La discriminación y la intolerancia enmascaradas de “amor”: los ECOSIG

Mauricio Torres · 26 de abril de 2023

La discriminación y la intolerancia enmascaradas de “amor”: los ECOSIG

Samuel A. Cartwright propuso, en 1851, dos enfermedades exclusivas de población afrodescendiente que, según él mismo, no habían estado suficientemente estudiadas. La primera fue la “drapetomanía”, un deseo irracional y colosal de los esclavos por escaparse de sus amos para conseguir la libertad. La segunda fue la “dysaesthesia aethiopica”, que consiste en un aletargamiento mental que llevaba a los esclavos, que por alguna razón vivían como libres, irremediablemente a la pereza. Cartwright también proponía tratamiento: como un síntoma era la insensibilidad de la piel, la mejor forma de estimularla era que el enfermo se lavara muy bien con agua tibia y jabón, a continuación, se cubriera la zona con aceite para, acto seguido, aplicar una serie de golpes que debían darse con una cinta ancha de cuero con la fuerza suficiente para hacer penetrar el aceite en la piel; posteriormente, enviar al paciente a que realizara un trabajo pesado bajo los rayos del sol. Todo esto se realizaba con el argumento de la búsqueda del bienestar de los enfermos.

En la actualidad, estas ideas resultan tan ridículas como infames; sin embargo, siguen ocurriendo cosas similares. La sexualidad construida en un mundo patriarcal se ha concebido con una visión hegemónica cisgénero y heteronormada; por ello, lo que se aleje de la cisheteronorma se ha patologizado y/o medicalizado. La “patologización” es considerar como enfermedades orientaciones sexuales no heterosexuales, así como las identidades de género y expresiones de género que se aparten de la visión cisgenérica (que en su conjunto corresponden a “sexualidades no normativas”). La “medicalización” es intervenir a personas con sexualidades no normativas como si estas fuesen enfermedades, aunque no lo sean; es decir, entendiendo que se pueden diagnosticar, tratar, etcétera.

Actualmente se sabe que la orientación sexual (hacia quiénes sentimos deseo erótico y/o con quienes deseamos vincularnos afectivamente), la identidad de género (como nos percibimos dentro de un sistema sexo-genérico) y la expresión de género (como manifestamos nuestra autopercepción ante las demás personas) son dimensiones de la persona y parte absolutamente esencial del proyecto vital de cada uno. Por ello, orientaciones sexuales no heterosexuales (homosexualidad, lesbianismo, bisexualidad, etcétera), identidades de género no cisgenéricas (las diferentes formas de vivirse trans, personas de género fluido, agenéricas, entre otras), y expresiones de género que no sigan la cisheteronorma (hombres maquillados, mujeres con cabello corto y sin maquillaje, etcétera) no deben considerarse enfermedades ni deben tratarse como tales entendiendo que no lo son.

Por todo lo anterior se han denominado como “Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual y la Identidad de Género” (ECOSIG) lo que antes se denominaban como “terapias reparativas” o “terapias de conversión”. El término “terapia” daba a entender la patologización de estas expresiones de la sexualidad: no es una terapia porque no hay nada que diagnosticar y no hay #nadaquetratar. Sin embargo, los “esfuerzos” son una visión medicalizada: se sigue intentando modificar expresiones de la sexualidad por considerarlas “indeseables”. No puede considerarse que estas intervenciones sean “inocentes”, ya que siempre siguen las mismas direcciones; por ejemplo, a la persona homosexual intentar cambiarla a heterosexual (nunca al revés), o a la persona transexual cambiarla a cisexual (nunca al revés).

La investigación científica demuestra que las personas que son sometidas a los ECOSIG tienen graves eventos adversos asociados (ansiedad, angustia psicológica severa, depresión, abuso de alcohol o sustancias, intentos de suicidio y muerte). La Asociación Mundial de Psiquiatría dice que no existe evidencia de que se pueda cambiar la orientación sexual ni la identidad de género, por lo que cualquier intervención (médica, psicológica o por medio de la fe) que pretenda “tratar” lo que no es un trastorno, claramente, no es ética. La Organización Panamericana de la Salud ha señalado que los ECOSIG carecen de justificación médica, representan una amenaza grave para la salud y para los derechos humanos de las personas. Además, informes expertos de Naciones Unidas indican que los ECOSIG son, por su propia naturaleza, intervenciones crueles, inhumanas y degradantes, y entrañan un riesgo considerable de tortura. Por ello, la recomendación es su prohibición legal con sanciones a quienes las ofrezcan.

Al no haber trastorno por diagnosticar, no hay nada que tratar; derivado de ello, los ECOSIG no tienen base científica para prescribirse. Además, al haberse demostrado que causan desde daño psicológico hasta la muerte por suicidio, se consideran intervenciones claramente contraindicadas. Por ello, debe incluirse en el marco del derecho a la salud que esas intervenciones no existan, prohibirlas y castigar a quienes las proporcionen, incluso a petición de las personas. De ser esta la situación, habría que ofrecer terapias de afirmación.

El 22 de marzo (2023) tuvieron lugar en el palacio Legislativo de San Lázaro un par de mesas de trabajo sobre estos temas; participé exponiendo algunos de estos puntos en la Mesa 2 “Personas LGBTTTIQA+ y el derecho a la protección de su salud”. Esperemos que las Comisiones Unidas de Salud, Justicia y Diversidad consigan que desde la Cámara de diputados se apruebe la prohibición de los ECOSIG y la sanción a quienes los provean. Será un paso histórico a favor del pleno reconocimiento de que todas las personas nacemos iguales en dignidad y derechos.

 

*Jorge Alberto Álvarez Díaz es profesor del Departamento de Atención a la Salud de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco y consejero del Consejo Consultivo de la Comisión Nacional de Bioética. Cuenta con especialidades, maestría, doctorado y posdoctorado en Bioética. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, nivel II.

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