Disminuir nuestro consumo animal como un acto de paz

blogeditor · 10 de agosto de 2020

Disminuir nuestro consumo animal como un acto de paz

Fue hace muchos años que escuché por primera vez la anécdota representada en la película “El caballo de Turín” y que nunca he podido comprobar 100% como verdadera. En ella, una mañana de enero de 1889 Nietzsche encuentra en su camino una escena que lo hace detenerse: un cochero maltratando a su caballo que, exhausto, no quiere continuar. Nietzsche, desesperado y conmovido, se abraza al cuello del caballo y llorando dice: “Mutter, ich bin dumm” (“Madre, soy un tonto”), que en mi mente siempre sonó a una imploración, una disculpa de parte de toda la raza humana. Es probable que el evento haya acaecido de una forma distinta, que su conmoción se debiera más a algún movimiento interno que externo, pero lo importante, en este caso, fue que la anécdota llegó a mí, y lo que significó o representó; ya que fue ese día, sino es que algún otro cercano después de atestiguar un video horrorífico (que no apoyo para nada) sobre el maltrato animal, que comencé a cambiar mis creencias y hábitos de consumo (principalmente de consumo animal).

No hay manera sutil de decirlo ni por qué afanarnos en no llamar a las cosas por su nombre. La mayoría de los platillos que se consumen día con día en Occidente están hechos con partes de animales muertos —ya que aún consideramos que es necesaria la carne o proteína animal para llevar una dieta “completa”—, lo cual impulsa una gigantesca (por decirlo de alguna forma) industria alimentaria que está dañando severamente al planeta. Pero más grave que la muerte de dichos animales, lo cual es un hecho inminente que nos llegará a todos, es el tipo de vida al que son sujetos. Los animales inmersos en granjas de producción masiva, por lo general, llevan una vida de aproximadamente uno a dos años, colmada de sufrimiento y de maltrato innecesario.

¿Es tan mala la existencia de un animal que se cría para el consumo humano? Durante años diversos grupos y personas se han preocupado por responder a esta pregunta y me parece que, dejando de lado las pequeñas granjas y comunidades que implementan prácticas no-industrializadas, o la industria que ha hecho un esfuerzo por incorporar procesos éticos como los propuestos por Temple Grandin, la respuesta ya nos es casi obvia: su existencia y su muerte son hechos que transcurren con total carencia de humanidad, en el sentido lato de la palabra. Se crían, transportan y matan sin ninguna compasión.

Y ahora, después de tantos años, me pregunto ¿cómo es posible que teniendo la información que tenemos respecto a lo que sucede y al funcionamiento de la industria ganadera, aún nos cueste tanto cambiar de hábitos y, sobre todo, de creencias? ¿Cuál es el peso de la cultura y la educación y su responsabilidad sobre nuestras acciones? No hablo desde una perspectiva médica, nutricional, ni ambiental —aunque me encantaría hacerlo más adelante—, sino desde una perspectiva humanista que, quiero creer, incluye una búsqueda constante de saber, crecimiento y compasión; de demostrar que podemos ser quienes decimos ser; que podemos cerrar esa brecha entre el influjo, muchas veces absurdo y excesivo, de información y lo que hacemos con ella; de contrastar urgentemente la violencia que habita al mundo con la paz que podemos procurar en nuestro hogar.

Se dice por ahí que es mejor no saberlo todo, que algunas verdades hacen demasiado daño, pero a mi parecer son justamente esas verdades sobre las que hay que dejar caer un poco de luz; aspirar a tener el valor de cuestionar nuestras ideas y proceder a partir del conocimiento y la razón, y no de creencias anquilosadas que prolongan una falsa actividad mental. Pero, por desgracia, la mayoría de las veces elegimos el camino más fácil: ver las cosas como nos conviene o en tanto nos permitan mantenernos en nuestra pasividad absoluta, sin riesgos.

El mundo en el que vivimos es avasalladoramente hermoso; sin embargo, entre tanta potencialidad también hemos creado infiernos en los que hemos desterrado a “los de abajo”, a los “ilegales”, a los “menos privilegiados”, a los “marginados”, a los “vulnerables”. Vivimos en una época sin paragón en cuanto a lujos, información, ciencia, entretenimiento… y a la vez estamos rodeados de violencia, tortura, guerra, abusos y violaciones de derechos humanos, tantas y tan presentes que se han vuelto cotidianas y nosotros insensibles.

Y porque los cambios llegan paulatinamente, desde adentro, poco a poco, reducir el consumo de carne y productos derivados del maltrato animal me parece el inicio de un discurso de paz. Un discurso personal que puede extenderse hacia todo tipo de productos que conlleven procesos que no favorezcan la vida en este planeta. Es un inicio que representa una puerta a la que todos tenemos acceso y en la cual tenemos gran injerencia desde la comodidad de nuestras casas.

Vivir con coherencia, con propósito, con creencias claras, da como resultado una vida más plena. Y porque no creo en los absolutos, porque ninguna parte de mí o de mis ideas lo han sido nunca, mi propuesta no es radical, pero promete un avistamiento a una vida que a mi parecer es más congruente. Más congruente porque ha aceptado la realidad de que nuestros métodos de producción, principalmente de derivados animales pero también de muchos otros productos (de los cuales podría hablar más adelante), no son los mejores ni los más sustentables, y, sobre todo, de que no están fundamentados en prácticas que demuestren la evolución de la humanidad sino en procedimientos contaminados de tortura y maltrato; porque quizá la paz sí comienza en la mesa, y una vida más congruente y consciente de las prácticas mediante las cuales se mantiene es más sostenible y puede extenderse a diversas decisiones que la apoyen; porque siempre es más difícil moverse que no hacerlo, pero quien camina (baila, nada o corre) con convencimiento, en dirección hacia sus ideales, siempre será más pleno que quien se quedó dormido.

Hay que astillar nuestras creencias… permitir que se abra una pequeña grieta para que sea por ahí que se cuele la luz. Poco a poco.

* Eda Sofía Correa Bernini es escritora mexicana, entre otras cosas. Estudió Diseño Gráfico y Fotografía en la Ciudad de México y posteriormente cursó una doble maestría en Comunicación Internacional en Groningen, Holanda, especializándose en solución de crisis y conflicto en Vilnus, Lituania. Durante los últimos años ha impartido algunos cursos de literatura en la Ciudad de México y en Indonesia. Actualmente escribe para publicaciones nacionales e internacionales y se encuentra trabajando en su cuarta novela.

 

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