces leer reportes y estudios especializados para hacer algo más que presentarse a reuniones y atiborrarse de maníes.
La mayoría de los estudios generales acerca del futuro de los mercados laborales en Estados Unidos suelen pasar por alto una variable esencial que, al ser cuantificada, se desestima el origen étnico de la fuerza de trabajo versus su masa absoluta, contada como un agregado de individuos con distintas competencias y dedicados a actividades de diversa índole.
Tal como se plantea en el reporte del MPI titulado Navigating the Future of Work: The Role of Immigrant-Origin Workers in the Changing U.S. Economy, resulta llamativo que la población migrante en Estados Unidos, así como sus descendientes, se han constituido como un factor primordial en el entorno y dinámica del mercado laboral nacional en la primera y segunda décadas del siglo XXI. Entre 2010 y 2018, este nicho demográfico representó el 28% del total del mercado laboral, mientras que se estima que para el año 2035, el crecimiento acumulado de la fuerza de trabajo identificada como inmigrante en Estados Unidos alcanzará el 98% del total en el mercado laboral.
En concordancia con las estimaciones del US Census antes referidas, el Bureau of Labor Statistics proyecta que el crecimiento en trabajos con competencias bajas (low skills) seguirá a la alza al menos hasta el año 2033, en los sectores de personal de cuidado en casa, preparación y procesamiento de comida, servicios de hospitalidad, servicios generales en industria, trabajo en cocinas, así como personal de limpieza, entre otros. Es importante señalar que los empleos de la construcción no están contemplados; sin embargo, más del 30% de los inmigrantes mexicanos trabajan en el sector de la construcción.

Cualquiera que tenga conocimientos básicos de macroeconomía y negocios ―se sabe ese no es precisamente el fuerte de los diplomáticos mexicanos, anclados como están en sus tradiciones y principios―, sabe y puede razonar ante el vecino que pegarle a su industria de la construcción resulta más catastrófico para su economía que emprender mil guerras en mil frentes distintos. Se trata de un sector que genera más de 2 trillones de dólares al año ―para que se entienda: en español un millón de billones, un 2 seguido de dieciocho ceros y no de doce, como es el caso en inglés―, activa al conjunto de la economía, estimula el gasto público y la creación de empleos, las manufacturas y los servicios.
Al próximo presidente Trump no es necesario recordarle “la importancia del trabajo que realizan los mexicanos en Estados Unidos, cuánto pagan en impuestos, el trabajo que realizan”, como señaló la presidenta Sheinbaum. Un buen comienzo sería ponerle en la mesa los datos duros que, al parecer, no han tomado en cuenta quienes han llevado la relación con Estados Unidos durante los últimos seis años ―vean, si no, la manera en que pasó a despedirse soltando sombrerazos a diestra y siniestra el embajador Ken Salazar. Y eso que él si era “amigo” de México.
* Bruno H. Piche (@BrunoPiche) es ensayista y narrador. Ha sido editor, diplomático, promotor cultural y de negocios internacionales. Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y más recientemente, La mala costumbre de la esperanza (Literatura Random House). En 2025 aparecerá su libro de ensayos biográficos del primer premio Nobel mexicano, Alfonso García Robles, por El Colegio Nacional, del cual García Robles fue un destacado miembro.