blogeditor · 28 de julio de 2021
El reciente movimiento (o movimientos) de alcance global contra el racismo tiene como sello distintivo la acción de tumbar estatuas o monumentos erigidos en honor a personajes con pasado racista, como traficantes de esclavos. Este método ha abierto un debate: unos lo defienden por considerar inmoral homenajear a personas que, aunque hayan tenido logros, participaron en el sufrimiento de mucha gente, y otros lo rechazan por considerar incorrecto destruir pedazos de Historia y “patrimonio”, independientemente de a quién represente la estatua.
Este tema empieza a ser percibido como un reflejo de varios y graves problemas de derechos humanos. Se relaciona con la reivindicación de los desplazados ante una “historia oficial” que aún los ignora y con visibilizar la permanencia de varias formas de discriminación. La discusión, en el fondo, implica un asunto filosófico mucho más amplio: cómo debemos actuar frente al recuento de la Historia; una “ética de la memoria”, por así llamarla. Sin duda hay que mantener los recuerdos históricos, pero ¿cuál es la manera de hacerlo? ¿Qué nos convence más: defender un monumento por respeto a la importancia de los testimonios, o desaparecerlo por sus antecedentes por respeto a víctimas pasadas y presentes? Más que tomar partido, por ahora quisiera contribuir a poner la discusión sobre la mesa para invitar a la reflexión.
Quienes están en contra del derribo de estatuas esgrimen el argumento de que “no es adecuado juzgar hechos o personajes pasados con estándares del presente”. Sin embargo, se ha apuntado que la construcción de estos monumentos ha obedecido siempre a la misma lógica que se está criticando: si en un momento dado se ensalzaron ciertos elementos históricos es porque les pareció conveniente a los que se ocuparon de ello. Además, en última instancia nuestras posiciones respecto a estos temas suelen estar contaminadas por los sesgos ideológicos personales, lo queramos o no: politizar la Historia es una práctica diaria y casi inevitable. Y, como suele suceder, declararse “neutral” no es tan neutral: también constituye un posicionamiento político.
Igualmente se suele argüir que todo personaje debe ser visto dentro de su contexto histórico y que todos los seres humanos tenemos claroscuros; esto es innegable, pero también problemático. Por ejemplo, podemos tratar de dilucidar racionalmente qué impulsó a personajes como Vlad “El empalador”, Tomás de Torquemada o incluso Hitler a actuar como lo hicieron, pero nada anula el hecho de que estas acciones fueron, desde cualquier punto de vista, sanguinarias, despiadadas y crueles. Sí hay hechos e individuos injustificables, con o sin contexto. Ahora, si tal o cual persona fue suficientemente injustificable como para que le derriben su estatua, es algo que se puede discutir… igual que el hecho de que se la hayan levantado en primer lugar. La relativización puede ser un camino de dos vías: muchos acontecimientos y personas no pueden juzgarse intrínseca o totalmente malos, pero, por lo mismo, tampoco intrínseca o totalmente buenos, en cuyo caso ¿no es reverenciarlos tan erróneo como satanizarlos?
Tomemos el caso de Cristóbal Colón: sus monumentos, como el del Paseo de la Reforma, nunca han estado exentos de vandalismo o peticiones de retiro debido a sus acciones contra los indígenas caribes, fenómeno que se reavivó recientemente. Por supuesto, la llegada de Colón a nuestro continente fue un hito importante en la Historia de Occidente, pero también hay que reflexionar sobre si su dichoso “descubrimiento”1 fue algo objetivamente positivo y para quién. Otro ejemplo, que nos permitiría ver el asunto con más distancia, es la Columna Vendôme en París, erigida para enaltecer a Napoleón (literalmente: su figura se halla posada a más de 40 metros de altura); es uno de los muchos puntos icónicos de la Ciudad Luz, pero el personaje es odiado a muerte en otros países, y no sin razón. ¿Cuántas personas no exigirían destruir la famosa columna?
En nuestro país el acto de tumbar estatuas no se ha vuelto tendencia, pero la polémica es análoga a la que ha surgido ante el inminente quincuacentenario de la Conquista de México: ¿deberíamos celebrar la efeméride o sólo conmemorarla? Es indiscutible que dicho evento fue la base principal de nuestra cultura e identidad actuales, pero eso no cambia el hecho de que este proceso consistió en saqueos y matanzas y nos impuso una dinámica social enfermiza, además de que el hecho de conquistar, desde el punto de vista ético, es probablemente indefendible. Quienes siguen resintiendo a Cortés serán reduccionistas, pero no lo son menos quienes dicen que por hablar español, tener la piel más o menos clara y usar zapatos (nada de lo cual es ventaja ni desventaja) estamos obligados a ver al susodicho como “héroe”.
Ahora imaginemos una versión radicalizada de la misma lógica del derribo: si retiramos estatuas de personajes que hicieron daño a nuestro país, ¿eso nos obligaría a prohibir la lectura de Walt Whitman, quien estuvo a favor de la invasión de México? ¿Vamos a condenar a la Damnatio Memoriae a H. P. Lovecraft (racista y xenófobo), o a Ignacio Manuel Altamirano (claro misógino)? ¿Aceptaríamos dinamitar los templos del Antiguo Egipto, construidos con sangre de esclavos? ¿Qué pasaría con el Carnegie Hall, ícono cultural de Nueva York, financiado con la fortuna de una empresa que estuvo implicada en un intento de masacrar obreros en huelga?
Todo lo anterior muestra lo complejo y multifacético de la cuestión, y por esa complejidad pienso que no puede reducirse a algo tan simple como estar “a favor” o “en contra”. De hecho, he concluido que es imposible forjarse una opinión absoluta al respecto: me parece que la única salida es analizar caso por caso, observando las motivaciones tanto de los que buscan conservar el homenaje como de los que lo quieren destruir, y procurar que nuestros criterios sean consistentes.
Entre tanto, no se pueden ignorar otros bemoles. El primero y más obvio es que las actitudes humanas también se rigen por la Tercera Ley de Newton: a una acción visceral le sigue otra igual de intensa por parte del enemigo, y al parecer eso está ocurriendo también en este caso. Pero también porque, dependiendo de cómo se aborde y ejecute, borrar las partes incómodas de la Historia podría resultar contraproducente para los propósitos de la memoria, el más sencillo de los cuales sería “aprender de los errores”. Finalmente, puede convertirse en un “irse por las ramas”, en concentrarse (de manera un tanto fetichista) en las manifestaciones superficiales del sistema que intentamos combatir, desviando nuestra atención de los movimientos que, tras bambalinas, lo perpetúan.
* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran Traidor.
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1 Consúltese la famosa obra de Edmundo O’Gorman La invención de América (FCE, México, 1958).