Redacción Animal Político · 17 de septiembre de 2025
Donald Trump, un gurú del branding, aunque de ninguna manera erudito, ha capitalizado el anhelo por un tiempo pasado para construir su capital político, cimentando sus dos administraciones en el lema “Make America Great Again” (MAGA) – en español: “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”. Al tejer una identidad nacional a partir de la nostalgia, su éxito político funciona como un estudio de caso contemporáneo que respalda las teorías planteadas por el sociólogo Anthony D. Smith en su libro The Ethnic Origins of Nations. Tan universal es el sentimiento de nostalgia que, frente a dificultades económicas, inquietud por los cambios sociales derivados del creciente multiculturalismo o, incluso, el temor a la propia mortalidad, sus fieles seguidores buscan consuelo en un pasado idealizado.
Y, al ser un concepto convenientemente elástico, MAGA puede estirarse a través del tiempo y el espacio. En el cinturón industrial de Estados Unidos, encarna la añoranza por un periodo previo a los tratados de libre comercio de finales del siglo XX, antes de que la industria automotriz abandonara el Medio Oeste del país. Para quienes desconfían aún más de un mundo interconectado, MAGA los transporta todavía más atrás, a la era previa a Franklin D. Roosevelt, cuando las fronteras eran altas y el país se movía de puntillas por el mundo, temeroso de involucrarse en fricciones globales. Y para quienes libran una guerra contra la diversidad y la equidad, MAGA representa un anhelo más reciente de volver a una época en la que las guerras identitarias apenas susurraban en la conversación política.
Impulsado por la nostalgia, Trump, más que cualquier presidente reciente, ha repudiado los contrapesos de un sistema de gobierno dividido y ejercido el poder ejecutivo de la presidencia sin tutela. Varias de sus demostraciones de fuerza han sido meramente cosméticas: renombró el Departamento de Defensa como Departamento de Guerra, restituyó el nombre de Monte McKinley a la montaña Denali en Alaska, en honor a un presidente republicano del siglo XIX de corte economicamente proteccionista; restauró los nombres de líderes del ejército confederado en bases militares del sur, y eliminó la denominación de un buque de la Armada que homenajeaba a Harvey Milk, activista LGBTQ+ y piloto naval.
Otros cambios han penetrado más profundamente en el tejido institucional. Idealizando un período en el que la política global se regía puramente por una lógica darwinista de supervivencia del más apto, prácticamente ha desmantelado la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), creada por John F. Kennedy en el apogeo de la Guerra Fría para brindar asistencia humanitaria a nivel global. Trump también ha retirado a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, salivando por una era de aislamiento económico al estilo McKinley, ha sembrado el caos en el orden económico internacional mediante un uso caprichoso de los aranceles, cuyos objetivos han variado desde castigar a oponentes políticos hasta proteger la manufactura estadounidense.
Como parte de su agenda beligerante alimentada por la nostalgia, Trump ha justificado reiteradamente sus ataques como una guerra contra el “wokeness”, un término tan estirado por los críticos que ha quedado despojado de significado. Su uso se ha vuelto tan vacío que, recientemente, Trump calificó de “woke” la decisión que tomó el presidente Harry S. Truman, hace más de setenta años, de rebautizar el Departamento de Defensa con ese nombre. En un país donde la desigualdad racial ha estado incrustada en las estructuras sociales desde su fundación, los ataques de Trump a las salvaguardas fundamentales de las iniciativas de diversidad y equidad han erosionado décadas de avances en materia de derechos civiles, desmantelando esfuerzos esenciales que buscaban romper con una larga historia —de siglos— en la que los derechos de los más vulnerables han sido sistemáticamente violentados
Y si, como él afirma, el uso de la acción afirmativa constituye una forma de discriminación, quizá también debería abolir el principio de representación equitativa en el Senado —dos escaños por Estado—, consagrado en el diseño legislativo del país para amplificar las voces de aquellos Estados menos poblados y más rurales, precisamente su principal bastión de apoyo. Mercadólogo extraordinario, Trump ha convertido la nostalgia, cuidadosamente empaquetada y etiquetada a través de MAGA, en un arma para imponer amplios cambios ejecutivos sobre el tapiz institucional del país.
Sin contrapesos claros a la vista, la única esperanza reside en una renovación del poder legislativo tras las elecciones de medio término de 2026. Hasta entonces, la demolición institucional continuará, en gran medida, sin freno.
* Jonathan Grabinsky (@Jgrabinsky) es especialista en temas de gobierno y profesor en el Tecnológico de Monterrey. Cuenta con una licenciatura y maestría en políticas públicas de la Universidad de Chicago.