blogeditor · 20 de marzo de 2011
Por: Ricardo Gutiérrez (@icaito), elemento activo de la naval estadounidense. Siete tours de servicio al Medio Oriente. Instructor residente, Academia Naval de Newport, Rhode Island. Oriundo de Mexicali, Baja California.
Las sanciones ahora impuestas por medio de ataques aéreos sobre las fuerzas comandadas por el Coronel Muamar Gaddafi no son una sorpresa; la sorpresa, de hecho, es que se haya tardado tanto la comunidad internacional en actuar al respecto. El conflicto que comenzó con protestas civiles pacíficas el pasado 15 de febrero en las principales ciudades de Libia –exigiendo la salida de Gaddafi del poder y la institución de elecciones democráticas– tardó menos de una semana en arrojar sus primeros saldos rojos, pero en los últimos quince días se ha vuelto una verdadera hemorragia.
Agrupaciones internacionales de derechos humanos reportan que el número de muertes ya rebasa las 6,000 víctimas, entre fuerzas rebeldes y ciudadanos no combatientes. Hasta hace tres días Gaddafi aún prometía arrasar con sus presentes detractores; y esta amenaza no debe ser tomada a la ligera: Gaddafi ha sido exitoso en aplastar siete intentos de golpes de Estado a lo largo de sus 42 años de gobierno, y al mismo tiempo erradicar selectiva, sanguinaria, y eficientemente a quienes se le han interpuesto.
Los bombardeos que comenzaron este 19 de marzo por parte de las fuerzas navales de Estados Unidos, Gran Bretaña, y Francia a lo largo de las costas del país norafricano tienen una serie de objetivos claros delimitados en la resolución 1973 de la ONU: detener los avances de las tropas fieles a Gaddafi; asignar una zona de restricción aérea; y proteger a la ciudadanía libiana (y por consecuencia a las diezmadas fuerzas rebeldes). Dichos ataques son el paso inicial hacia procurar que Libia no descienda a un estado de guerra civil y un muy posible genocidio.
Sin embargo, es interesante ver las respuestas que dichas acciones van generando. Primero hay quienes argumentan que el adentrarse a Libia debe ser de forma contundente y con la definida finalidad de lograr la captura, o forzar la salida, de Gaddafi. En segundo están quienes hablan de lo moralmente indebido que es lanzar ataques hacia Libia porque se debe dejar que estos asuntos sean resueltos únicamente por los habitantes de ese país. Y en un tercer (y raro) lugar se encuentran aquellos que dicen que quieren saber cuál es el beneficio que esta acción belicosa le va a traer a su país –propiamente dicho, a Estados Unidos.
Personalmente, yo abogo por la primera opción; y en mi opinión la resolución de la ONU debería exigir el fin del gobierno de Gaddafi, reconocer el cuerpo de gobierno de transición así como ya lo ha hecho Francia, y promover nuevas elecciones que lleven a la institución de un gobierno interino.
Lo único que puedo decir de la segunda opinión, intentando no insultar, es que la verdadera responsabilidad moral de los habitantes de este mundo (y de nuestros gobiernos) es intervenir en causas claramente injustas hacia la defensa de los que sean oprimidos.
Pero para recalcar lo grave de la tercera postura debo empezar por la aseveración que el Presidente William Clinton hizo con respecto al genocidio en Rwanda. En una visita a la capital, Kigali, en 1998 Clinton pidió disculpas públicamente por no haber actuado a tiempo, y por no llamarle a esa matanza étnica por su nombre. Su administración decidió desde los inicios de aquel conflicto no tomar acción alguna, y esta errada negligencia fue en gran parte motivo de los cientos de miles de muertos que el conflicto provocó en ese pequeño país africano. La influencia estadounidense en la opinión internacional es innegable, y su peso debe ser manejado con apego no sólo a intereses unilaterales, sino a lo que sea de mejor provecho a la humanidad en general. Ese es el concepto que los comentaristas políticos en este país no terminan de comprender.
Jonathan Alter, en una sesión con MSNBC llamó a la operación Odyssey Dawn una “paradoja que carecía argumento político y objetivos estratégicos” y que esta “guerra por comité” no le traía beneficio alguno a la administración del Presidente Barack Obama. Mencionaba esto justo minutos después de preguntar por qué Estados Unidos no estaba llevando la batuta en dicha operación –una contradicción de novatos, sinceramente. Hay fuertes discusiones internas en el gabinete de Obama sobre la necesidad de esta intervención, y son debidas a “análisis” como este, en el que se cuestiona lo vital que es actuar en Libia donde hay un líder demente que no se va a tentar el corazón para borrar a todo un sector de su población. Ese enfoque, donde lo más importante es apaciguar el qué-dirán tiene que cambiar.
El ataque a Libia era inminente, que no quepa duda de ello. Lo único que hacía falta era conseguir el apoyo clave de miembros de la Liga Árabe de Naciones.
Hay un nuevo operante, y se llama “multilateralismo”. Este va a ser el pilar de la Doctrina Obama, que ayer, 19 de marzo de 2011 ha salido a la luz. La era del cowboy cabalgando solo por el mundo en busca de “ajustar cuentas pendientes” ha terminado, aunque le duela a la prensa norteamericana aceptarlo. Hoy, con este pequeño paso, comienza un giro de proporciones gigantescas donde hay delegación de responsabilidades, cesión de batutas, y (oh, sorpresa) convicción por detener un posible genocidio. ¿Acaso eso no es lo justo? ¿Acaso no es esa la conducta que debe regir nuestros intereses?
Quiero creer que sí. Bienvenidos, ahora sí, al siglo XXI.