Doble moral

blogeditor · 11 de septiembre de 2013

Doble moral

Doble moral en las altas esferas, en la miscelánea cómplice, el distribuidor corrupto, la cabina del taxi: ¿en cuántas conversaciones no hemos recibido cátedra de probidad y buenas costumbres, para terminar viendo calle abajo a la misma persona en pleno agandalle? ¿Será que aquí cada quien su cobija?  La transa como norma, el país convulsionado, los desfalcos y los paros, todo ese esfuerzo sofocante: ¿es sólo para caer mejor parados?

Así me pasó el otro día, por ejemplo, un taxista, no cabía una calcomanía más del Azul en el techo de su unidad, un vocho ni tan destartalado, nos saludamos, y al jalar del mecate comenzó a despotricar del tráfico, de la CNTE y los maestros, la corrupción y la vida, gritoneándole a mi mirada que desde el retrovisor lo seguía. Era un hombre ya mayor de pelo canoso, la frente se le arrugaba al hablar enfático, parecía estarse creyendo toda esa su historia, mientras yo fingía un gesto de estar atento, como si en realidad me importara lo que él me estaba diciendo.  Ese es un síntoma más del hartazgo y de la doble moral, una más de las sensaciones del tedio, esas ocasiones en que ves otros ojos, escuchas conversaciones, ves gestos, contemplas ademanes…, pero en realidad te importa madres lo que te están diciendo.

[contextly_sidebar id=”00098b200a333bc77cbc6560e58473d1″]Aun así, fingí escuchar con atención a ese cruzazulino. Él se mostraba. Se detenía. Hablaba desde el retrovisor, y en su despotricar asentía buscando algunas coincidencias; pero no las había, debo de ser franco, desde hace tiempo ya no sé ni lo que pienso ni lo que coincido. A veces no sé cuándo fue que derivé pesimista, tal vez al ver y al sentir y al actuar y al beber una y otra vez ejemplos como estos: el taxista despotricaba contra la ilegalidad, contra la corrupción, contra los malditos maestros, y lo repetía enfático, pero algo había de desperfecto en su taxímetro que cobraba y giraba y seguía cobrando, y que en realidad no me estaba gustando…

–Mmmm– pensé, y me empecé a clavar en el aparato, y lo digo porque soy bastante ducho en taxímetros; me empecé a clavar en el aparato, al extremo de kilómetros y tiempo, pesos y centavos,  y como buen prángana el ritmo de los incrementos empezó a preocuparme.

“Al puto gobierno le vale puritita madre que los pinches niños de Oaxaca no estudian, así se quedan igual de indios e ignorantes y no protestan y se tragan todas las mentiras, en vez de sacarlos adelante para un mejor país…”  –continuaba vehemente el taxista, de esos de los que agarran el volante a dos manos, y parecen estrujarlo al ritmo de sus palabras, cuando de seco le dije:

—“Que ondas con esa madre que corre tan rápido en tan pocas cuadras, me está cobrando un chingo”.

Entonces me miró.  Se detuvo el tiempo. Desapretó el acelerador. Y hazte de cuenta que le hubiera dicho Chinga a tu Madre. Típico de humanos: nos juramos insobornables, que hablamos con la virgen, y al mínimo atisbo que te tuercen movido, somos capaces de patalear como si fuera caja de verduras.

Así, efectivamente. Obvio, el güey se hizo el digno.

¿Y qué más quieren que diga?

Afuera estaba lloviendo, me empapé todo y llegué tarde, y también le eché la culpa al tráfico, y también los que me esperaban me dijeron que el retraso no importaba, y nos pusimos a trabajar, como si nada hubiera pasado.